Archivos Mensuales: junio 2013

EL LIBRO, UN AMIGO QUE ESPERA

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Cada año que pasa y aunque nos duela reconocerlo, sobre todo en esta isla donde todos sabemos leer y escribir (parece una perogrullada, pero aún en el mundo millones no pueden hacerlo), son cada vez menos los adolescentes que dedican parte de su tiempo libre a la lectura, podría uno preguntarse, parafraseando la canción de Silvio Rodríguez: ¿será que pasó de moda la lectura? Y creo que en cierto modo la respuesta es afirmativa, porque a pesar de la concurrida “Feria del Libro” que se extiende anualmente por toda Cuba y de una recuperación en materia de impresión literaria, después del duro golpe que supuso el periodo especial para el mundo editorial , los muchachos y muchachas leen mucho menos que las generaciones anteriores.

La aparición acelerada y ascendente de las opciones electrónicas de entretenimiento, que van desde el sencillo juego instalado en un teléfono hasta las más desarrolladas máquinas de esparcimiento computarizado, de conjunto con la proliferación de formatos digitales de video y sonido, constituyen una competencia muy seria para en libro.

Entonces ¿cómo salvar ese preciado hábito?, ¿cómo fomentar ese gusto que enaltece el alma y nutre el intelecto?, ¿qué hacer para que entre juego y juego (muchas veces violentos o enajenantes) o entre telenovela y telenovela, reggaetón o salsa, se acomode un ejemplar de un texto edificante? Creo que las respuestas se hallan en la familia, en ese espacio nuestro y cotidiano, donde se debe administrar el tiempo libre que tienen nuestros hijos y no sucumbir ante el facilismo de verlos en la “tranquilidad” aparente de un mundo, del que casi nunca conocemos los secretos, los límites y abismos que lo pueblan.

A veces propiciamos, o presenciamos inmutables, el doloroso suicidio intelectual de los adolescentes  sin percatarnos que ese vacío cultural que los invade es tan nocivo como el daño de las drogas, porque los hace vulnerables y les impide soñar con otras metas u otros espacios de la vida donde la mediocridad no es compatible.

En ocasiones nuestros hogares los adiestran (hablando en materia de entretenimiento audio – visual) como perfectos soldaditos del consumo y se van poblando de ilusiones – que son el alimento preferido en esas edades-  lejanas de la realidad o el futuro que para ellos queremos.

Y no es que los libros resguarden per se de todos estos riesgos, pero sin dudas la lectura nos hace más completos y más capaces de escapar de los demonios o cómo escribió una vez Federico García Lorca: “¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: «amor, amor», y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras”.

QUÉ PASA CUANDO ESCRIBO UN POEMA

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Cuando escribo un poema  el alma se levanta y sobre toda bruma o sobre el paso feroz de la tormenta, ella consigue asirse de un madero y quedarse flotando como la vieja bandera clavada sobre el campo, donde el soldado muerto la portaba.

Cuando escribo un poema, me hago cómplice de tantas cosas diminutas y sencillas: de las hojas que caen sobre los bancos; de la nota emborronada por los novios; de aquella tarde en aparente retirada que antes de morir pinto su ocaso; del milenario vuelo de las aves y del oleaje común contra una roca.

Cuando escribo un poema, tengo otra voz que me traduce y cambia mis palabras cotidianas por las claves secretas en los versos; lluvia no es lluvia, es húmedo caudal trazando mapas; miedo no es miedo, es el susto por descubrir los bordes de la ausencia; fuego no es fuego, es la versión más acabada de un abrazo y amor se aleja de su palabra definida para imbricarse con aire de un suspiro o con el código secreto en unos ojos.

Cuando escribo un poema, se abre la puerta de otro mundo menos rudo, sin el agreste testimonio de los odios, sin el destierro de la risa más sincera, sin que la profecía señale el fin de los amigos, sin que lo verde sea quimera  y la pólvora moneda cotidiana.

Cuando escribo un poema, trasmuto la mortalidad por una huella sobre el sendero de cualquier humano, dejo signos con sus espacios libres y mensajes sin destino fijo.

