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EL HIPNOTIZADOR

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Por el amplio sendero que conducía a la casa, desfilaban todo tipo de personas; unas, absolutamente convencidas de la veracidad del hipnotismo; otras, dispuestas a demostrar y demostrase, la inutilidad de algo que consideraban seudocientífico.
Lo cierto era, que entre unos y otros, conformaban un abigarrado tumulto de visitantes amontonados a como diera lugar en improvisados bancos situados bajo la fronda de seculares árboles.
Dentro del recinto, austero y espacioso, un hombre de mediana edad y cabellos encanecidos hacia pasar a los interesados y los acomodaba en un sofá de apariencia antigua junto al cual se ubicaba en un butacón de alto espaldar. Luego de instarlos a la relajación total y después de unas cuantas palabras dichas con serenidad y cadencia casi musical, los visitantes parecían entrar en un sutil letargo y contestaban una tras otras las preguntas más íntimas y personales que alguien pueda imaginar, siempre acorde al propio listado que cada cual entregaba al hipnotizador antes de la sesión.
El hombre se había especializado en hacer recordar, rescatando desde el subconsciente, las cosas o detalles mínimos que alguna vez se vivieron y que la mente borró o escondió como un recurso para mantener en orden el cerebro. De allí brotaban las combinaciones de viejas cajas de seguridad; el nombre de alguien que una vez significó mucho; el número telefónico del amigo lejano que lo dejó anotado un día en la libreta perdida y así por el estilo otras y otras historias empolvadas que el experto iba anotando en un blog y que luego, al chasquear los dedos y traer de regreso a los dormidos, les entregaba completando el trabajo por el cual recibía una remuneración acorde al nivel de detalles alcanzado en la “investigación”.
El último visitante de una de aquellas jornadas había permanecido casi inmóvil y pensativo por horas enteras, dejando que unos tras otros, los que llegaban completaran su objetivo, como si no tuviese el más mínimo apuro por adentrase en los misterios del trance hipnotizador y como si nadie notara su existencia. Por fin, al verse solo se levantó con lento andar y se fue hasta el sofá; extrajo pausadamente una pequeña hoja del bolsillo de su camisa y la extendió con mano temblorosa al hipnotizador.
Allí estaba su solicitud. El otro comenzó a leer con cierto desgano, pero en la medida que avanzó en su contenido, su cara se transformó; sus orejas se encendieron a fuerza de la carga emotiva; la saliva escaseó dentro de su boca; el pulso alcanzó un ritmo violento y en el fondo de sus ojos desmesuradamente abiertos se reflejó una interrogante estremecedora ¿Por favor dígame quién me mató?

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LA VOZ

BAJO-LA-LLUVIA
Cuando la lluvia comenzaba a golpear las azoteas, solía refugiarme en el lugar más apartado de la casa donde el grueso de las paredes mitigaba un poco el ruido de las aguas y lo convertía en un murmullo sordo, casi lejano.

Necesitaba de ese silencio para escuchar “la voz”. La voz había aparecido dentro de mí hacía ya bastante tiempo, cuando la adolescencia se extinguía y las inquietudes de la juventud me llenaban de energías y planes. Nunca conté a nadie sobre el suceso porque eso de escuchar voces suele ser tenido como síntoma irremediable de locura y casi con seguridad habría desatado la burla de los que me conocían y la preocupación inmediata de la familia.

Pero la voz existía y solo se hacía presente cuando llovía; no era gutural como los efectos que usa el cine para casos similares; no era parecida a la de ninguna persona conocida, ni podría haber asegurado que fuese enteramente de hombre o de mujer, era sencillamente una voz pausada y definitivamente humana.
No se trataba tampoco de la llevada y traída voz de la conciencia o el repiqueteo de mis propias palabras como un eco dentro de la cabeza, ella tenía vida propia y decía cosas que no eran producto de mis ideas o deseos, acostumbraba a hablarme de muchos temas e incluso alguna que otra vez recitaba poesía y hasta reía melodiosamente, aunque en ocasiones le notaba un aire de tristeza; una sensación de nostalgia por algo o por alguien.

Cuando paraba de llover se rompía el hechizo y solo con el próximo chubasco volvía con su diálogo inteligente. Hubo ocasiones en que, aun estando dentro de recintos donde resultaba imposible adivinar el estado del tiempo, yo sabía que estaba lloviendo porque la voz acudía como un anuncio infalible.

Toda la literatura que había consultado buscando una respuesta me conducía al campo de la siquiatría y como estaba seguro que por allí no andaba el tema terminé por dejar de buscar respuestas y aprendí a convivir con mi gran secreto y a disfrutar de ese hermoso privilegio; sin embargo, la cosa tenía también sus complicaciones pues la voz era ajena al mundo exterior y poco le importaba si yo estaba solo o acompañado para iniciar su plática lo cual me obligaba a mantenerme – siempre que podía – en solitario durante las lluvias.

Algo debieron notar las personas a mí alrededor porque poco a poco fui ganando fama de taciturno e incluso algunos juraban haberme visto reír o susurrar a solas, pero yo no hice mucho caso a los comentarios.

Llegué a sentir un profundo desprecio por las épocas de sequía y me iba con frecuencia a lugares cercanos donde era visible que caería un aguacero, perseguía los pronósticos meteorológicos y con gusto me habría mudado al monte Waialeale en Hawái, donde según dicen llueve todos los días del año.

Pero mi realidad era otra y como hombre común iba al trabajo cada día y perseguía los ómnibus repletos donde a veces me sorprendía alguna llovizna y yo maldecía la multitud que impedía escuchar algún breve mensaje de la voz.

