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PARA MEDIRLE EL PULSO AL CARIÑO

 

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El cariño, es para las emociones de la vida, lo que es para el corazón la presión arterial. La falta de ese sentimiento agota el alma y afloja los músculos; debilita el pulso y trastoca el apetito, su ausencia oprime el pecho y nos pone a pensar en el sabor exacto que tiene la rutina, en la irrelevancia de mirar los ocasos, trasformados entonces en simples mecanismos de este gran universo.

Un soplo de cariño espanta muchos miedos y le confiere magnitudes enormes a cosas diminutas, como un roce de manos; un timbre inesperado; un simple papelito donde dice tu nombre. Lo común se disfraza y en sus nuevos atuendos te hace soñar despierto, incluso cuando sabes que algunas de esas aguas pueden ser espejismos a veces peligrosos.

SI PUDIERA FABRICAR UN MUNDO

 

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Si pudiera fabricar un mundo, sacarlo tierno y recién nacido, como el crío indefenso de las bestias y luego moldearlo a mi antojo y conveniencia, con los contornos precisos, los éxitos seguros, las penas resueltas y los temores extirpados; si pudiera hacerlo así, viviría allí, a su abrigo perfecto y sosegado.

Pondría en él las plenitudes que me faltan, el tiempo que se escapó sin dejar obras que perduran, un borrador para las huellas del destino que marca las vidas y los cuerpos con líneas que casi siempre van en una sola dirección, las hojas de los planes que no se han trazado aún, un poco de magia para hechizar relojes, un quebrador de inercias y alguna alquimia contra las rutinas.

Sería una ensoñación sin las distancias que tanto hieren, sin los temores formales e informales, sin la manía de calcular los pasos y sin los altos muros a donde trepan las dudas para lanzarnos piedras cuando los superamos.

En ese mundo, como un lecho gigante o un océano tierno; las horas para el amor y las virtudes, de infinitos minutos, tendrían el  supremo don de conducir la vida y en ese palpitar nacerían otros mundos;donde a su vez, de nuevo, saldrían derrotados  el odio y el pesimismo, que cercenan los cuerpos y enlutan el alma.

VERSOS PARA EL FARO

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La tarde está pintando un cuadro tenue 

y pasan los albatros en su vuelo

como pinceles de plumajes ocres,

dejando gris sobre un rosado que se muere.

La acuarela que tiñe el viejo faro

deja sus manchas entre los botes que regresan,

puntos oscuros en pieles marineras,

retoques en la piedra desnuda y sedentaria.

El ruido de la vida se frena en los cristales

haciendo del paisaje una escena silente.

Las farolas, como soles distantes y pequeños

quiebran la tarde con su cansancio.

Ladran los perros y gritan los chiquillos.

Dos gaviotas se asustan y escapan hacia la noche

presagiando el deceso de la luz.

 

EL SECRETO DE LOS VERSOS

 

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Escribir es, además de un arte milenario y necesidad imperante, una especie de escondrijo donde refugiarse para sortear las embestidas emocionales de la vida, al menos así lo veo y creo que los estados de ánimo son los verdaderos autores de las obras literarias más encumbradas. Es justamente a esa disposición del espíritu a lo que se ha dado en llamar “Musa” para poner un nombre poético al cúmulo de sentimientos que flotan sobre la cabeza de los autores cuando enfrentan a la temida hoja en blanco.

Es particularmente la poesía el género más propicio para hablar de esta idea, pues ningún verso nace de una mente tranquila y sosegada, es en el batimiento de las alas del alma donde brota ese idioma mágico que más tarde, retenido entre letras, pretende decir las cosas más íntimas y extraordinarias en una especie de clave para cuyo descifrado existen miles de combinaciones tan disímiles como los lectores que las escrutan.

Quien se detiene ante un buen poema ha de buscar esa sustancia invisible que lo rodea y que lo dota de una vida propia, nada en él debe haberse puesto en vano, ninguna palabra puede sobrar: allí, en aquella pequeña frase quizás inexplicable en una primera lectura, puede anidarse la aventura  delirante de un hombre o una mujer, la herida más profunda o la felicidad más plena, es como el primer minuto del universo antes de la gran explosión, un bullir inimaginable en un punto increíblemente pequeño.

Por eso el arte poético es el emisario perfecto de los humanos, nada lo iguala en esa capacidad asombrosa de multiplicar mensajes sin que para ello la obra tenga que estar necesariamente dirigida a nadie en particular o a nada claramente definido (salvo para el autor que ha logrado decir lo suyo y lo de los demás sin levantar sospechas).

Es por demás casi imposible buscar coincidencias de apreciación entre quienes disfrutan de los versos, pues en sus adentros van dibujando historias o desentrañando remembranzas, gratamente sorprendidos de que aquellas estrofas nacidas de otras manos han descubierto sus propios enigmas y se agarran a esas pistas para encontrar respuestas.

 

 

EL PUNTERO

De memoria
aprendí el dictado esquemático sobre el bien y el mal.
Una lección escolástica llena de grietas enormes
que simulaban dibujos caprichosos
en la pared levantada por los supuestos sabios.
Con el golpe de un puntero de roble
(o de pino, no logro recordar el tipo de madera)
se practicaba el supuesto milagro de enseñar ciertas cosas,
que atadas a una roca se hundían en el cerebro
con su enorme secuela de prejuicios y odios.