Desde el bosque, mirar los árboles

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A veces la costumbre es una venda, una pared que impide ver las cosas o que las disimula hasta hacerlas imperceptibles a los ojos y al corazón. Así, andamos por esta Cuba nuestra, muchas veces obviando lo evidente o simplemente incapaces de reconocer, en ciertas cosas, la magnitud de conquistas que pueden muy bien no ser eternas, si se quiebran las bases donde están sus cimientos.

Que no tengamos niños en las calles, limpiando el parabrisas de los carros o tratando de vender cualquier objeto para salvarse del hambre vespertina, no es un suceso común para este mundo, donde 215 millones de pequeños están obligados a trabajar y muchos de ellos tienen que hacerlo a diario.

Que sea un acontecimiento de proporciones alarmantes que alguien muera  en Cuba a causa de una bala o que un vecino cuente como una historia excepcional el hecho de que algún fulano fue sorprendido con un arma de fuego,  parece un episodio irreal para este mundo donde solo por citar el ejemplo de Estados Unidos, mueren unas 26 personas cada día por esa razón.

Que la tía o la abuela lleguen abanicando el calor de la tarde desde un cercano hospital con el “intrascendente” comentario de que la próxima semana serán operadas de una dolencia cualquiera sin que medie; en ese diálogo casi rutinario que establece la familia, la pregunta de: ¿Cuánto te costará ese asunto?, pudiera ser rareza cuando la humanidad mira adolorida como el mercado se adueña de la vida y cobra por la salvación de quienes pagan.

Puede que las limitaciones cotidianas, la falta de otras cosas materiales y los agobios de un país que trata de poner la dignidad a buen recaudo, para salvarla a pesar de los pesares, a veces nos impida, desde el bosque, mirar los buenos árboles sembrados.

AHORA ES MÁS IMPORTANTE QUE DESPUÉS

 

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El  tiempo es una cuestión enigmática, maravillosa y dura. Basta con estudiar un poco de física o leer un par de artículos de Einstein sobre la materia, para quedarnos extasiados con los misterios que alberga el simple ritmo de nuestros relojes.

Todos sabemos que la vida se nos consume minuto a minuto  y que avanzamos en ella rumbo a un final inexorable, lo cual supondría una razón aplastante para que quisiéramos aferrarnos al presente y deseáramos permanecer en él indefinidamente; sin embargo, los humanos, que somos por demás los únicos seres vivir conscientes de esta realidad, añoramos la llegada del futuro como un acto de suicidio voluntario e ingenuo.

Es común que encontremos a las personas que nos rodean y a nosotros mismos, procurando el rápido arribo de una fecha, ya sea el próximo fin de semana, el verano con sus encantos vacacionales o un acontecimiento importante fijado para el año que viene. Queremos que el tiempo apremie, que los días vuelen, asombrosa paradoja para quienes comprenden a cabalidad que una vez cumplidas esas metas se ha gastado el recurso más preciado y no se puede regresar a recargar las pilas o deshacer lo edificado.

Solo en momentos extremadamente placenteros, manifestamos interés de que el tiempo no pase y ese instante sea eterno, quizá sea que la felicidad es la única fórmula para anclarnos en el hoy y despreciar el futuro, lo cual tiene una lógica indiscutible si tenemos en cuenta que vivir en la rutina o en el tedio, enfrentar ciertas penas  o momentos dolorosos, pueden hacer del hoy un hecho deplorable del cual solo se puede escapar apelando a la idea de que vendrán mejores oportunidades en lo adelante.

Es por esto que debemos intentar la búsqueda de las partes buenas que habitan cada segundo que vivimos, para que el deleite y la plenitud nos trasladen la sensación de que ahora es más importante que después.

VERSOS PARA EL FARO

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La tarde está pintando un cuadro tenue 

y pasan los albatros en su vuelo

como pinceles de plumajes ocres,

dejando gris sobre un rosado que se muere.

La acuarela que tiñe el viejo faro

deja sus manchas entre los botes que regresan,

puntos oscuros en pieles marineras,

retoques en la piedra desnuda y sedentaria.

El ruido de la vida se frena en los cristales

haciendo del paisaje una escena silente.

Las farolas, como soles distantes y pequeños

quiebran la tarde con su cansancio.

Ladran los perros y gritan los chiquillos.