En uno de esos viajes de regreso a casa, bastante tarde, había logrado por obra de la noche alcanzar un asiento usualmente destinado a personas con alguna discapacidad, pero como tenía dos plazas y solo una estaba ocupada, allí me acomodé junto a una joven realmente hermosa que no parecía por su aspecto tener algún defecto visible y que tal vez también aprovechó la oportunidad de irse sentada.

El viaje siguió con su rutina en medio del silencio y del ronronear adormecedor del motor, ojalá hubiese llovido, decía para mis adentros, así al menos habría tenido mi voz porque mi compañera de asiento resultaba inmutable o al menos ese fue su comportamiento hasta que unas paradas antes de la mía le tocó descender y con un gesto sorpresivo, cuando se marchaba, me miró fijamente, sonrió y apretó levemente mi mano. Yo no tuve tiempo de reaccionar, ella se apeó con agilidad y el viaje continuó sin más incidentes.

Aquel suceso en el ómnibus no se me apartaba de la cabeza, una y otra vez acudía la imagen de la desconocida y aquel gesto inusitado. Algunos relámpagos lejanos presagiaban lluvia y me fui temprano a la cama listo para el diálogo acogedor. En plena madrugada me desperté sobresaltado, nervioso, incrédulo. Afuera caía un verdadero diluvio y dentro de mí reinaba un silencio increíble. Me levanté y me eché un poco de agua fresca sobre el rostro, me desperecé y abrí la ventana; llovía y no estaba la voz.

No estuvo esa noche, ni la otra en que también llovió, ni el domingo en que llegó un ciclón y demoró tres días en que bajaran los ríos.

Triste marché al trabajo agobiado por la rutina y por el dolor de mi pérdida, seguí regresando de noche, solitario y sin comprender lo sucedido, hasta que unas semanas después al montar en el ómnibus y notar que solo permanecía sin ocupar el espacio que aquella noche tenía la joven, dudé en sentarme por el letrero aquel de los discapacitados y la probable llegada de alguno de ellos, fue entonces que el chofer me fulminó con una frase estremecedora: puede sentarse, no tenga pena, ese era el asiento de la joven muda, pero ya no lo usa más, me han dicho que encontró su voz.

EL CABALLERO OSTRA

volando

El Caballero Ostra se moriría si no escuchaba el susurro de una ola. Su respiración era débil y como carecía de arenas donde marcar sus diminutas huellas, había comenzado a perder la facultad de andar.

Los niños lo encontraron en medio de la sabana y comprendieron que el mar estaba demasiado lejos para caminar hasta él. Dejarlo allí también significaba su fin; no había más remedio que volar, pero los niños no tenían alas.

Ellos, aun así, treparon a la copa de un árbol, cerraron sus pequeños ojos y sin saberlo descubrieron, mientras volaban, la poderosa magia del Caballero Ostra.

MIEDO A LAS TORMENTAS

09 - hombrearbol

Los presagios de lluvia me sacudían el cuerpo como el escalofrío de las fiebres nocturnas. Bastaba con que se escuchase el rumor lejano de una tempestad para que todos mis músculos se pusieran en tensión. Las descargas eléctricas me asustaban más que a los perros y el olor a tierra húmeda me provocaba náuseas.

Había pasado gran parte de mi vida huyendo de los climas lluviosos, pero las condiciones atmosféricas variaban tanto de un año para otro que lo que podía ser en un principio un lugar definitivamente seco, se convertía en un enjambre de arroyos serpenteando por los caminos después de intempestivos aguaceros que nadie podía pronosticar, obligándome a partir e iniciar otra vez un ciclo que parecía no terminar nunca.

Después de dos buenos años de soles plenos y mañanas diáfanas, las cosas se empezaban a complicar una vez más. Primero fueron aquellas nubes lejanas que se tornaban amoratadas al caer la tarde y se quedaban allá, en el confín del horizonte, como amenazantes corceles en la línea de arrancada de una carreara que pronto podía iniciar; luego, aparecieron las ranas reclamando en las noches, ocultas no se sabe en qué recóndita humedad bajo la escaza vegetación que rodeaba el meandro seco de un río ausente.

Los calambres y el malestar se hicieron perceptibles nada más que inició el mes de mayo. No me era posible conciliar el sueño y vagaba toda la noche por la casa con una taza de café en las manos y los sentidos aguzados en espera de las primeras señales de lluvia sobre las matas del jardín o en el vidrio de las ventanas.

A ratos me sentaba frente al ordenador y tecleaba con desgano algunas palabras sin sentido, hacer poesía me era imposible dado mi estado de ánimo y terminaba por dejar las frases a medio escribir o los textos a mitad de la lectura. Sobre las mesas de la sala y en los estantes de la cocina se amontonaban los frascos de aquella rara medicina que hasta el momento era lo único que podía mitigar en parte la terrible dolencia que había convertido mi vida en un extraño suplicio.

Por semanas me mantuve encerrado, gastando cada minuto en buscar la mejor opción para un escape que ya se me hacía inevitable, penetraba en la densa maraña de internet y escrutaba una tras otra las opciones que mi economía podía asumir y que la premura me permitía evaluar como algo lógico y sustentable. No debía repetir lugares, aún cuando los últimos años pudieran indicar que en ellos las cosas habían mejorado para mí, pues corría el riesgo de tropezar con la misma piedra.

Al final terminé por asirme de lo único que iba quedando a mi alcance y resignado, casi vencido por las circunstancias, opté por adquirir todo lo necesario para un gran invernadero , una enorme casa de cultivos donde regulara a mi antojo la temperatura, la luz del sol y la tan temida humedad, claro que, aquello significó el sacrificio de mi vida hasta ahora más o menos común y la segura reclusión en los márgenes de un área sofocante y extraña, pero nada podía hacer a esa altura de mi dolencia, ya la mayor parte de los dedos de ambos pies eran perfectas hojas de un verde brilloso y llamativo, bajo las uñas de las manos empezaban a crecer retoños diminutos y en la raíz del pelo las canas pasaban de su argentado aspecto a una pigmentación verduzca.

