Archivo de la categoría: Opinión

CUALQUIER TIEMPO PASADO PUEDE QUE SEA CAMBIADO

 

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Estudios científicos han demostrado que los seres humanos utilizan dos procesos para olvidar: la supresión y la sustitución y que las personas lo hacen cuando quieren deshacerse de aquello que les ha dejado un recuerdo desagradable, vergonzoso o simplemente insoportable.

A nivel personal es indiscutible que esta posibilidad ayuda a disfrutar de una salud mental mucho más plena y evita las recurrencias desagradables, por lo cual casi de forma generalizada todos tendemos a recordar los años pasados con mucha más felicidad que tristeza, haciendo siempre de la añoranza la mejor compañera cuando llegan las remembranzas de las épocas jóvenes.
Pero, cuidado, que ese truco gentil de la memoria es también tenido en cuenta por aquellos que estructuran otro tipo de borrado, el “Borrado Histórico”, confiando en que la supresión y sustitución de marras, se manifieste en la memoria colectiva de los pueblos; así, por ejemplo, los grandes conquistadores de América son tenidos por el imaginario colectivo como verdaderos héroes o célebres personajes , después de masacrar y exterminar a poblaciones enteras, en un continente donde por citar solo un ejemplo de una población inicial de unos 30 millones de incas, y unos 20 de mexica hacia 1700, siglo y medio después, este total se había reducido de manera dramática a cinco millones.

Los recuerdos borrosos y una buena dosis de nostalgia bien administrada también pueden obnubilar la mente y hacernos creer que el fascismo hitleriano no fue tan cruel e incluso fue menos cruel que el comunismo soviético; que fueron más despiadados los soldados del ejército rojo en la toma de Berlín que los bárbaros germanos arrasando una tras otras las ciudades de la vieja Europa.

Mensaje tras mensaje; documental tras documental; película tras película; libro tras libro, todo perfectamente estudiado a nivel sicológico y pedagógico, poco a poco la realidad puede ir cambiando en la percepción colectiva de los hechos pasado y a ese ritmo dentro de apenas unas décadas, si no ganamos esa guerra de pensamiento definida por Martí, tendremos dentro de la futuras generaciones la equivocada convicción de que los Norteamericanos ganaron la Segunda Guerra Mundial, Cuba de 1958 era en verdad paradisiaca, el Che Guevara era un aventurero, Chávez era un populista dictatorial y el socialismo fue un fracasado sistema generador de pobreza y coartador de libertades individuales.

Con seres humanos convencidos de esas “realidades” el futuro de la dominación capitalista no correría el más mínimo peligro, es nuestro reto descubrir en casi perfecto cuerpo de la mentira, la huella de su pata coja.

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LOS MIEDOS

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Vivir sin miedos es tan absurdo como vivir sin oxigeno, ellos nos acechan y nos asaltan; encuentran las grietas invisibles, en los muros que algunos suponen infranqueables.

Los miedos son a veces reales y concretos o son en ocasiones hijos de las sospechas; pueden ser diminutos y fáciles de abatir como simples insectos, otros logran ser grandes y de aspecto aplastante, unos son colectivos y con matiz de pánico y están los que son propios como secretos íntimos.

Dominar esos miedos y ganarles el pleito es un reto que los humanos tienen desde su surgimiento, cuando caía la noche y el hombre primitivo no dominaba el fuego, la oscuridad profunda era el miedo mayúsculo, pero un poco después el temor sucumbía cuando el sol asomaba para tender la mano a las pobres criaturas que temblaban de frío; y así ,como un milagro, el miedo terminaba al menos por el tiempo en que duraba el día, pero a veces tememos y ante ese temor profundo no tenemos el alba que nos sirva de aliada, para espantar el susto solo estamos nosotros con los buenos consejos y las manos amigas.

