MIS RELATOS BREVES

EL LECTOR

Se despertaba sobresaltado cada vez que se abría el libro. A través del reflejo en las pupilas del lector, trataba de adivinar la hoja que era leída. Sentía un profundo temor de que apareciera el número 400 en el borde inferior de la página final. Era como esperar el fallo de una corte que inexorablemente lo condenaba a muerte una y otra vez.

Rogaba porque llamaran a la puerta o porque una ráfaga de brisa abriera las ventanas, e incluso a veces, sintió vergüenza de haber deseado una enfermedad pasajera o una irritación en los ojos de aquel leedor empedernido. En más de una ocasión percibió la presencia de un niño y esperó que, avocado por una travesura infantil, arrancara algunas páginas que arruinaran la historia en pleno nudo de la trama.

Sin embargo, nada de esto pasaba y día tras día se consumía su existencia. Se sucedían los capítulos y ni siquiera su ardid de colocar vocablos exóticos daba resultado, el lector llevaba un verdadero diccionario en la mente y seguía adelante sin el más mínimo desaliento.

Alguien entró una vez al aposento y cargó decenas de libros en una caja que sería enviada al anticuario, él sintió una envidia irresistible por aquellos textos quedados a medio leer y aguardó inquieto en espera de la misma suerte, pero al caer la tarde y sintiéndose arrastrado por la trama, lo invadió un pesimismo aplastante.

Con la llegada del verano, las cosas se pusieron peores, el lector tomó unas vacaciones laborales y durante horas no apartaba la vista del libro. Cargaba la obra a todas partes y se dormía tarde, consumiendo el contenido de aquella narración absorbente.

En las postrimerías de julio la situación era desesperante; el final inminente; las últimas esperanzas de que la lectura quedara trunca se desvanecieron cuando la lluvia dejó a todos en casa durante tres largos días.

La primera noche de agosto ocurrió el trágico desenlace, el brillo amarillento de la lámpara dibujó en los ojos del leyente la dolorosa imagen de la palabra FIN; el personaje de la historia había muerto y unos segundos después el lector cerró el libro y lamentó la ausencia del narrador, que en primera persona, lo había acompañado durante los últimos dos meses desde los pliegos de su novela preferida.

EL COLMILLO DEL JAGUAR

Itzam, el alfarero, despertó como si el corazón de una liebre le galopara en el pecho, su agitación era causada por una de esas pesadillas con extraordinarios visos de realidad que provocan confusión y pánico. El sobresalto, originado por la ensoñación, no le dejó recordar muchos detalles, sólo imágenes sin sentido, que lo ubicaban en un sitio extraño donde permanecía inmóvil mientras decenas de ojos lo observaban con curiosidad.

No pudo entender absolutamente nada de lo soñado, porque era hombre sencillo y de escasa cultura y en su bregar nocturno por los vericuetos del sueño se encontró con un mundo de cosas increíbles, cristales de una transparencia inexistente, techumbres blancas con una perfección divina y personas o dioses mirándolo fijamente; mientras él, en medio de su rigidez, no podía mover una pestaña.

Se fue ese día más temprano al taller, pasando antes por la barraca del chamán para contarle su historia y pedirle consejos. El adivino, organizó una ceremonia de poca monta, acorde con la pobreza del que se consultaba, saltó un par de veces, gesticuló con furia y luego de un breve silencio le dijo que se cuidara de los malos ojos, dándole un amuleto fabricado con piedras y el colmillo de un jaguar.

Itzam creía profundamente en los resguardos del hechicero, a pesar de sentir la humillación por el trato recibido. En ese mismo lugar, unos días antes, había presenciado la visita de un rico propietario de campos de maíz. El hombre contó una pesadilla de menos rigor que la suya y en cambio recibió para su protección una fina mascarilla de oro.