De no haberme decidido a tiempo por esta solución tan radical, ahora sería completamente un árbol, indefenso ante los rayos de cualquier tormenta.

A CIEGAS

 

Anselmito no era un niño alegre, tenía una malformación congénita que le causó la pérdida total de la visión al cumplir el primer mes de nacido. Él no sabía de los colores de la vida, pero tenía un alma inmensa, quizás demasiado grande para sus siete años y para la miseria de su hogar campesino.

Un médico había certificado a su padre, guajiro humilde que ganaba escaso dinero vendiendo la leche de sus dos vacas, que lo del pequeño no tenía cura. Artemio sufría al saberse incapaz de resolver el problema de su hijo.

Como único consuelo para aquel mal que ensombrecía la vida del muchachito, estaba una virtud casi mágica, algo que nació espontáneamente en Anselmito: su habilidad para dibujar cosas que nunca vio y cuyos detalles trasladaba al papel luego de palparlas por unos segundos.

La madre ponía al niño en medio de disímiles objetos del hogar y al rato iban apareciendo con trazos casi exactos, los dibujos de casuelas, cucharas, sombreros y cualquier otro cacharro, siempre evitando ponerle en las manitos nada punzante o cortante.

Era doloroso el lamento del chico, que se atormentaba reprochándose el no ser como su hermano, que ayudaba en los cortes de caña y vendía la leche por toda la vecindad. Él se sentía inútil y por mucho que sus padres lo rodeaban de cariño e intentaban convencerlo de que era significativo su aporte en pequeñas tareas hogareñas, todo resultaba en vano y acababa llorando con desconsuelo.

De noche, cuando los hijos dormían, Artemio y su mujer se quedaban hablando en voz baja junto a la mortecina luz del candil, mientras sus cuerpos dibujaban grotescas sombras chinescas en las paredes del bohío. El tema central de su diálogo giraba en torno a los desmanes del ejército, cada vez más agresivo e impotente ante el avance de los Rebeldes. Tenían el temor de que algo les pasara y los muchachos quedaran a la deriva en ese mundo de injusticias.

Por otro lado estaba el asunto de Anselmito, quien se tornaba cada día más huraño. Ellos querían lograr que su destreza en el dibujo le hiciera sentirse más útil, pero no sabían cómo y para colmo la escuelita se había quedado sin maestro hacía más de dos años.

Los días fueron pasando y las cosas se fueron poniendo peor; la soldadesca había llegado a la zona, según se comentaba para preparar una ofensiva final. Habían confiscado animales de los míseros guajiros y abusaban de los nobles pobladores, que en silencio y a riesgo de sus propias vidas, continuaban ayudando a los guerrilleros.

En el hogar las cosas no andaban bien, el niño dejó de dibujar y casi no hablaba; por ratos se sumergía en un mutismo desgarrador; por las noches despertaba sobresaltado y llorando, al día siguiente no recordaba nada y sólo alegaba tener un susto, una sensación extraña de querer trazar algo sobre el papel y no poder hacerlo, como si no entendiera lo que su mente le dictaba.

Una mañana, Artemio recibió un recado del sargento donde se le decía que tenía que presentarse en el improvisado cuartel de la arboleda y llevar sus vacas, según referían para ponerles un hierro y verificar que no se las habían dado como alimento a los rebeldes. Fue una noticia atroz; la vieja lloraba calladamente para evitar los aguzados sentidos de Anselmito; Cándido, el hijo mayor, insistía en acompañar al viejo, pero éste se resistía a sabiendas de que era una treta para confiscarle sus reses, una injusticia ante la que él no se quedaría impasible y no quería poner en riesgo la vida de su muchacho.

El niño pequeño aún dormía, tuvo horribles pesadillas y en medio de su sobresalto había pedido a su mamá que le buscara mucho papel, que al otro día quería hacer ¨Dibujitos raros¨, la vieja sintió lástima y al amanecer había ido hasta la casa del dueño de la tienda a pedirle un poco de aquellos cartuchos grandes y algunas hojas desechadas por el bodeguero. Quería que cuando el niño despertara tuviera un buen poco de papel.

Después de un fuerte abrazo a Cándido y a la compungida esposa, Artemio acarició la cabeza de Anselmito, que aún dormía y salió lentamente, con sus dos vacas por delante.

El trecho era largo y por suerte el sendero se extendía por entre la fronda que mitigaba la intensidad del medio día. El hombre miraba a sus vaquillas y pensaba en el sustento de su familia, estaba dispuesto a todo por impedir que le privaran de su única riqueza, explicaría al ejército su situación, pero no tenía fe en que lo comprendieran, había oído contar lo que estaban haciendo y sentía una mezcla de indignación, temor y odio.

En el bohío, Anselmito se despertó más tarde que de costumbre y como no sintió al viejo en los ajetreos del almuerzo, preguntó por él con un evidente sobresalto en la voz. La madre le mintió diciendo que había salido a pastorear las vacas, el niño no habló y prorrumpió en un llanto profundo y melancólico. Dos gruesas lágrimas rodaron por las mejillas arrugadas de la vieja, que aprovechó el lastimero pesar del niño para descargar sus temores retenidos.

La tarde se había nublado acelerando la llegada inminente de la noche. Las reses se detuvieron asustadas al percibir la cercanía de alguien, instantes después apareció de entre la maleza un soldado armado hasta los dientes. Mandó a detenerse al campesino y lo interrogó. Artemio, con voz entrecortada pero firme, le respondió que acudía a la citación. El militar lo miró desconfiado y con un gesto le indicó que continuara.

En medio de una pequeña explanada, a la vera de la guardarraya, se situaba el campamento militar, había un ajetreo constante y los soldados seguían con la vista al recién llegado, gastando bromas pesadas y lanzando risotadas despectivas.

Un hombre grueso, con grados de sargento, salió al encuentro de Artemio, lo observó haciendo caso omiso al saludo cortés del guajiro y sin rodeos le ordenó que dejara las vacas y se fuera por donde mismo vino. El campesino comprendió el significado de aquello y trató de explicar al otro sobre la importancia de aquellas reses, sobre su familia, sobre el niño ciego, pero el sargento lanzó una sarta de ofensas y le dio la espalda.

Artemio escuchó las burlas, mientras un uniformado vino a quitarle las sogas con que había conducido a los animales. En un gesto de ira empujó al soldado que perdió el equilibrio y cayó en la hierba. El sargento viró sobre sus pasos y golpeó al viejo; el militar, pálido de soberbia, dio una orden tajante: – ¡Se lo llevan y lo guindan, lo guindan lejos de aquí que no quiero auras delatando el campamento!

En la pequeña mesa de la casucha campesina, se habían amontonado decenas de papeles alrededor de Anselmito, que movía sus diminutas manos como impulsado por una fuerza ciega, una y otra vez repetía los trazos y con sollozos casi imperceptibles apartaba un pliego y tomaba otro, su madre no atinaba a seguir, como otras veces, la obra del niño, y ni siquiera notaba aquel extraño comportamiento del pequeño; su pensamiento estaba en Artemio, presintiendo la desgracia que se avecinaba.

El campesino sentía que las manos fuertemente atadas se le iban quedando insensibles; por la comisura de los labios le brotaba un fino hilo de sangre provocado por el golpe recibido. La tarde y la noche se fundían en una penumbra que alteraba la realidad de los objetos y pintaba el cielo con tonalidades caprichosas.

La mente del pobre hombre era un verdadero bullir de ideas; pensaba en su mujer, en la angustia de la familia y sobre todo en Anselmito. A estas horas- cavilaba con tristeza- ya habrían salido a buscarlo la vieja y su hijo mayor, sentía miedo de que la soldadesca les hiciera daño o que encontraran su cuerpo allí, colgado de algún árbol.

Sus pensamientos estaban en lo cierto, la vieja mujer no soportó más la angustiosa espera, apenas si había entrado al bohío desde que comenzó a anochecer, razón por la que no había descubierto algo extraordinario sobre la mesa y en el piso alrededor del niño ciego, su nerviosismo sólo le permitió tomar el viejo farol de los ordeños, suplicar a Anselmito que no se moviera del bohío y pedir al hermano mayor que la acompañara.

El soldado, acomodado sobre un caballo que al pobre Artemio le parecía inmenso, fumaba un cigarro y con indolencia apresuraba el paso de la bestia sin importarle los tirones que sufría el infeliz campesino, llevado como un animal al matadero. El sargento sólo lo envió a él para la cruel misión, no quería debilitar la seguridad del campamento, amenazado por un inminente ataque guerrillero.

Junto a una mata de guásima se detuvo el jinete y se apeó del caballo. Artemio respiraba con dificultad y su ropa estaba empapada de sudor, sentía nauseas y un fuerte dolor de cabeza. El militar tomó de la montura el machete que habían quitado al campesino y cortó algunos ramajes gruesos que fue situando junto al tronco del árbol.

La vieja mujer y su joven acompañante caminaban de prisa por el estrecho sendero que se escurría dentro de la maleza, la luz del farol perforaba la oscuridad de aquellos lugares cuajados de grillos y soledades. Sentían el temor, mezclado con la certeza, de que al viejo le había pasado algo malo y sin medir las posibles consecuencias, no lo habían pensado dos veces para enrumbar sus pasos hacia el campamento del ejército.

El soldado obligó al campesino a treparse en los matojos. Profiriendo ofensas y otras blasfemias rodeó el cuello de Artemio con un lazo y luego con destreza de verdugo amarró la soga a un gajo de la guásima; subió al caballo, se acercó al condenado y lo empujó, al tiempo que hincaba las espuelas en el animal y salía a todo galope.

La esposa de Artemio avanzaba sollozando detrás del muchacho que rumiaba su rabia con lágrimas en los ojos, a lo lejos escucharon el galope de un caballo y una lechuza cruzó tenebrosamente por encima de sus cabezas.

Artemio se estremeció, encabritándose violentamente en un esfuerzo desesperado por encontrar apoyo a sus píes, sus ojos se nublaron y su cabeza estaba apunto de estallar. Sintió que la vida se le iba y cuando las últimas luces de su existencia se apagaban, todo el peso de su organismo viajó en caída libre hacia el suelo; la cuerda se había roto. La sangré comenzó a fluir nuevamente y luego de un primer momento de desconcierto, se puso en pie tambaleándose y fue hasta el trozo de soga que se mecía tímidamente en el gajo del árbol.

Miró el extremo con asombro, algo no estaba bien en el desenlace de su suplicio y en la forma que se libró de una muerte segura; un verdadero milagro había ocurrido, la soga fue picada, tajada de un certero machetazo, sin explicarse cómo, pues no sintió llegar a nadie y cuando se incorporó del suelo reinaba un silencio sepulcral a su alrededor.

Minutos después llegó su vieja que lo abrazó llorando, y junto a su hijo, se fundieron en un largo y silencioso momento.

Artemio les preguntó si habían visto a alguien alejándose de la guásima, pero su mujer le aseguró que eso era imposible, porque ellos habrían sentido la presencia de otra persona.