EL VENENO DE LA DOBLE MORAL

 

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Los errores, las equivocaciones y las acciones de las cuales de alguna forma nos lamentamos, son, como reza una sentencia popular: “cuestiones humanas”. Todos de una manera o de otra cometemos deslices, cargamos esas (grandes o pequeñas) cruces por el resto de la vida y debemos lidiar con la compleja disyuntiva de ignorar los yerros propios, justificando su aparición, o reconocerlos como manchas que pueden ser atenuadas con una buena dosis de sinceridad y arrepentimiento.
Nos es cuestión nada fácil eso de hacernos la autocrítica y asumir que la “maldita culpa” tiene efectivamente un dueño y que ese podemos ser nosotros mismos y si el reconocimiento amerita ser público, pues mucho peor, porque entonces nos duele como la piedra en el zapato; sin embargo, los tiempos actuales reclaman trasparencia y solo podremos fomentar la confianza colectiva si las banderas de la sinceridad ocupan los mástiles donde muchas veces ondean los pabellones de la doble moral.
Decir, sin sentir lo que se dice como una verdad o un precepto, es el peor de los venenos en las relaciones humanas y si ese discurso hueco lleva como objetivo convencer a otros o sumarlos a una acción común, el daño es entonces de proporciones enormes , pues la mentira con su pata coja, termina por dejar sus máscaras y las secuelas de desengaños y resquemores labran una profunda grieta en el muro de las confianzas necesarias.

Réquiem en prosa para un hombre increíble

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Durante un brindis en el banquete celebrado en honor de Adolfo Márquez Sterling en los altos de EL LOUVRE, el 21 de abril de 1879, en La Habana, nuestro Héroe Nacional José Martí, expresó: “Para rendir tributo ninguna voz es débil”
Y aunque mis sencillas palabras sean tan solo un brizna dentro del espeso follaje de artículos, crónicas y otros materiales salidos de manos más notables y diestras, me sentiría mal conmigo mismo sin en este pequeño espacio en el que escribo no plasmo mi admiración por el hombre extraordinario que fue y será Gabriel García Márquez.
El primer cuento que leí de él, lo había escrito en 1955 “Un señor muy viejo con unas alas enormes” y a partir de allí, una tras otra, perseguí sus novelas y otros relatos, disfrutando de esa fascinación que provocan sus textos que es como saborear el criollo sazón en los platos del trópico o el dulce de las frutas que nos dan estas tierras de la América nuestra.
En una oportunidad estuve a punto de conocerlo, fui hasta la casa donde se encontraba en Cuba, junto a su esposa, con el encargo de entregarle un libro, pero el Gabo estaba en su cuarto descansando y fue su compañera quien recibió la encomienda, ceo que habría sido fascinante verle, pero de todas formas cuando uno admira tanto a una persona termina por sentirla cercana a pesar de las distancias.
No creo exagerar si digo que la vida de un hombre cambia un poco después de leer sus obras, uno se vuelve más soñador, más creativo, más humano. Yo le agradezco al Gabo por la enorme inyección de fantasía que recibí desde sus libros, por las ganas de escribir que causó ese contacto con la prosa maravillosa de “Cien Años de Soledad” y sobre todo le agradezco su amor por Cuba y por todos los cubanos.
Su presencia profunda y maravillosa perdurará, hagamos que nuestros hijos lean sus textos y sigamos soñando con las mariposas amarillas.

¿TERSITES?

 

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El personaje oficial, el cuadro político, el simple dirigente del barrio, el que alguna vez dirigió y ya no lo hace, e incluso los miembros de las instituciones del orden o la legalidad, se han convertido en blanco predilecto a la hora de armar los personajes más ridículos  o  los que asumen roles negativos en muchas de las producciones audiovisuales cubanas de los últimos tiempos.

Es real que el humor criollo, el costumbrismo y el teatro vernáculo, siempre se han nutrido de todas las facetas de la vida política y social cubana, pero de esto a convertir en comodín humorístico (a veces no tan humorístico) todo cuanto “huela” a institucionalidad creo que es demasiado hiriente para miles de personas que asumen con mucho sacrificio aquellas tareas, que por lo general, nunca quieren ser tomadas por los más críticos.

De solo pasar la mirada por decenas de películas, puestas televisivas o teatrales cubanas de los años recientes, es perceptible como se les asignan a estos personajes guiones sin muchos matices, que los reducen a personas torpes, incultas, desfasadas o tontas, que de inmediato ganan para si los sentimientos de repulsa y burla en los espectadores, justamente lo que se busca cuando son diseñados.

No hago una defensa a ultranza de los cuadros de dirección o las autoridades, en los que subsisten muchos problemas y a veces no emplean los métodos más correctos para enfrentar determinadas situaciones, pero no concuerdo con la superficialidad que se le otorga al tema y creo que la vida y la cotidianeidad de estas personas da para mucho más en materia de estructura de los personajes; lo cual permitiría, sin detrimentos al humor inteligente, un equilibrio más constructivo.

No me parece adecuado encasillar siempre en los llamados roles negativos, a la figura de la autoridad oficial, porque el arte traslada y entroniza estereotipos y a la larga la gente terminará por asociar dichas autoridades, sin excepciones, con la chapucería e incluso con el fracaso. Más valdría, creo yo, diversificar y enriquecer la crítica sin que lo grotezco sea la norma.

YO NO TIRO MI LATA ¿Y TÚ?

 

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El retroceso experimentado en los últimos años, en relación con las normas de comportamiento cívico, es unos de los problemas más lamentables dentro de la sociedad cubana; aquí se nos presenta una paradoja dolorosa, al constatar que una población con acceso total a instituciones educativas, es a su vez descuidada y muchas veces indolente a la hora cumplir normas de urbanidad y buen comportamiento que son esenciales para reflejar educación y cultura.

Forjar hábitos es cuestión, que a mi juicio, depende de dos asuntos que se han abandonado en los últimos años: el primero, es enseñar esas buenas costumbres y el segundo es exigir porque se cumplan, incluso con la aplicación mesurada y oportuna de las normas legales.

El comportamiento es el producto de la formación desde edades tempranas de modales que se inculcan en la familia y se refuerzan en la escuela, y en ambos casos el tema no anda bien, múltiples familias jóvenes heredaron esas carencias y ahora (como lo que no se sabe, no se enseña) están en franca desventaja para trasladarlas a sus hijos; en tanto, los centros educacionales no hacen lo suficiente por llevar a la par docencia, educación formal y cívica.

¿Quién enseña a los niños en la escuela a saludar con cortesía cada mañana, quién inculca a los varones que carguen las mochilas de las niñas de su aula, quién le exige que al sentarse ayuden primero a las damitas con sus sillas, quién les reprende y les explica cuando el papel emborronado es lanzado al piso, quién les relata que Antonio Maceo, a pesar de su imponente fuerza y probado valor, aborrecía las malas palabras, el desorden, la suciedad o la indisciplina en sus campamentos?

Por otra parte, ¿quién sabe?, a fuerza de divulgación o por ejercicio de su aplicación, cuáles son las medidas que contempla nuestro sistema penal para los que transgreden normas elementales de convivencia  y muestran su torso descubierto en plena calle de cualquier ciudad, o para los que  sin el menor pudor eligen como baño público una esquina a plena luz del día, o para los que lanzan su lata vacía como si la ciudad fuese un enorme cesto de basura.

Sin dudas la primera batalla que debemos ganar es la de la conciencia de cada cual y su sentido de civilidad y convivencia; pero no nos llamemos a engaño, se precisa el justo medio entre convencer y sancionar, porque para enseñar a los niños de hoy hace falta el ejemplo de los que no tiren sus latas.

OÍRSE A UNO MISMO

 

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Escuchar es un arte supremo y difícil de manejar. Cuando se trata de dialogar o de establecer una polémica sobre determinado tema, somos por lo general más diestros en decir lo que pensamos sin prestar suficiente atención a los argumentos del otro y esta costumbre trae en la vida las mismas consecuencias negativas que trae para el jugador de ajedrez  el apresuramiento por mover sus piezas sin percatarse con toda magnitud de la jugada de su rival.

Sin embargo; la escucha más compleja y más retadora para el ser humano, es sin dudas la que se establece cuando debemos oírnos a nosotros mismos, allí la maestría del diálogo alcanza dimensiones especiales porque de pronto nos convertimos en nuestros propios interlocutores y somos capaces de decirnos cosas que otro nunca podría arrojarnos en pleno rostro sin el riesgo de un final tormentoso para la conversación.

Los ratos a solas, las noches de luces apagadas, el silencio de una habitación, se transforman en los mejores escenarios para esa charla compleja y dura, que nos conduce a veces por caminos ciertos o nos aparta de la cordura y la razón. La plática puede ser sosegada y amena, o puede ser tormentosa e incluso cruel, pero siempre estará ataviada de una sinceridad sin límites y sin las máscaras sutiles (en ocasiones no tan sutiles) que adornan la comunicación con otros.

Las verdades más grandes sobre nuestros errores y conductas, las críticas más certeras y los elogios más atinados, solo resultan posibles si aprendemos a percibirnos y no apagamos la voz de la conciencia; si por el contrario, ignoramos ese reclamo dialogador  y asumimos que incluso nuestro propio ¨yo interior¨ no merece ser escuchado con respeto, andaremos por la vida con más tropiezos que triunfos.

