A CIEGAS

 

Anselmito no era un niño alegre, tenía una malformación congénita que le causó la pérdida total de la visión al cumplir el primer mes de nacido. Él no sabía de los colores de la vida, pero tenía un alma inmensa, quizás demasiado grande para sus siete años y para la miseria de su hogar campesino.

Un médico había certificado a su padre, guajiro humilde que ganaba escaso dinero vendiendo la leche de sus dos vacas, que lo del pequeño no tenía cura. Artemio sufría al saberse incapaz de resolver el problema de su hijo.

Como único consuelo para aquel mal que ensombrecía la vida del muchachito, estaba una virtud casi mágica, algo que nació espontáneamente en Anselmito: su habilidad para dibujar cosas que nunca vio y cuyos detalles trasladaba al papel luego de palparlas por unos segundos.

La madre ponía al niño en medio de disímiles objetos del hogar y al rato iban apareciendo con trazos casi exactos, los dibujos de casuelas, cucharas, sombreros y cualquier otro cacharro, siempre evitando ponerle en las manitos nada punzante o cortante.

Era doloroso el lamento del chico, que se atormentaba reprochándose el no ser como su hermano, que ayudaba en los cortes de caña y vendía la leche por toda la vecindad. Él se sentía inútil y por mucho que sus padres lo rodeaban de cariño e intentaban convencerlo de que era significativo su aporte en pequeñas tareas hogareñas, todo resultaba en vano y acababa llorando con desconsuelo.

De noche, cuando los hijos dormían, Artemio y su mujer se quedaban hablando en voz baja junto a la mortecina luz del candil, mientras sus cuerpos dibujaban grotescas sombras chinescas en las paredes del bohío. El tema central de su diálogo giraba en torno a los desmanes del ejército, cada vez más agresivo e impotente ante el avance de los Rebeldes. Tenían el temor de que algo les pasara y los muchachos quedaran a la deriva en ese mundo de injusticias.

Por otro lado estaba el asunto de Anselmito, quien se tornaba cada día más huraño. Ellos querían lograr que su destreza en el dibujo le hiciera sentirse más útil, pero no sabían cómo y para colmo la escuelita se había quedado sin maestro hacía más de dos años.

Los días fueron pasando y las cosas se fueron poniendo peor; la soldadesca había llegado a la zona, según se comentaba para preparar una ofensiva final. Habían confiscado animales de los míseros guajiros y abusaban de los nobles pobladores, que en silencio y a riesgo de sus propias vidas, continuaban ayudando a los guerrilleros.

En el hogar las cosas no andaban bien, el niño dejó de dibujar y casi no hablaba; por ratos se sumergía en un mutismo desgarrador; por las noches despertaba sobresaltado y llorando, al día siguiente no recordaba nada y sólo alegaba tener un susto, una sensación extraña de querer trazar algo sobre el papel y no poder hacerlo, como si no entendiera lo que su mente le dictaba.

Una mañana, Artemio recibió un recado del sargento donde se le decía que tenía que presentarse en el improvisado cuartel de la arboleda y llevar sus vacas, según referían para ponerles un hierro y verificar que no se las habían dado como alimento a los rebeldes. Fue una noticia atroz; la vieja lloraba calladamente para evitar los aguzados sentidos de Anselmito; Cándido, el hijo mayor, insistía en acompañar al viejo, pero éste se resistía a sabiendas de que era una treta para confiscarle sus reses, una injusticia ante la que él no se quedaría impasible y no quería poner en riesgo la vida de su muchacho.

El niño pequeño aún dormía, tuvo horribles pesadillas y en medio de su sobresalto había pedido a su mamá que le buscara mucho papel, que al otro día quería hacer ¨Dibujitos raros¨, la vieja sintió lástima y al amanecer había ido hasta la casa del dueño de la tienda a pedirle un poco de aquellos cartuchos grandes y algunas hojas desechadas por el bodeguero. Quería que cuando el niño despertara tuviera un buen poco de papel.

Después de un fuerte abrazo a Cándido y a la compungida esposa, Artemio acarició la cabeza de Anselmito, que aún dormía y salió lentamente, con sus dos vacas por delante.

El trecho era largo y por suerte el sendero se extendía por entre la fronda que mitigaba la intensidad del medio día. El hombre miraba a sus vaquillas y pensaba en el sustento de su familia, estaba dispuesto a todo por impedir que le privaran de su única riqueza, explicaría al ejército su situación, pero no tenía fe en que lo comprendieran, había oído contar lo que estaban haciendo y sentía una mezcla de indignación, temor y odio.