En el bohío, Anselmito descansaba su cara sobre la mesa, envuelto en un feliz sueño. Una multitud de hojas cubrían el piso, la mesa y los taburetes, en ellas se repetía un solo dibujo, la imagen de un objeto que jamás tocaron sus manos; un croquis perfecto, casi la fotografía de un machete tajando una soga.

LOS SEÑORES DE LA MENTE

Los señores, que tanto le temían a las ideas distintas, sospechaban que el silencio de la mente estaba amenazado, tenían algunos indicios del peligro; pistas que andaban estudiando desde hacía algunas semanas y que indicaban la aparición de cierta rebeldía en cerebros grandes y pequeños.

La decisión fue colocar diminutas sirenas ocultas en el enrevesado bosque de las neuronas, que emitieran pequeños aullidos cuando una idea rebelde o diferente osara brotar contagiando a otros pensantes. Durante días, aprovechando el sueño, se completó la instalación de las alarmas, ahora los señores podrían monitorear cualquier atisbo de peligro y en consecuencia actuar tajantemente.

Al principio todo pareció ser apenas una sospecha infundada, y solo una que otra vez se detectaron ligeras ondulaciones del sonido sin que nada alarmante motivara la actuación de los expertos. Lo cotidiano seguía siendo la sorda rutina de cerebros en blanco, miméticos y dóciles, capaces de asumir con disciplina la orden recibida.

Después la situación se fue tornando compleja, una tras otra sonaban las sirenas a cada instante, primero en solitario y luego en grupos, el ruido llego a ser tal que los señores debieron usar complejos artefactos para proteger sus oídos y aún así la amenaza para su salud se fue haciendo tan real, que adoptaron la única determinación que las circunstancias permitían.

Cerraron el laboratorio y luego de clavar un grueso tablón sobre la entrada hermética, colgaron el cartel que ya otras veces había sido usado: “PELIGRO, EL VIRUS DE PENSAR NO HA MUERTO”.

Mi noche Boca Arriba

Resulta curioso y quizás solo sea una percepción muy individual, pero cuando vamos creciendo, siento que poco a poco dejamos de mirar la estrellas, absortos de la rutina que nos corroe el alma como el óxido a los viejos hierros, casi olvidamos ese techado maravilloso que late sobre nosotros, recordándonos a cada instante la inmensidad de un universo donde apenas somos un punto indistinguible.

De niño pasaba largas horas contemplando el cielo, sentía verdadera pasión por los astros y sus misterios, leí cuanto pude sobre las estrellas, las pléyades, las constelaciones, los agujeros negros y todo lo que olía a cosmos. Perseguía los libros de física recreativa o de astronomía popular, interesantes y despejados de las fórmulas y números complejos que pueblan los textos especializados en la materia; al fin y al cabo yo no buscaba información para volverme experto, lo hacía por pura sed de conocimiento, movido por esa curiosidad, que si bien mató al pobre gato, también es cierto que ha sido el motor que ha movido a la ciencia en el devenir humano.

Nací y me crié en pleno campo, donde la tranquilidad de las noches sin luna permitía divisar hasta la más ínfima reverberación de ese enjambre cautivante que podemos ver a simple vista con solo mirar hacía arriba. Me doté de un pequeño telescopio y acompañado de algunas cartas astronómicas y mapas estelares, aprendí a diferencias las constelaciones y dentro de ellas los puntos más notables, sus nombres y sus distancias asombrosas.

Pasaba horas en complicidad con aquella lejanía inconmensurable, imaginando vidas remotas qué quizás existan y nunca lleguemos a descubrir. Estoy seguro que mis primeros sentimientos poéticos aparecieron atizados por amores adolescentes y miradas al cielo nocturno.

Quienes no han tenido la oportunidad de pararse unos segundos en medio de la campiña, alejados de las luminarias de la ciudad y solamente acompañados por la serenata nocturna de los insectos, han perdido la extraordinaria ocasión de presenciar la única muestra instantánea y visible del pasado, pues eso que nos aplasta por su grandeza y misterio, no es más que la imagen pretérita de un cielo antiguo, teniendo en cuenta que lo que vemos hoy es lo que fue hace mucho tiempo, cuando la luz salió de aquellas estrellas hace cientos o miles de años; así, por ejemplo, la famosa estrella polar que vemos ahora, es solamente la imagen de lo que fue ese cuerpo celeste cuando Cristóbal Colón descubrió América, es decir que cuatro o cinco generaciones delante de la actual, serán nuestros descendientes más lejanos quienes puedan observar dicha estrella tal como es hoy (la polar está a más de 400 años-luz de la tierra).

Prácticamente nada de lo que vemos allá arriba es como lo percibimos en ese instante de mirar y sorprendernos, incluso el sol que nos alumbra cada mañana, solo se hace visible después de siete minutos de haber salido.

Anoche, mientras caminaba de regreso a casa, entre las destellantes luces de las altas farolas, logré percibir el encorvado esqueleto de la Osa Mayor y esa sensación de pesar que nos ocupa cuando nos damos cuenta que hemos dejado de visitar a un viejo amigo por demasiado tiempo, me invadió con nostalgia y descubrí que, entre otras cosas que nos ponen adultos, olvidar la estrellas nos hace más viejos.

Me prometí hacer un alto en el camino, y tirado de espaldas sobre la hierba, en perfecta confabulación con mí pasado; mirar las estrellas, explosivas y mortales; cómplices y paridoras de las más perfectas musas, cuajadas de las interrogantes más antiguas y de los descubrimientos por venir, así lo haré hasta llenarme de ellas y saldar esa deuda.

CRÓNICAS DEL PUEBLO VIEJO IX

 

LAS MESAS DEL DOMINÓ

En todos los pueblos de nuestro país, formando parte de las tradiciones más representativas, se pueden encontrar en cualquier esquina; en plena calle; en portales o en espacios habilitados para este fin, a los jugadores de Dominó, los que en muchos casos hacen de este entretenimiento un ritual con horarios y asistentes permanentes.