Dos gaviotas se asustan y escapan hacia la noche

presagiando el deceso de la luz.

 

“PODEROSO CABALLERO”

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“Poderoso Caballero, es Don Dinero” dice un refrán de usanza  universal, tomado de un poema de Quevedo: sentencia recurrente en los últimos tiempos, cuando el susodicho caballero anda con sus aires de conquista tratando (y no con poco éxito) de gobernar sobre los actos más comunes o sobre las decisiones más trascendentes de nuestras vidas cotidianas.

Incluso para algunos ya el combate terminó, y dando por seguro ganador al señor de marras, no conciben otro recurso ante sus problemas que la oferta inmediata de las monedas como solución infalible para lograr metas o completar trámites. En la mente de estas personas, que muchas veces reviven aquellos versos en que Silvio Rodríguez agrupó a los “pobres mortales que se han creído astutos, porque han logrado acumular objetos” , no cabe la idea de resortes solidarios o actitudes decorosas, su matemática es muy sencilla: si algo me estás dando, algo pedirás a cambio.

Estas actitudes o esta creencia, de que siempre se ha de pagar, que no vale la pena ir tras el honor o acudir a los mecanismos legales, oxidan y quebrantan las cadenas con que anclamos esta sociedad, que tiene; sin lugar a dudas, en la solidaridad su arma más preciada y su amuleto más firme.

Cuando perdamos el valor de un gesto amable; cuando se extinga el auto que nos auxilia en la vía sin que abaniquemos frente a él la bochornosa diadema del “Poderoso Caballero”; cuando se muera la frase “No cuesta nada, solo cumplo con mi deber”; cuando el funcionario se vuelva usurero; cuando se rinda el pudor y sobre el alma colectiva se cuelgue el cartelito de “Se vende”, habremos retrocedido como revolucionarios y por qué no, como seres humanos.

EL CAMINO DE HOY Y LAS “SILLAS” DE SILVIO DONDE ALGUNOS SE ACOMODAN EN ESTOS TIEMPOS

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Cuando comencé a escuchar las canciones de Silvio Rodríguez, siempre me agradó descubrir realidades que se amoldaban a vivencias y conflictos que, mientras desandamos la vida, vamos encontrando. Fue ante esa coincidencia grata, que le atribuí al poeta – cantor, una especie de don para encajar sus versos en la realidad de otras personas y de otras épocas.

Ahora, en medio de tiempos difíciles y justamente cuando más se precisa de ciertos escudos que protegen contra la desidia y el desgano, ahora que algunos prefieren el borde del camino; la cómoda sombra desde donde hablan y esparan para sumarse al partido de los que más les paguen, pretendiendo ser y no ser (lo cual si es un problema) me viene a la mente la “Historia de la Silla”, genial composición llena de símiles y mensajes rotundos, que bien pudo haber sido escrita para el presente, pues se me antoja que el “camino”, con sus abrojos de escases, complejidades ideológicas e incluso éticas, no estuvo nunca tan amenazado por las “sillas” en cuyos respaldos se pueden leer invitaciones peligrosas a flaquear y hacer del egoísmo y el triunfo personal por sobre todo, las opciones más cómodas en contraposición al sentimiento solidario y colectivo de los que deciden no apartarse del sendero e ignorar los asientos.  

Aquí la letra, que no por conocida, está demás recordar:

 

En el borde del camino hay una silla

la rapíña merodea aquel lugar

la casaca del amigo esta tendida

el amigo no se sienta a descansar

sus zapatos desgastados son espejos

que le queman la garganta con el sol

y a través de su cansancio pasa un riego

que le seca con la sombra el sudor

En la punta del Amor viaja el Amigo

en la punta más aguda que hay que ver

esa punta que lo mismo caba entierra

que en las ruinas que en un rastro de mujer

es por eso que es, soldado y es amante

es por eso que es, madera y es metal

es por eso que lo mismo siembra rosas

que razones de banderas y arsenal

El que tenga una Canción tendrá tormenta

el que tenga Compañia soledad

el que siga buen camino tendrá Sillas

peligrosas que lo inviten a parar

Pero vale la Canción buena tormenta

y la Compañia vale Soledad

siempre vale la Agonia de la prisa

aunque se llene de Sillas la verdad

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