El alfarero anduvo triste por el resto del día, hacia bastante tiempo que no era un hombre alegre. Antes de cumplir los 40 años sentía ansias de convertirse en una persona famosa, esa era la razón de su existencia, lo intentó como guerrero pero en el primer combate le fracturaron las piernas y salvó la vida de milagro, entonces desistió de esta idea y pensó que la fama podría llegarle en la navegación, fabricó su propia canoa y armó una pequeña expedición; dos día después de zarpar fue sorprendido por una tormenta y naufragó, faltando poco para que muriera en las arenas de su propio pueblo. Pensó incluso en ser músico, pero ni siquiera lo intentó. Por fin al arribar a su cuarto decenio, se dio perfecta cuenta de que se agotaba el tiempo y cada vez era un ser menos notorio.

A la noche siguiente de su primer sueño, puso el hombre su amuleto debajo de la almohada, para espantar la recurrencia de la pesadilla y rogó, como cada día, para que sus dioses le dieran la oportunidad de alcanzar la fama. El resultado fue espantoso, sufrió alucinaciones aún peores; a las misteriosas miradas aparecidas en su primera ensoñación, se sumaron otros detalles tenebrosos que en esta ocasión, por desgracia, pudo recordar una vez despierto. Nuevamente brotaron, en los letargos de la pesadilla, aquellos ojos ajenos, con sus miradas irritantes, a lo que se añadía un frío similar a los diciembres de su aldea y muchos destellos pequeños y refulgentes salidos de objetos de un brillo metálico, que eran portados por hombres y mujeres de raro aspecto.

Entre sudores y palpitaciones esperó el amanecer. No bien habían comenzado a cantar los gallos y ya estaba en pie, listo para visitar otra vez al chaman. Este último lo recibió de mala gana y semidormido, pero escuchó el relato con un poco más de interés que la ocasión anterior y luego le dijo que había tenido una premonición, un pasaje rápido de algún deseo que se volvería realidad y le aseguró que los dioses cuando de inmediato no podían complacer las súplicas que les hacían, trataban de calmar a los necesitados poniendo un atisbo del futuro en los sueños, una especie de adelanto del pedido que luego cumplirían.

El pobre hombre estaba totalmente confundido. Cómo diablos podían los dioses estar enviando señales tan poco relacionadas con sus aspiraciones de ser un ciudadano notable, porque según recordaba no habían en sus sueños ni grandes campos de maíz, ni ejércitos bajo su mando, ni mucho menos dotaciones de canoas o minas de oro recién descubiertas. Cómo se podía ser famoso en la aldea sin alguna de estas cosas. Su decisión fue devolver el amuleto al adivino e ignorar a los dioses.

Esta determinación le trajo fatales consecuencias, el Chamán se encolerizó e hizo correr la voz de semejante herejía. Itzam fue desalojado de su choza y conducido ante el Inca Mayor, sus explicaciones no fueron convincentes y su historia del sueño, con las miradas curiosas, las luces y extraños lugares, fue considerada un síntoma de locura.

Como estaba en tiempo el desarrollo de la Fiesta del Señor Sol, el desgraciado que soñó con ser famoso, fue escogido para el sacrificio ritual que debía ofrecerse en esta ocasión. Se le dio fin a su vida y como reprimenda adicional a su conducta; se colocó, junto al cadáver, el talismán al que había renunciado. La peregrinación lo llevó hasta la colina y fue inhumado en lo más alto, al tiempo que se pedían abundantes cosechas y mucha suerte para todos.

Al parecer los dioses debieron de estar muy inconformes y unos días después, comenzó a llover con fuerza inusitada, el agua no cesó un instante; los ríos salieron de sus cauces y engulleron chozas y sembradíos. Un alud arrasó el caserío sepultándolo por completo.

Siglos después prosperó por allí otra ciudad, que saltó a la celebridad gracias al cadáver mejor conservado de la historia precolombina, sin dudas el hinca más famoso, encontrado intacto en su tumba, acompañado de un amuleto fabricado con pequeñas piedras y el colmillo de un jaguar.

LA OFRENDA

Aquella tarde, Jenaro apareció por el camino polvoriento, con su paso calmoso y su sombrero raído. Desde hacía muchos años él era el único buhonero que visitaba el pueblito; caserío diminuto sembrado en el corazón de inmensos cañaverales. Las visitas del vendedor de cacharros eran tributo a un gran amor que tuvo, por allá donde había un río que el tiempo secó, dicen que era una mujer hermosa a quien la muerte se llevó temprano, en medio de los letargos causados por la fiebre.