Había en el pueblo de mi infancia un conjunto de mesas de metal, fijas en el piso de lo que antes fue un almacén para piezas del Central Azucarero, alrededor de las cuales y sembradas también en el cemento añoso, se colocaron banquetas de asentaderas redondas y herrumbrosas por la acción corrosiva de la intemperie.

Allí cada “Curul del Dominó” pertenecía a un consagrado de aquel entretenido esparcimiento y entre el bullicio de fichas revueltas, se alzaban las voces coléricas o jubilosas, según el resultado de la partida; sin embargo, lo más interesante era la variedad de personajes y de temas que eran debatidos en tan singular peña.

Recuerdo a Julio – un viejito canoso y pequeño que mostraba sus manos surcadas por los negros aceites de las maquinarias del Ingenio – que se volvió célebre entre la colectividad de jugadores y “mirones” como yo, por su locuacidad y modo pintoresco de hacer historias que iba contando en la medida que avanzaba el juego, con la suficiente habilidad para no perder la concentración que cada jugaba demandaba.

A él le escuché muchas anécdotas, pero la notoriedad de algunas fue tal, que al pasar los años todavía las recuerdo con lujo de detalles, sobre todo aquellas en que describía sus andanzas de la juventud cuando decía ser un personaje muy dado a las chanzas y a organizar bromas que tocaban la perfección.

Decía Julio que en una de esas guasas, había puesto a llorar a uno de esos personajes que se burlan de los males ajenos, parapetados en una autosuficiencia de grandes dimensiones. Según contaba, muchos años atrás coincidió con el referido sujeto en una campaña de siembra de caña, allá por los recónditos campos conocidos por “Atascadero”, nombre originado por los intransitables caminos en tiempo de lluvias. En el lugar y reunidos en un albergue sin luz eléctrica, pasaban largos ratos de la noche enfrascados en enconadas partidas de dominó.

En la cocina donde se aseguraba la alimentación de los movilizados, laboraba un anciano de escaza vista que hacía un gran esfuerzo por servir lo mejor posible, pero que al verse traicionado por su escaza visión cometía uno que otro fiasco a la hora de poner los comestibles en las bandejas. Todos comprendían y toleraban las fallas, menos el autosuficiente nombrado Lázaro, quien reprochaba al humilde empleado ante el más mínimo desliz.

Una noche, justo antes de armar la mesa donde se protagonizaban las partidas doministicas – según narraba Julio – aprovechando el persistente sueño de Lázaro que se dormía nada más iniciado el juego y en el cual no tomaba parte pues decía “no tener rivales”, él convocó a todos los albergados, con la excepción del “dormilón- engreído” y les propuso una broma como escarmiento a su repudiada actitud con el pobre viejo del comedor.

En cuestión, la idea consistía en que una vez iniciada la partida y cuando el susodicho callera en brazos de Morfeo, apagarían las farolas de queroseno, sin avisar a Lázaro, propiciando una oscuridad en la que era imposible descubrir un dedo a un palmo de la nariz. Ya habían comprobado que en aquellas soledades, cuando se extinguían los reflejos de sus rústicas luminarias, nada de claridad penetraba en el recinto, generando una sensación de aprieto y desespero que se remediaba cerrando los ojos y esperando el día, porque con las estrellas no se podía contar debido a las densas nubes que las cubrían.

Así lo hicieron y un instante después del apagón intencional, lanzaron una de las fichas de dominó con inusitada fuerza sobre la mesa y aparentaron que el juego seguía con toda normalidad, convencidos de que el dormilón había despertado y se encontraba confuso ante semejante negrura. Todos continuaron con el guión previsto; unos comentaban de temas afines a las jugadas; otros fingieron leer algo en voz alta.

Contaba Julio, que el autosuficiente que tanto de mofó de la débil visión del anciano, comenzó a entrar en pánico y con desespero exclamaba: “Caballero, ¿ustedes apagaron la luz?” pero los demás, aguantando con dificultad la risa, seguían fingiendo que nada ocurría y procedían con aparente normalidad alrededor del juego, entonces el hombre sumamente nervioso y casi llorando gritó: “Contra, ¡estoy ciego, compañeros, estoy ciego!, por favor que alguien me ayude”, sin embargo; prosiguieron con la farsa unos minutos más hasta que el desesperado estuvo a punto de infarto, entonces el viejito del comedor prendió un fósforo frente al rostro lloroso de Lázaro, que no amaneció en el campamento.

EL COLMILLO DEL JAGUAR

Itzam, el alfarero, despertó como si el corazón de una liebre le galopara en el pecho, su agitación era causada por una de esas pesadillas con extraordinarios visos de realidad que provocan confusión y pánico. El sobresalto, originado por la ensoñación, no le dejaba recordar muchos detalles, sólo imágenes sin sentido, que lo ubicaban en un sitio extraño donde permanecía inmóvil mientras decenas de ojos lo observaban con curiosidad.

No pudo entender absolutamente nada de lo soñado, porque era hombre sencillo y de escasa cultura y en su bregar nocturno por los vericuetos del sueño se encontró con un mundo de cosas increíbles, cristales de una transparencia inexistente, techumbres blancas con una perfección divina y personas o dioses mirándolo fijamente; mientras él, en medio de su rigidez, no podía mover una pestaña.

Se fue ese día más temprano al taller, pasando antes por la barraca del chamán para contarle su historia y pedirle consejos. El adivino, organizó una ceremonia de poca monta, acorde con la pobreza del que se consultaba, saltó un par de veces, gesticuló con furia y luego de un breve silencio le dijo que se cuidara de los malos ojos, dándole un amuleto fabricado con piedras y el colmillo de un jaguar.