En el bohío, Anselmito se despertó más tarde que de costumbre y como no sintió al viejo en los ajetreos del almuerzo, preguntó por él con un evidente sobresalto en la voz. La madre le mintió diciendo que había salido a pastorear las vacas, el niño no habló y prorrumpió en un llanto profundo y melancólico. Dos gruesas lágrimas rodaron por las mejillas arrugadas de la vieja, que aprovechó el lastimero pesar del niño para descargar sus temores retenidos.

La tarde se había nublado acelerando la llegada inminente de la noche. Las reses se detuvieron asustadas al percibir la cercanía de alguien, instantes después apareció de entre la maleza un soldado armado hasta los dientes. Mandó a detenerse al campesino y lo interrogó. Artemio, con voz entrecortada pero firme, le respondió que acudía a la citación. El militar lo miró desconfiado y con un gesto le indicó que continuara.

En medio de una pequeña explanada, a la vera de la guardarraya, se situaba el campamento militar, había un ajetreo constante y los soldados seguían con la vista al recién llegado, gastando bromas pesadas y lanzando risotadas despectivas.

Un hombre grueso, con grados de sargento, salió al encuentro de Artemio, lo observó haciendo caso omiso al saludo cortés del guajiro y sin rodeos le ordenó que dejara las vacas y se fuera por donde mismo vino. El campesino comprendió el significado de aquello y trató de explicar al otro sobre la importancia de aquellas reses, sobre su familia, sobre el niño ciego, pero el sargento lanzó una sarta de ofensas y le dio la espalda.

Artemio escuchó las burlas, mientras un uniformado vino a quitarle las sogas con que había conducido a los animales. En un gesto de ira empujó al soldado que perdió el equilibrio y cayó en la hierba. El sargento viró sobre sus pasos y golpeó al viejo; el militar, pálido de soberbia, dio una orden tajante: – ¡Se lo llevan y lo guindan, lo guindan lejos de aquí que no quiero auras delatando el campamento!

En la pequeña mesa de la casucha campesina, se habían amontonado decenas de papeles alrededor de Anselmito, que movía sus diminutas manos como impulsado por una fuerza ciega, una y otra vez repetía los trazos y con sollozos casi imperceptibles apartaba un pliego y tomaba otro, su madre no atinaba a seguir, como otras veces, la obra del niño, y ni siquiera notaba aquel extraño comportamiento del pequeño; su pensamiento estaba en Artemio, presintiendo la desgracia que se avecinaba.

El campesino sentía que las manos fuertemente atadas se le iban quedando insensibles; por la comisura de los labios le brotaba un fino hilo de sangre provocado por el golpe recibido. La tarde y la noche se fundían en una penumbra que alteraba la realidad de los objetos y pintaba el cielo con tonalidades caprichosas.

La mente del pobre hombre era un verdadero bullir de ideas; pensaba en su mujer, en la angustia de la familia y sobre todo en Anselmito. A estas horas- cavilaba con tristeza- ya habrían salido a buscarlo la vieja y su hijo mayor, sentía miedo de que la soldadesca les hiciera daño o que encontraran su cuerpo allí, colgado de algún árbol.

Sus pensamientos estaban en lo cierto, la vieja mujer no soportó más la angustiosa espera, apenas si había entrado al bohío desde que comenzó a anochecer, razón por la que no había descubierto algo extraordinario sobre la mesa y en el piso alrededor del niño ciego, su nerviosismo sólo le permitió tomar el viejo farol de los ordeños, suplicar a Anselmito que no se moviera del bohío y pedir al hermano mayor que la acompañara.

El soldado, acomodado sobre un caballo que al pobre Artemio le parecía inmenso, fumaba un cigarro y con indolencia apresuraba el paso de la bestia sin importarle los tirones que sufría el infeliz campesino, llevado como un animal al matadero. El sargento sólo lo envió a él para la cruel misión, no quería debilitar la seguridad del campamento, amenazado por un inminente ataque guerrillero.

Junto a una mata de guásima se detuvo el jinete y se apeó del caballo. Artemio respiraba con dificultad y su ropa estaba empapada de sudor, sentía nauseas y un fuerte dolor de cabeza. El militar tomó de la montura el machete que habían quitado al campesino y cortó algunos ramajes gruesos que fue situando junto al tronco del árbol.

