MIEDO A LAS TORMENTAS

09 - hombrearbol

Los presagios de lluvia me sacudían el cuerpo como el escalofrío de las fiebres nocturnas. Bastaba con que se escuchase el rumor lejano de una tempestad para que todos mis músculos se pusieran en tensión. Las descargas eléctricas me asustaban más que a los perros y el olor a tierra húmeda me provocaba náuseas.

Había pasado gran parte de mi vida huyendo de los climas lluviosos, pero las condiciones atmosféricas variaban tanto de un año para otro que lo que podía ser en un principio un lugar definitivamente seco, se convertía en un enjambre de arroyos serpenteando por los caminos después de intempestivos aguaceros que nadie podía pronosticar, obligándome a partir e iniciar otra vez un ciclo que parecía no terminar nunca.

Después de dos buenos años de soles plenos y mañanas diáfanas, las cosas se empezaban a complicar una vez más. Primero fueron aquellas nubes lejanas que se tornaban amoratadas al caer la tarde y se quedaban allá, en el confín del horizonte, como amenazantes corceles en la línea de arrancada de una carreara que pronto podía iniciar; luego, aparecieron las ranas reclamando en las noches, ocultas no se sabe en qué recóndita humedad bajo la escaza vegetación que rodeaba el meandro seco de un río ausente.

Los calambres y el malestar se hicieron perceptibles nada más que inició el mes de mayo. No me era posible conciliar el sueño y vagaba toda la noche por la casa con una taza de café en las manos y los sentidos aguzados en espera de las primeras señales de lluvia sobre las matas del jardín o en el vidrio de las ventanas.

A ratos me sentaba frente al ordenador y tecleaba con desgano algunas palabras sin sentido, hacer poesía me era imposible dado mi estado de ánimo y terminaba por dejar las frases a medio escribir o los textos a mitad de la lectura. Sobre las mesas de la sala y en los estantes de la cocina se amontonaban los frascos de aquella rara medicina que hasta el momento era lo único que podía mitigar en parte la terrible dolencia que había convertido mi vida en un extraño suplicio.

Por semanas me mantuve encerrado, gastando cada minuto en buscar la mejor opción para un escape que ya se me hacía inevitable, penetraba en la densa maraña de internet y escrutaba una tras otra las opciones que mi economía podía asumir y que la premura me permitía evaluar como algo lógico y sustentable. No debía repetir lugares, aún cuando los últimos años pudieran indicar que en ellos las cosas habían mejorado para mí, pues corría el riesgo de tropezar con la misma piedra.

Al final terminé por asirme de lo único que iba quedando a mi alcance y resignado, casi vencido por las circunstancias, opté por adquirir todo lo necesario para un gran invernadero , una enorme casa de cultivos donde regulara a mi antojo la temperatura, la luz del sol y la tan temida humedad, claro que, aquello significó el sacrificio de mi vida hasta ahora más o menos común y la segura reclusión en los márgenes de un área sofocante y extraña, pero nada podía hacer a esa altura de mi dolencia, ya la mayor parte de los dedos de ambos pies eran perfectas hojas de un verde brilloso y llamativo, bajo las uñas de las manos empezaban a crecer retoños diminutos y en la raíz del pelo las canas pasaban de su argentado aspecto a una pigmentación verduzca.

De no haberme decidido a tiempo por esta solución tan radical, ahora sería completamente un árbol, indefenso ante los rayos de cualquier tormenta.

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Publicado el 07/05/2013 en Narrativa. Añade a favoritos el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Qué hermoso, no lo había leído hasta ahora. Dime que ya es parte de tu nuevo libro. por favor esto merece ser leído. gracias por darnos tu sombra, aunque no árbol, sí verbo incansable, savia sabrosa para los que no sabemos escribir poesía pero compartimos el buen gusto por la lectura. GRACIAS, no te rindas…., ah! me gustaría que escribieras de peces, mar..

  2. Compadre, qué bien. Me gustó mucho, me parece muy buen trabjo, no sabía que escribías… coño, me alegra mucho.

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