Ella le había pedido a Jenaro que la llevara a conocer el mar y el pobre hombre nunca la complació, esperando tiempos mejores. Después de su muerte, el viejo siguió viniendo año tras año y luego de vender un poco de sus cosas, se iba hasta la tumba en el cauce vacío y allí permanecía largo rato.

Pero en esta ocasión era una persona distinta, parecía ignorar a los demás que acudían a su encuentro. Llevaba un fardo que le doblaba las rodillas, el peso lo hacía detenerse para recuperar la respiración y entonces acomodaba su carga con cuidado sobre el suelo, se quitaba el sombrero y secaba su frente.

Una y otra vez repetía esta operación. Las personas lo observaban con cierto asombro y notaban algo extraño en su comportamiento. No pregonaba y miraba con insistencia hacia el camino dejado atrás, como si temiera la aparición de alguien. Una turba de chicos saltaban a su alrededor y el viejo maldecía aquella impertinencia que le cortaba el paso.

En la medida que se fue adentrando por la única calle del lugar, los motivos para sentir curiosidad fueron aumentando. A su paso el aire se cargaba de un olor extraño, se volvía denso y pegajoso. Las viejas aldabas de los portones se cubrieron de herrumbre. Los gatos acudían trastornados por el fuerte olor a pescado que rodeaba a Jenaro y un murmullo sordo brotaba de su morral.

Los vecinos lo seguían a distancia y especulaban sobre aquellos acontecimientos. Suponían que esta vez el buhonero se había metido en líos y por eso estaba así, tan espantado y receloso, con el temor que acompaña a los que roban algo importante. Para colmo de asombros, juntos a las tiñosas que hacían su vuelo de rutina sobre los cañaverales, apareció un bando de gaviotas.

Después, cuando Jenaro se internó en las malezas donde reposaban los restos de su antiguo amor, todo quedó envuelto en un fresco inusitado que venía como aliento misterioso desde el monte.

Esa noche muchos soñaron con imágenes desconocidas: arenales, albatros y conchas, surgían en las pesadillas más diversas. Al amanecer pasaron unos guardias a caballo, hombres de la costa que perseguían ladrones; fueron directo al matorral donde Jenaro había pasado la noche y al rato se les vio salir llevando al viejo con las manos atadas; iba sonriente y sin su pesado zurrón, nadie pudo interceder por el desgraciado, sólo siguieron la escena con la vista y rogaron por su suerte.

Cuando el sol se hizo fuerte y disipó las nieblas, una explosión de asombro recorrió el caserío. Allá, en el lecho del río seco, donde alguna vez el buhonero enterró a su amada, movía sus olas un increíble pedazo de mar.

A CIEGAS

Anselmito no era un niño alegre, tenía una malformación congénita que le causó la pérdida total de la visión al cumplir el primer mes de nacido. Él no sabía de los colores de la vida, pero tenía un alma inmensa, quizás demasiado grande para sus siete años y para la miseria de su hogar campesino.

Un médico había certificado a su padre, guajiro humilde que ganaba escaso dinero vendiendo la leche de sus dos vacas, que lo del pequeño no tenía cura. Artemio sufría al saberse incapaz de resolver el problema de su hijo.

Como único consuelo para aquel mal que ensombrecía la vida del muchachito, estaba una virtud casi mágica, algo que nació espontáneamente en Anselmito: su habilidad para dibujar cosas que nunca vio y cuyos detalles trasladaba al papel luego de palparlas por unos segundos.

La madre ponía al niño en medio de disímiles objetos del hogar y al rato iban apareciendo con trazos casi exactos, los dibujos de casuelas, cucharas, sombreros y cualquier otro cacharro, siempre evitando ponerle en las manitos nada punzante o cortante.

Era doloroso el lamento del chico, que se atormentaba reprochándose el no ser como su hermano, que ayudaba en los cortes de caña y vendía la leche por toda la vecindad. Él se sentía inútil y por mucho que sus padres lo rodeaban de cariño e intentaban convencerlo de que era significativo su aporte en pequeñas tareas hogareñas, todo resultaba en vano y acababa llorando con desconsuelo.

De noche, cuando los hijos dormían, Artemio y su mujer se quedaban hablando en voz baja junto a la mortecina luz del candil, mientras sus cuerpos dibujaban grotescas sombras chinescas en las paredes del bohío. El tema central de su diálogo giraba en torno a los desmanes del ejército, cada vez más agresivo e impotente ante el avance de los Rebeldes. Tenían el temor de que algo les pasara y los muchachos quedaran a la deriva en ese mundo de injusticias.

Por otro lado estaba el asunto de Anselmito, quien se tornaba cada día más huraño. Ellos querían lograr que su destreza en el dibujo le hiciera sentirse más útil, pero no sabían cómo y para colmo la escuelita se había quedado sin maestro hacía más de dos años.

Los días fueron pasando y las cosas se fueron poniendo peor; la soldadesca había llegado a la zona, según se comentaba para preparar una ofensiva final. Habían confiscado animales de los míseros guajiros y abusaban de los nobles pobladores, que en silencio y a riesgo de sus propias vidas, continuaban ayudando a los guerrilleros.

En el hogar las cosas no andaban bien, el niño dejó de dibujar y casi no hablaba; por ratos se sumergía en un mutismo desgarrador; por las noches despertaba sobresaltado y llorando, al día siguiente no recordaba nada y sólo alegaba tener un susto, una sensación extraña de querer trazar algo sobre el papel y no poder hacerlo, como si no entendiera lo que su mente le dictaba.

Una mañana, Artemio recibió un recado del sargento donde se le decía que tenía que presentarse en el improvisado cuartel de la arboleda y llevar sus vacas, según referían para ponerles un hierro y verificar que no se las habían dado como alimento a los rebeldes. Fue una noticia atroz; la vieja lloraba calladamente para evitar los aguzados sentidos de Anselmito; Cándido, el hijo mayor, insistía en acompañar al viejo, pero éste se resistía a sabiendas de que era una treta para confiscarle sus reses, una injusticia ante la que él no se quedaría impasible y no quería poner en riesgo la vida de su muchacho.

El niño pequeño aún dormía, tuvo horribles pesadillas y en medio de su sobresalto había pedido a su mamá que le buscara mucho papel, que al otro día quería hacer ¨Dibujitos raros¨, la vieja sintió lástima y al amanecer había ido hasta la casa del dueño de la tienda a pedirle un poco de aquellos cartuchos grandes y algunas hojas desechadas por el bodeguero. Quería que cuando el niño despertara tuviera un buen poco de papel.

Después de un fuerte abrazo a Cándido y a la compungida esposa, Artemio acarició la cabeza de Anselmito, que aún dormía y salió lentamente, con sus dos vacas por delante.

El trecho era largo y por suerte el sendero se extendía por entre la fronda que mitigaba la intensidad del medio día. El hombre miraba a sus vaquillas y pensaba en el sustento de su familia, estaba dispuesto a todo por impedir que le privaran de su única riqueza, explicaría al ejército su situación, pero no tenía fe en que lo comprendieran, había oído contar lo que estaban haciendo y sentía una mezcla de indignación, temor y odio.

En el bohío, Anselmito se despertó más tarde que de costumbre y como no sintió al viejo en los ajetreos del almuerzo, preguntó por él con un evidente sobresalto en la voz. La madre le mintió diciendo que había salido a pastorear las vacas, el niño no habló y prorrumpió en un llanto profundo y melancólico. Dos gruesas lágrimas rodaron por las mejillas arrugadas de la vieja, que aprovechó el lastimero pesar del niño para descargar sus temores retenidos.