Itzam creía profundamente en los resguardos del hechicero, a pesar de sentir la humillación por el trato recibido. En ese mismo lugar, unos días antes, había presenciado la visita de un rico propietario de campos de maíz. El hombre contó una pesadilla de menos rigor que la suya y en cambio recibió para su protección una fina mascarilla de oro.

El alfarero anduvo triste por el resto del día, hacia bastante tiempo que no era un hombre alegre. Antes de cumplir los 40 años sentía ansias de convertirse en una persona famosa, esa era toda la razón de su existencia, lo intentó como guerrero pero en el primer combate le fracturaron las piernas y salvó la vida de milagro, entonces desistió de esta idea y pensó que la fama podría llegarle en la navegación, fabricó su propia canoa y armó una pequeña expedición; dos día después de zarpar fue sorprendido por una tormenta y naufragó, faltando poco para que muriera en las arenas de su propio pueblo. Pensó incluso en ser músico, pero ni siquiera lo intentó. Por fin al arribar a su cuarto decenio, se dio perfecta cuenta de que se agotaba el tiempo y cada vez era un ser menos notorio.

A la noche siguiente de su primer sueño, puso el hombre su amuleto debajo de la almohada, para espantar la recurrencia de la pesadilla y rogó, como cada día, para que sus dioses le dieran la oportunidad de alcanzar la fama. El resultado fue espantoso, sufrió alucinaciones aún peores; a las misteriosas miradas aparecidas en su primera ensoñación, se sumaron otros detalles tenebrosos que en esta ocasión, por desgracia, pudo recordar una vez despierto. Nuevamente brotaron, en los letargos de la pesadilla, aquellos ojos ajenos, con sus miradas irritantes, a lo que se añadía un frío similar a los diciembres de su aldea y muchos destellos pequeños y refulgentes salidos de objetos de un brillo metálico, que eran portados por hombres y mujeres de raro aspecto.

Entre sudores y palpitaciones esperó el amanecer. No bien habían comenzado a cantar los gallos y ya estaba en pie, listo para visitar otra vez al chaman. Este último lo recibió de mala gana y semidormido, pero escuchó el relato con un poco más de interés que la ocasión anterior y luego le dijo que había tenido una premonición, un pasaje rápido de algún deseo que se volvería realidad y le aseguró que los dioses cuando de inmediato no podían complacer las súplicas que les hacían, trataban de calmar a los necesitados poniendo un atisbo del futuro en los sueños, una especie de adelanto del pedido que luego cumplirían.

El pobre hombre estaba totalmente confundido. Cómo diablos podían los dioses estar enviando señales tan poco relacionadas con sus aspiraciones de ser un ciudadano notable, porque según recordaba no habían en sus sueños ni grandes campos de maíz, ni ejércitos bajo su mando, ni mucho menos dotaciones de canoas o minas de oro recién descubiertas. Cómo se podía ser famoso en su mundo sin alguna de estas cosas. La decisión fue devolver el amuleto al adivino e ignorar a los dioses.

Esta determinación le trajo fatales consecuencias, el Chamán se encolerizó e hizo correr la voz de semejante herejía. Itzam fue desalojado de su choza y conducido ante el Inca Mayor, sus explicaciones no fueron convincentes y su historia del sueño, con las miradas curiosas, las luces y extraños lugares, fue considerada un síntoma de locura.

Como estaba en tiempo el desarrollo de la Fiesta del Señor Sol, el desgraciado que soñó con ser famoso, fue escogido para el sacrificio ritual que debía ofrecerse en esta ocasión. Se le dio fin a su vida y como reprimenda adicional a su conducta; se colocó, junto al cadáver, el talismán al que había renunciado. La peregrinación lo llevó hasta la colina y fue inhumado en lo más alto, al tiempo que se pedían abundantes cosechas y mucha suerte para todos.

Al parecer los dioses debieron de estar muy inconformes y unos días después, comenzó a llover con fuerza inusitada, el agua no cesó un instante; los ríos salieron de sus cauces y engulleron chozas y sembradíos. Un alud arrasó el caserío sepultándolo por completo.

Siglos después prosperó por allí otra ciudad, que saltó a la celebridad gracias al cadáver mejor conservado de la historia precolombina, convirtiéndolo en el hinca más famoso, encontrado intacto en su tumba, acompañado de un amuleto fabricado con pequeñas piedras y el colmillo de un jaguar.

 

CRÓNICAS DEL PUEBLO VIEJO VIII

 

 

 

LA PLAZA

 Cuando era un adolescente la Plaza de mi pueblo me parecía inmensa. Fue construida allá por la década de los 80 del pasado siglo, justamente frente al Central azucarero. Ahora no logro recordar qué había antes en aquel sitio, creo que los vecinos utilizaban el espacio para poner a pastar algunas chivas y ataban allí uno que otro caballo desvencijado y con ganas de subir definitivamente al reino de los rocines, si es que este existe en el más allá.

Lo real es que mi visión del mundo se limitaba casi exclusivamente a la cabecera del municipio, donde transcurrió mi niñez y gran parte de mi juventud, eso explica  el majestuoso aspecto que ante mis ojos tenía aquella explanada asfaltada y cubierta, en tiempos de zafra, por una alfombra de diminutos restos de bagazo de caña – a lo que todos llaman “Bagacillos”-, que escapaban, como una ventisca de nieve chamuscada,  desde la chimenea del ingenio.

La plaza; a la que nunca pusieron nombre, constituía como todas la de su tipo, el centro de la vida política y cultural  del lugar, escenario de celebraciones y actos; graduaciones y conciertos; despedida de duelos, eventos deportivos y pleitos tumultuarios cuando se organizaban largas colas para comprar cerveza a granel, expendida por unos gastronómicos emblemáticos, de roscas en el cuello, colorados como alemanes y ataviados con enormes cadenas doradas, que por su peso deben haberles dejado serias secuelas  en las vértebras cervicales.

