UN LIBRO, UNA MARCA DE LUZ EN LA VIDA.

cien

La adolescencia es la edad de las huellas, la etapa de la vida en que pareciera que estamos hechos de arenas húmedas y las marcas se afincan allí como surcos de luz; florece el amor y el intelecto, la avidez de conocimientos se vuelve una sana adicción que tiene en la lectura su expresión más hermosa.

Justamente allí, en esa ebullición de hormonas y de sueños, abrí por vez primera las puertas de un libro mágico, un pasadizo maravilloso hacía la fantasía de un mundo imaginario y a la vez real; fantástico pero cercano.

“Cien años de soledad” no fue entonces sencillamente un libro, fue la primera lectura de un autor genial, de un hombre que luego se convirtió en ese compañero inseparable que te dota de historias que vas leyendo una tras otra, como si fuesen también las anécdotas de tu propia existencia.

Descubrí en esas páginas el legado genial de una América hechizante, en la cual se nos pierden los límites exactos de lo real y se junta, a la verdad material y pura, la fantasía latente en las historias de los abuelos junto a las cuales trascurrió nuestra infancia. Descubrí otra manera de relatar la vida común de nuestros pueblos y de poner en las hojas de un libro el secreto de soñar con los pies en la tierra.

La trama inigualable que el texto narra obró el milagro de incluirme en sus márgenes, de ponerme allí, como flotando dentro del viejo caserón de Úrsula, mirándolo todo y encontrando asombrosas coincidencias con el cálido recuerdo de mi abuela y sus canas plateadas y entrañables.

Amé y sufrí con cada personaje, reí con ellos y en medio de mi vida humilde y campestre tuve el aliento de saber que la maravilla puede habitar en los lugares más inesperados.
En la medida que avanzaba en la lectura me sorprendía ir descubriendo que los acontecimientos que a diario nos rodean podían ser contados de una forma distinta y que entonces un suceso ordinario, sin aparente importancia, puede esconder las pistas de una trama increíble que espera ser contada por alguien que sea capaz de rescatar la fantasía en un mundo que parece empeñado en prescindir de ella.

El hecho de que yo viviese en un pequeño pueblo del oriente cubano, repleto de personas singulares, nombres criollos, costumbres campesinas, humor picaresco matizando las relaciones entre vecinos y esa familiaridad que genera el ambiente de los barrios rurales, influyó notablemente en que encontrara múltiples conexiones, entre los avatares de mi vida diaria y el ambiente singular de Macondo.

Es cierto que en mi barrio natal no nacieron niños con cola de iguana, ni llovía infinitamente por días y noches enteras, pero si proliferaban muchas fantasías y episodios insólitos, tal vez como un subterfugio – símil perfecto de lo descrito por García Márquez – para espantar las carencias y los rigores de tiempos donde no fue justamente la bonanza ni la abundancia material lo que marcaba a la gente.

Nuestros Buendía tuvieron otros apellidos y ya conocíamos el hielo, pero las supersticiones, los pagos de promesas, el temor a los muertos, las infidelidades e incluso ese sentimiento de soledad que a veces envolvía la atmósfera del pueblito, me hacía sentir más que lector, un protagonista de esa genial obra.

Siempre he pensado que este libro se escribió para que fuese leído por personas adultas que pudiesen conservar un corazón de niños e incluso he considerado un poco más, basado en mi experiencia y en las marcas dejadas después de su lectura, creo que fue hecho como un sutil recurso para evitar que algún día dejemos de soñar.

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Publicado el 04/02/2015 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Genial tu descripción! tambien fue uno de mis primeros libros de juventud y lo disfruté de principio a fin. Ahora se lo estoy leyendo a mi hija en las noches.. Saludos!

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