La tarde se había nublado acelerando la llegada inminente de la noche. Las reses se detuvieron asustadas al percibir la cercanía de alguien, instantes después apareció de entre la maleza un soldado armado hasta los dientes. Mandó a detenerse al campesino y lo interrogó. Artemio, con voz entrecortada pero firme, le respondió que acudía a la citación. El militar lo miró desconfiado y con un gesto le indicó que continuara.

En medio de una pequeña explanada, a la vera de la guardarraya, se situaba el campamento militar, había un ajetreo constante y los soldados seguían con la vista al recién llegado, gastando bromas pesadas y lanzando risotadas despectivas.

Un hombre grueso, con grados de sargento, salió al encuentro de Artemio, lo observó haciendo caso omiso al saludo cortés del guajiro y sin rodeos le ordenó que dejara las vacas y se fuera por donde mismo vino. El campesino comprendió el significado de aquello y trató de explicar al otro sobre la importancia de aquellas reses, sobre su familia, sobre el niño ciego, pero el sargento lanzó una sarta de ofensas y le dio la espalda.

Artemio escuchó las burlas, mientras un uniformado vino a quitarle las sogas con que había conducido a los animales. En un gesto de ira empujó al soldado que perdió el equilibrio y cayó en la hierba. El sargento viró sobre sus pasos y golpeó al viejo; el militar, pálido de soberbia, dio una orden tajante: – ¡Se lo llevan y lo guindan, lo guindan lejos de aquí que no quiero auras delatando el campamento!

En la pequeña mesa de la casucha campesina, se habían amontonado decenas de papeles alrededor de Anselmito, que movía sus diminutas manos como impulsado por una fuerza ciega, una y otra vez repetía los trazos y con sollozos casi imperceptibles apartaba un pliego y tomaba otro, su madre no atinaba a seguir, como otras veces, la obra del niño, y ni siquiera notaba aquel extraño comportamiento del pequeño; su pensamiento estaba en Artemio, presintiendo la desgracia que se avecinaba.

El campesino sentía que las manos fuertemente atadas se le iban quedando insensibles; por la comisura de los labios le brotaba un fino hilo de sangre provocado por el golpe recibido. La tarde y la noche se fundían en una penumbra que alteraba la realidad de los objetos y pintaba el cielo con tonalidades caprichosas.

La mente del pobre hombre era un verdadero bullir de ideas; pensaba en su mujer, en la angustia de la familia y sobre todo en Anselmito. A estas horas- cavilaba con tristeza- ya habrían salido a buscarlo la vieja y su hijo mayor, sentía miedo de que la soldadesca les hiciera daño o que encontraran su cuerpo allí, colgado de algún árbol.

Sus pensamientos estaban en lo cierto, la vieja mujer no soportó más la angustiosa espera, apenas si había entrado al bohío desde que comenzó a anochecer, razón por la que no había descubierto algo extraordinario sobre la mesa y en el piso alrededor del niño ciego, su nerviosismo sólo le permitió tomar el viejo farol de los ordeños, suplicar a Anselmito que no se moviera del bohío y pedir al hermano mayor que la acompañara.

El soldado, acomodado sobre un caballo que al pobre Artemio le parecía inmenso, fumaba un cigarro y con indolencia apresuraba el paso de la bestia sin importarle los tirones que sufría el infeliz campesino, llevado como un animal al matadero. El sargento sólo lo envió a él para la cruel misión, no quería debilitar la seguridad del campamento, amenazado por un inminente ataque guerrillero.

Junto a una mata de guásima se detuvo el jinete y se apeó del caballo. Artemio respiraba con dificultad y su ropa estaba empapada de sudor, sentía nauseas y un fuerte dolor de cabeza. El militar tomó de la montura el machete que habían quitado al campesino y cortó algunos ramajes gruesos que fue situando junto al tronco del árbol.

La vieja mujer y su joven acompañante caminaban de prisa por el estrecho sendero que se escurría dentro de la maleza, la luz del farol perforaba la oscuridad de aquellos lugares cuajados de grillos y soledades. Sentían el temor, mezclado con la certeza, de que al viejo le había pasado algo malo y sin medir las posibles consecuencias, no lo habían pensado dos veces para enrumbar sus pasos hacia el campamento del ejército.

El soldado obligó al campesino a treparse en los matojos. Profiriendo ofensas y otras blasfemias rodeó el cuello de Artemio con un lazo y luego con destreza de verdugo amarró la soga a un gajo de la guásima; subió al caballo, se acercó al condenado y lo empujó, al tiempo que hincaba las espuelas en el animal y salía a todo galope.

La esposa de Artemio avanzaba sollozando detrás del muchacho que rumiaba su rabia con lágrimas en los ojos, a lo lejos escucharon el galope de un caballo y una lechuza cruzó tenebrosamente por encima de sus cabezas.

Artemio se estremeció, encabritándose violentamente en un esfuerzo desesperado por encontrar apoyo a sus píes, sus ojos se nublaron y su cabeza estaba apunto de estallar. Sintió que la vida se le iba y cuando las últimas luces de su existencia se apagaban, todo el peso de su organismo viajó en caída libre hacia el suelo; la cuerda se había roto. La sangré comenzó a fluir nuevamente y luego de un primer momento de desconcierto, se puso en pie tambaleándose y fue hasta el trozo de soga que se mecía tímidamente en el gajo del árbol.

Miró el extremo con asombro, algo no estaba bien en el desenlace de su suplicio y en la forma que se libró de una muerte segura; un verdadero milagro había ocurrido, la soga fue picada, tajada de un certero machetazo, sin explicarse cómo, pues no sintió llegar a nadie y cuando se incorporó del suelo reinaba un silencio sepulcral a su alrededor.

Minutos después llegó su vieja que lo abrazó llorando, y junto a su hijo, se fundieron en un largo y silencioso momento.

Artemio les preguntó si habían visto a alguien alejándose de la guásima, pero su mujer le aseguró que eso era imposible, porque ellos habrían sentido la presencia de otra persona.

En el bohío, Anselmito descansaba su cara sobre la mesa, envuelto en un feliz sueño. Una multitud de hojas cubrían el piso, la mesa y los taburetes, en ellas se repetía un solo dibujo, la imagen de un objeto que jamás tocaron sus manos; un croquis perfecto, casi la fotografía de un machete tajando una soga.

CAFÉ

10.00 pm, al sur de la carretera.

A Don Miguel le agradaba que su caballo lo llevara, que marcara el paso y adoptara el ritmo que las peripecias del trillo le imponían. Así era mejor, porque entonces él se entretenía pensando y divagando sobre los detalles de las partidas de dominó, que como cada noche, había sostenido en el espacioso comedor de la casa del compadre Isolino.

Por momentos detenía al manso animal y arrimando su muñeca a los ojos, para poder distinguir las manecillas del reloj; comprobaba que fueran las diez; justo la hora en que siempre emprendía la bajada de aquella pendiente suave; donde la carretera, iluminada por la luna llena, semejaba un canal de aguas serenas.

10.00 pm, al norte de la carretera.

Meriño se ponía furioso cuando los otros conductores, que se le venían encima por la senda contraria, no cambiaban las luces y lo encandilaban a tal punto, que por unos segundos el camión quedaba a merced de sus viejos instintos. Por suerte se había aprendido de memoria aquella vía; cada bache, cada elevación, cada curva y hasta el lugar donde algún dueño dejaba pastando el ganado a su libre albedrío.

La reverberación del reloj circular que funcionaba en la pizarra de los controles, indicaba las diez de la noche ¨Buen paso¨ pensó, calculando que si todo seguía la rutina estaría pasando en 20 minutos por EL CRUCE; único lugar donde, de vez en vez, permanecía algún viajero en espera de favores.

10.05 pm, al sur de la carretera.

Ahora venía la casa de Zoila, y Don Miguel arreó ligeramente a su alazán en tanto dejaba escapar una bocanada de humo azul y aromático, mientras apartaba el tabaco con dedos de campesino hacendoso.

Zoila siempre estaba en la ventana de la cocina, desde donde se podía ver la carretera y el ir y venir de aquellos que por ella pasaban. Don Miguel pensaba que en la casa de ella se vivía al estilo de los hogares antiguos; todo a la misma hora y en el mismo lugar, de otra manera cómo explicar que estuviera fregando los cacharros de la comida siempre que él pasaba por allí, a tiempo para escuchar la amable pregunta: ¨ ¿Un cafecito, Don Miguel? que la noche nunca dura más de lo que manda el amanecer ¨. Invitación que él invariablemente rehusaba.

10.05 pm, al norte de la carretera.

No había dormido bien la noche anterior, le dolía mucho la espalda y fue una madrugada fría, quizás por eso sentía un poco más de sueño, pero de todas formas era llevadero y el camión se portaba bien, como agradecido de encontrar la vía más despejada de lo habitual.

Meriño sabía que en sólo minutos aparecería aquel diminuto quiosco de tablillas lisas y pintadas de azul, sobre el que habían rotulado, con poca estética, un cartel: FLORA, EL CAFÉ DEL VIAJERO. Siempre se sonreía y pensaba: ¨ Ni Flora la del café, ni la mejor comida del mundo, nadie le roba tiempo a los viajes de Meriño ¨.

10.10 pm, al sur de la carretera

¨ No vayas hoy al dominó, que anoche la cintura te dolió mucho y vas a regresar dormido sobre la bestia ¨ , le había dicho la vieja cuando lo vio ensillando el alazán, y de verdad que ahora tenía sueño; tenía el sueño que nunca tuvo cuando cabalgaba de vuelta. Pensó que al menos esta vez le convendría la invitación de Zoila.

Todo pasaba como en una película vista por segunda vez. La convidada de siempre, y la mujer fregando sin apartar la vista del hombre, que invariablemente se quitaba el sombrero en gesto cortés y continuaba la marcha; sin embargo, en esta ocasión ocurrió la mayúscula sorpresa de que el café había sido aceptado.

10.10 pm, al norte de la carretera

Mientras subía un poco el cristal de la portezuela, Meriño pensaba en la insistencia de su mujer que había considerado necesario darle para el camino el termo que usaba su papá, con un poco de café. Ella sabía que su esposo no gustaba de esa infusión, pero creía en su efectividad contra el sueño.

Él se había negado y ahora le echaba de menos. Sobre eso meditaba cuando poco a poco la lejana silueta del quiosco de Flora fue tomando forma iluminado por las luces del camión. Meriño titubeó unos instantes y luego accionó los frenos, echando por tierra su tradición de no detenerse en el camino.

10.15 pm, al sur de la carretera

Zoila se apartó presurosa del fregadero y mientras se secaba las manos en el delantal, caminó hasta la puerta.

Don miguel no hizo ademán alguno que anunciara su intención de bajarse del caballo. Se dirigió sonriente a la mujer y le dijo: ¨ Usted me disculpa, no me gusta molestar a estas horas, pero créame, el sueño hoy me está ganando la pelea y dice mi vieja que nada como el café para lidiar con él ¨

La mujer giró con agilidad sobre sus talones y al cabo de breves segundos se acercó al jinete con un vaso humeante sobre el que se condensaban los vapores de la noche. Mientras el hombre sorbía la bebida, Zoila le comentó: ¨El compadre se alegrará de su visita, deje que le cuente, él salió de caza y vuelve en dos días; una vez me dijo, ¿cuándo Don Miguel romperá su record de no visitarnos?¨

¨ Es la vida, doña, la vida que nos apura para que no le cojamos el gusto y ganarnos la pelea ¨, le comentó mientras remataba el último sorbo. El caballo se estremeció molestado por algún insecto y un poco de café se derramó en el pantalón del viejo, la mujer ofreció traer un paño húmedo, pero él rehusó; dio las gracias y reanudó la marcha.

10.15 pm, al norte de la carretera

El motor del camión jadeaba como un animal cansado, mientras Meriño dejándolo en funcionamiento, como señal de prisa, se dirigió al quiosco y pidió un café. El néctar humeante rebozó la taza de oscura cerámica.

El líquido estaba más caliente de lo que calculó y al retirar la tacita apresuradamente, un poco de café se derramó en su blanca camiseta. La mujer se disculpó como si de alguna manera fuera culpable del incidente y le facilitó presurosa una toalla pequeña y húmeda.

Meriño limpió con esmero su ropa y aún cuando no consiguió restaurar la blancura de la prenda, decidió no perder más tiempo, ya estaba retrasado en diez minutos, pagó y volvió al camión entrando de un ágil salto en la cabina.

10.25 pm, al sur de la carretera

¨ Remedio santo ¨, pensó Don Miguel, que se había desperezado de tal forma que ahora canturreaba un tonadilla guajira; a veces cantada; a veces silbada. Miró nuevamente el reloj y comprobó que su metódico recorrido se había atrasado en diez minutos. Arreó la bestia y musitó: ¨ Pero bueno, al fin y al cabo, nunca me retraso y la vieja no se preocupará por tan poca cosa ¨.

Con el ritmo que llevaba el trote, a las 10 y 35 estaría en EL CRUCE, a sólo un par de kilómetros de su finca.

10.25 pm, al norte de la carretera.

Se reía pensando en la cara de su mujer cuando le contara que por no hacerle caso, terminó comprando café en medio de la carretera y además pringando la camiseta nueva. En la radio del camión una voz melosa anunciaba que en breve serían las 10 y 30.

¨ Oiga usted ¨, pensó, ¨ a esta hora ya habría pasado por EL CRUCE y andaría cuesta arriba por la loma aquella que hace sudar los pistones del motor ¨. Aceleró un poco y cambió la velocidad. El aire de la noche, junto al café, había disipado toda la somnolencia de antes.

10.35 pm, EL CRUCE

De vez en cuando Don Miguel sentía el amargo del café en la boca, era quizás la poca costumbre, entonces escupía y se frotaba la comisura de los labios con el reverso de la mano, girando la cabeza para evitar que su propia saliva le viniera encima.

Las farolas de EL CRUCE no estaban prendidas, como muchas veces sucedida. Cuando Don Miguel volvió los ojos al frente y sin tiempo para limpiar la humedad prendida del bigote, quedó paralizado por la proximidad de una luz intensa y un rugir estrepitoso. El caballo se encabritó y un golpe demoledor lo echó por tierra.

10.35 pm, EL CRUCE

Por eso a Meriño le disgustaba el café, por horas sentía su sabor adueñándose de cada espacio de la boca. Había recordado que le quedaba un caramelo en la guantera, miro hacia el frente y distinguió el pequeño cartel que anunciaba: EL CRUCE. Notó que las farolas no estaban prendidas, apartó la vista para alcanzar la confitura que se escondía entre algunos papeles y un impacto sordo estremeció el vehículo, pisó instintivamente los frenos con todas sus fuerzas y el camión zigzagueó enredado en algún obstáculo desconocido.

El chofer se apeó sobresaltado y corrió hacia la parte trasera. En medio de los metales retorcidos en la parte baja del carro, una masa confusa de jinete y caballo yacía inerte. Sólo quedaban visibles los pantalones del hombre atropellado, manchados de café.

EL MILAGRO

Ramón le temía al mar; le causaba escalofríos el oleaje; le recordaba a su hermano que se ahogó un domingo de pesquerías allá por la bahía rocosa. Una ola lo arrastró devorando 30 años en dos o tres minutos.

El buen Ramón, apesadumbrado por la pérdida, juró no acercarse más a la costa, no ver películas de piratas, ni leer a Salgari, sencillamente pretendió ignorar la tercera parte de todo lo que existe y así vivió durante mucho tiempo, literalmente con los pies sobre la tierra.

Pero al desdichado le nació un niño ciego que quería ser pescador como su tío. La vida, que es experta en eso de los juegos de azar, le impuso un dilema terrible, y Ramón, terminó zambulléndose cada anochecer entre las turbias aguas contenidas por el Malecón, para en secreto, enganchar los peces milagrosos que su feliz chico creía pescar.

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Pequeño espacio en la gran trinchera donde se defiende la Revolución:hija de la cultura y de las ideas

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