La plazoleta disponía de su estrado, bastante amplio y bien iluminado, sobre él desfilaron múltiples oradores y también artistas del patio y otros de renombre a nivel nacional, que incluían al municipio en sus giras por el país. Las anécdotas de aquella época, en que era asiduo participe en las convocatorias para el lugar de marras, afloran en mi mente acompañadas del inconfundible olor a guarapo y mieles de azúcar.

Alrededor de aquel sitio orbitaron muchos sucesos que engrosaron al acogedor mundo de mis recuerdos y  vivencias. En noches de Carnaval – que no entiendo por qué luego pasaron a llamarse “Fiestas Populares”, en una especie de apuro por usar sinónimos –  por allí anduve una que otra vez tratando de cautivar a mis coetáneas, completamente convencido de que la camisita que me había tocado por el cupón 14 de la libreta de abastecimiento, era un poco más especial que otras muchas de colores y formas idénticas, que se me cruzaban en el camino durante todo el festejo.

Algunas historias de las acontecidas en aquel natural teatro de la vida, sobresalen y conservan la suficiente hilaridad  como para recordarlas en detalle. No podré olvidar  al funcionario de una instancia superior que se aprestó a pronunciar un discurso en las conclusiones de algún tipo de cónclave local, el hombre traía un legajo pulcramente mecanografiado y demasiado extenso para el sol reverberante de las cuatro de la tarde.

Con solemnidad pronunció la clásica frase de “Compañeros y Compañeras”, pero en el justo momento en que iniciaba su disertación; las válvulas de escape, que funcionaban cuando el exceso de vapor se acumulaba en las calderas del Central, abrieron sus fauces y un estridente silbido, como era común en esos casos, convirtió a los asistentes del acto en una multitud de sordos; sin embargo, el hombre no se inmutó, continuó su arenga  ante los rostros apenados de la presidencia y burlones del público. Minutos después, también como era normal, la salida del vapor se detuvo tajantemente; todo quedó envuelto en un silencio extraño roto por la voz sofocada del orador a quien se escuchó decir: “Muchas Gracias”, dándole fin a una alocución que nadie pudo oír y ante la que todos aplaudieron con cortesía y gestos de sorna.

Unos años antes de aquello, que terminó quedando en el acervo popular como el discurso secreto, también ocurrió en este propio emplazamiento una peculiar confusión. Temprano en la mañana de un día cuya fecha olvidé, las autoridades del territorio recibieron, del oficial nocturno  que hacía su guardia en la sede del gobierno, la noticia de una llamada “de arriba” anunciando la llegada matutina del “Embajador de Corea”.

De inmediato fueron movilizados a La Plaza los colectivos laborales y estudiantiles que resultaron de más fácil aviso, se improvisaron algunos carteles con textos sobre la amistad entre ambos pueblos y como el notición fue dado a las 8:00 AM y el arribo del ilustre personaje sería a las 8:30 AM, nadie atinó, en medio de esa premura, a realizar alguna llamada para comprobar la afectación.

Justo a la hora indicada para el desembarco del diplomático y en medio de la impaciencia nerviosa de los que, trepados en la plataforma, presidirían el agasajo, alguien trasladó a estos la solicitud de un señor de overol azul que había llegado conduciendo una vieja camioneta, el cual  insistía en ver a las máximas autoridades, fue tal la matraca del recién llegado que con gesto nervioso el dirigente principal hizo un alto en su espera, bajó del podio y fue a ver al majadero mecánico que nadie conocía.

¿Quién es usted? , preguntó con sequedad al del overol y este con asombro respondió con otra pregunta: ¿Es que usted no fue avisado? ¿Avisado de qué?, dijo el otro. “Pues de que hoy corresponde a este Central la revisión que hago como único especialista en la correas de las máquinas, yo soy el Empatador de Correas. Menuda algarabía se armó cuando los soleados asistentes fueron discretamente avisados del error y de que el anunciado “Embajador de Corea” no era otro que el viejo llegado con el título de “Empatador de Correas”. Ni hablar de los análisis con los responsables y del desagradable descubrimiento de que, el guardia de la noche del anuncio, era prácticamente sordo.

Muchas otras cosas se podrían contar de  La Plaza, en ella fui testigo de momentos de alegría como la ocasión en que el equipo local de Béisbol ganó el campeonato y todo el pueblo fue a festejarlo; también viví situaciones menos venturosas, dentro de estas,  una que nunca olvido fue cuando mis amigos, en una noche de fiesta, me descubrieron sobornando al operador de audio, con dos bocaditos de puerco asado, para que pusiera una tras otra, cuatro canciones de José José, única forma que yo tenía de sacar a bailar a la muchacha de mi interés, quien era por demás, experta en eso de la música salsa.

Ahora ya no vivo en aquel lugar. Cuando realizo esporádicas visitas al terruño, siempre me detengo unos instantes a mirar La Plaza, experimento entonces la sensación de observar a una vieja amiga a quien los años le han caído encima y le faltan los retoques, que en medio de su vetustez, le devuelvan algo de lozanía.

De todas maneras yo sigo añorando aquel rinconcito, que ya no me parece tan amplio luego de ver algo más de mundo. Quisiera llegar allí alguna madrugada y sentir las frías lloviznas provenientes de los enfriaderos de agua del ingenio, respirar el pegajoso aliento eructado por el Central,  cerrar los ojos para escuchar los trenes con el repique de sus vagones, en perfecta sintonía con el enjambre de personas sencillas y amistosas que trasnochaban hasta el amanecer.

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