Se daba por cierto e inquebrantable el poder de los poderosos;
la virilidad de los viriles;
la debilidad de los equivocados;
la perfección de los perfectos;
la visión de los preclaros, que eran a su vez
los dueños del puntero (de roble o de pino)

De memoria
me inoculé la fórmula de las partes exactas
para que todo encajara sin bordes chanflones,
evitando el daño que produce en los barcos
la necia maniobra de navegar en contra.

Con el tiempo retornó el puntero
trepanando los sesos,
exorcizando algunos quistes de sueños peligrosos
que versaban sobre hombres de carne y de huesos partidos,
con fracasos y planes demasiado arriesgados.
Cuando miro este mundo de mortales bien muertos,
descubro que al puntero (de roble o de pino)
se le quebró su punta aguda e imperfecta.

ESTAR TRISTES

 

Según la escritora mexicana Laura Esquivel,  la mayor enfermedad de nuestra época es la depresión y el mayor mal la angustia. Ella con magistral claridad se acerca a uno de los grandes problemas del mundo moderno, que dotado de un arsenal de opciones que nos aplastan, se esparsen y se venden, genera una carga adicional de enfermedades depresivas y personas tristes.

Estar tristes es más complicado que el cubo de Rubik, tiene más engranajes que una moderna bóveda bancaria y te saca más lágrimas que una cebolla blanca. Estar tristes es una cabrona situación que nos pone a vivir como una abeja en un recipiente de cristal con la tapa agujereada; nos falta el aire y volamos a tientas descubriendo que la realidad del otro lado del vidrio sigue siendo bonita, pero no la disfrutamos. Estar triste produce daltonismo y se te pierden los colores que más se necesitan. Estar triste desata muchos vicios y tu estado de ánimo se bebe con hielitos. Estar triste vuelve loco a los médicos y a los sicoanalistas, enriquece a los brujos y a las que leen las manos. Estar triste nos duele como una gran pedrada que alguien nos dio de noche; o como un pisotón en la uña encarnada.

Estar tristes es convertirnos en adictos de las viejas baladas, de las fotos aquellas donde no están las canas. Estar tristes es malo para los que pregonan las magias y los mitos de muchas medicinas. Estar tristes nos pone como un espantapájaros para espantar humanos. Si quieres no estar triste, a pesar de ya estarlo, abrázate a ti mismo y dite en el oído: “mientras estabas triste te perdiste tres cosas que inventaron los hombres para ahuyentar las penas: la mano de un amigo; el lado bueno de lo que pinta malo y una dosis de tiempo para curarlo todo”

Por eso, y siguiendo con las definiciones de Esquivel, pues recordemos que: Después de una sesión de carcajadas, nuestro cuerpo se relaja. Con la relajación viene la liberación de la energía negativa que estaba prisionera dentro de nuestro cuerpo. Las glándulas secretan todo tipo de sustancias; lágrimas, sudor, saliva. Las energías fluyen y nos proporcionan un estado de armonía. Al reír, nuestra respiración aumenta y el corazón late más rápido, bombardeando más sangre rica en oxígeno a todo nuestro organismo. Como resultado, la actividad electroquímica del cerebro se incrementa y nos ponemos más alerta que de costumbre. Otro de sus beneficios.

POLVO DE ESTRELLA

Me han traído tierra de la higuera

del sitio remoto donde lo sepultaron.

Una pequeña bolsa la retiene en mi mesa.

Todo lo demás se ha tornado minúsculo:

El bulto de papeles cotidianos;

las plumas, los relojes,

que han seguido su marcha a pesar de su ausencia;

Las tareas pendientes;

Mis notas cuestionando la falta de domingos

para irme a la playa o a jugar con mis hijas.

A veces tomo la bolsita entre las manos

y siento el peso imaginario de su cuerpo

marchando hacia lo eterno.

EL NIÑO Y EL BONSÁI

El niño busca un árbol,

como signo rupestre de otros tiempos.

Él quiere un árbol grande, un grupo de hojas verdes y una fruta.

Desanda los senderos polvorientos, los cauces secos, las arenas.

Doblega el pesimismo, que es un señor terrible de piel árida.

Imagina los nidos que no ha visto;

Las aves que no vuelan;

Los perros que no ladran.

El niño sueña un río,

donde soltar sus barcos diminutos.

Él quiere una laguna transparente, un pez, la flor de un loto.

Trepa sobre los puentes obsoletos, las barcas truncas, los remos fragmentados.

Se burla de su sed que lo atormenta.

Piensa en la corriente que no corre;

La cascada en silencio;

La hierba seca en el meandro.

El niño no perdona a sus abuelos

que le dejaron sus fábricas vetustas,

sus autos de metal.

Apenas un mínimo zoológico

y un bonsái.

MI VENTANA

Tengo a mi izquierda una ventana y eso basta,

por ella salgo cuando siento que me cercan.

No quiebro su cristal ni pego un salto.

No desmonto sus goznes.

Ni pido que la quiten de mi paso.

La ventana es dueña de lo inmenso,

ella gobierna el mar que la sumerge,

que la dota de barcas y de nubes.

En su grandioso poder,  muda de aspecto,

levanta el día o sepulta la tarde.

Puede obrar el milagro de hacerme regresar

o postergarme.

Asombra su capacidad de trasmutar silencios

en jolgorios de luz y de mareas.

Cuando me alejo se me arraiga el miedo

de que la vida se quede sin ventanas.

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