LA ROCA DEL ALMA

 

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En medio de la pradera solidaria que todos llevamos dentro, se acomoda una piedra singular; un espacio sombreado y cómodo donde solemos sentarnos a veces para repasar lo hecho, lo pendiente e incluso lo imposible.

A ese lugar de confidencia suelo ir cuando acaban los años, bajo el influjo místico de finales de diciembre, con sus días festinados y breves. Allí, repaso las sinuosidades de los meses idos, vuelvo la vista sobre las huellas de lo andado y cambio un calendario, ya gastado, por las inmaculadas hojas de lo nuevo.

Absorto en el peñasco, veo las cosas transitar poquito a poco y redescubro que la vida es una niña fugaz que empina un papalote y que los vientos imprevisibles pueden llevar nuestro vuelo a lugares inesperados, cruzar por sitios apenas calculados, entrar en la vida de otros seres, dejar que otras banderitas se hinquen en el espacio íntimo que nadie ha conquistado.

Pronto será la hora de mi piedra, tengo planeado un diálogo conmigo, una conversación donde me diga las cosas que otros me callaron y las que yo también no dije a otros oídos, algunos temas se repiten y mi piedra sabe bien por qué lo hago. Tengo además algunas cosas nuevas y un  par de planes para comentarme; puede que me confiese algún secreto o me prometa una mejor conversación el próximo diciembre.

NO TENEMOS DERECHO A FALLAR

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Hace unas horas culminó el XVIII Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes en la capital ecuatoriana, ciudad que nunca antes llevó con más razón el simbolismo de erigirse como centro del mundo; pues esta vez unió, a su atributo geográfico, el mérito de reunir a miles de jóvenes empeñados en salvar a nuestro atribulado planeta.

Cosas que allí impresionaron se vivieron muchas y para relatar sobrarían temas, pero algo sigue calando en la esencia del cubano, algo permanece erizando la piel de los nativos de esta isla caribeña, un sentimiento y un reclamo universal que a veces se torna en exigencia amigable, pero firme: el pedio de que Cuba no claudique.

No tenemos derecho a fallarle a tanta gente; pensaba yo, mientras descubría a cada paso las imágenes de la Revolución y nuestros líderes, estampadas en la camiseta de cualquier delegado; que desde su lejano país, con otras lenguas y costumbres, trajeron al Festival como estandarte de su lucha y como esperanza de las rebeldías con causa.

Cuba socialista debe seguir viviendo, su Che, su Fidel, su Guantanamera con versos de Martí, su hidalguía frente al Yanqui, su solidaridad profunda, son banderas que no solo nos pertenecen a nosotros, tras ellas van los nuevos soldados de estos tiempos luchando por hacerse de un futuro cierto, y si esas banderas caen, caerán también la fe y el empuje de todos esos jóvenes que ante la imagen de la estrella solitaria, gritaron en ecuador: CUBA, CUBA, CUBA, el mundo te saluda.

AHORA, ES EL FUTURO

 

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El futuro es un asunto cuestionable, es una construcción inexistente, casi nada dentro de él puede tener la certeza de que estará allí cuando el sol de nuestras vidas anuncie el nuevo día, la jornada que inicia, la mañana siguiente. El futuro es un plano de la obra que se construye en el presente y ahora mismo estamos armándolo segundo tras segundo. Es como entrar a una habitación sin luz, hurgando a tientas en lo que se aproxima a solo unos centímetros de nuestras narices.

Pensar en el futuro es la sensación humana más estremecedora, la que más reta a la imaginación, pues resulta indiscutible que, parados sobre el presente – que es también un estado pasajero y veloz – nos suelen asombrar los acontecimientos pasados que han dibujado senderos en nuestras vidas totalmente distintos e inesperados, dejándonos ver con toda claridad la poca eficiencia a la hora de pretendernos capaces de vislumbrar los tiempos por venir.

Personas que aparecen, sentimientos que surgen, lugares anclados en nuestra geografía inimaginable, son ladrillos de una existencia que a duras penas edificamos a nuestro gusto y voluntad. Los agoreros más empedernidos anuncian un destino manifiesto para cada ser humano, una secuencia dibujada por astros que no permite muchas opciones pero que rara vez se cumple exactamente,  yo creo que el futuro es solo el presente, cuando el minuto actual se agota y el sol de la jornada se termina.

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