La vieja mujer y su joven acompañante caminaban de prisa por el estrecho sendero que se escurría dentro de la maleza, la luz del farol perforaba la oscuridad de aquellos lugares cuajados de grillos y soledades. Sentían el temor, mezclado con la certeza, de que al viejo le había pasado algo malo y sin medir las posibles consecuencias, no lo habían pensado dos veces para enrumbar sus pasos hacia el campamento del ejército.

El soldado obligó al campesino a treparse en los matojos. Profiriendo ofensas y otras blasfemias rodeó el cuello de Artemio con un lazo y luego con destreza de verdugo amarró la soga a un gajo de la guásima; subió al caballo, se acercó al condenado y lo empujó, al tiempo que hincaba las espuelas en el animal y salía a todo galope.

La esposa de Artemio avanzaba sollozando detrás del muchacho que rumiaba su rabia con lágrimas en los ojos, a lo lejos escucharon el galope de un caballo y una lechuza cruzó tenebrosamente por encima de sus cabezas.

Artemio se estremeció, encabritándose violentamente en un esfuerzo desesperado por encontrar apoyo a sus píes, sus ojos se nublaron y su cabeza estaba apunto de estallar. Sintió que la vida se le iba y cuando las últimas luces de su existencia se apagaban, todo el peso de su organismo viajó en caída libre hacia el suelo; la cuerda se había roto. La sangré comenzó a fluir nuevamente y luego de un primer momento de desconcierto, se puso en pie tambaleándose y fue hasta el trozo de soga que se mecía tímidamente en el gajo del árbol.

Miró el extremo con asombro, algo no estaba bien en el desenlace de su suplicio y en la forma que se libró de una muerte segura; un verdadero milagro había ocurrido, la soga fue picada, tajada de un certero machetazo, sin explicarse cómo, pues no sintió llegar a nadie y cuando se incorporó del suelo reinaba un silencio sepulcral a su alrededor.

Minutos después llegó su vieja que lo abrazó llorando, y junto a su hijo, se fundieron en un largo y silencioso momento.

Artemio les preguntó si habían visto a alguien alejándose de la guásima, pero su mujer le aseguró que eso era imposible, porque ellos habrían sentido la presencia de otra persona.

En el bohío, Anselmito descansaba su cara sobre la mesa, envuelto en un feliz sueño. Una multitud de hojas cubrían el piso, la mesa y los taburetes, en ellas se repetía un solo dibujo, la imagen de un objeto que jamás tocaron sus manos; un croquis perfecto, casi la fotografía de un machete tajando una soga.

Anuncios

Publicado el 14/03/2013 en Narrativa. Añade a favoritos el enlace permanente. 3 comentarios.

  1. Magnificent beat ! I would like to apprentice while you amend your
    website, how can i subscribe for a weblog web site?

    The account aided me a acceptable deal. I have been tiny bit familiar of this your broadcast offered shiny clear concept

  2. Superb blog you have here but I was wanting to know if you
    knew of any discussion boards that cover the same topics discussed
    in this article? I’d really love to be a part of online community where I can get responses from other knowledgeable people that share the same interest. If you have any recommendations, please let me know. Many thanks!

  3. Hi to every one, because I am actually eager of reading this weblog’s post to be updated on a regular basis. It carries nice information.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

HORIZONTE EN DISPUTA

Elías Jaua Milano

El joven cubano

Un blog de la vanguardia juvenil cubana

Solidaridad Latinoamericana

"Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar"

Casi Cayéndose

entre la cama y el reloj el hombre, como si todo cuanto le importara fuera precisamente, la cama y el reloj...

abailareltrompo

Con la cabulla bien puesta

PROVERBIA

"Crítica Social, Lírica y Narrativa"

Conspirando en Cuba

Para construir revoluciones dentro de mi Revolución

La letra al revés

Bits de información y emoción, de la realidad a la literatura de ficción

Lente de Aumento

...para mirar Cuba por dentro.

la koladita

Just another WordPress.com site

Un pedacito de Mar

un espacio para echar a navegar ideas...

El blog de La Polilla Cubana

Un blog para amigos de Cuba

Ahora desde Holguín

noticias sobre el oriente cubano

La esquina de Lilith

Un espacio personal, cubano, mío..., y al que no le guste, que siga leyendo.

Desde Cuba te cuento

Un blog para exponer mis ideas…ser cubana es un reto que vivo a diario

Ventana Cubana

Pequeño espacio en la gran trinchera donde se defiende la Revolución:hija de la cultura y de las ideas

A %d blogueros les gusta esto: