Archivos Mensuales: marzo 2013

El dulce veneno en el hueco del avestruz

 

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Uno tras otro van apareciendo los programas televisivos, que de una memoria flash a otra, o de un DVD a otro, pasan a ocupar largas horas en las noches de miles de hogares; allí, cómodamente posicionados, como quien se apresta a ver el espectáculo más esperado del momento, millones de cubanos y cubanas, incluidos decenas y decenas de niños y niñas, dejan volar su imaginación hasta los más disímiles escenarios de la farándula capitalista, tanto para admirar la más reciente “Belleza Latina” como para “divertirse” con la descarnada manipulación de un “Caso Cerrado” donde las personas venden su intimidad, acosados por  los apremios de una sociedad donde sus vidas son una jugosa mercancía.

Los adultos, en su gran mayoría, alegan no encontrar nada malo en un poco de diversión, permitiendo o incluso gestionando el próximo capítulo de la serie más codiciada por sus hijos, la novela más esperada por su esposa, o el show del momento. Arguyen como justificación las carencias en las programaciones nacionales de TV (en lo cual no dejan de tener parte de razón) y aseguran que el entretenimiento hace falta, como amuleto para espantar las preocupaciones del mundo real, dejándose inocular altas dosis de un veneno sutil,  sin prestar resistencia alguna, pues como afirmó recientemente Graciela Pogolotti: “a través de todos estos medios modernos (de reproducción) hay un receptor que se acomoda acríticamente a consumir este producto”

No significa que se deba estar en contra de las producciones audiovisuales foráneas per sé y solo por el hecho de provenir del mercado capitalista, pues son muchos los ejemplos de buena filmografía o de excelentes materiales seriados, creo que de lo que se trata es de saber discernir y balancear las opciones, para evitar, como alertó Abel Prieto Jiménez, que terminemos padeciendo aquello que él llamó “la  frivolidad del colonizado cultural”, que según sus palabras “ya renunció al placer de la inteligencia”.

Sería absurdo que pretendamos convencer a las nuevas generaciones sobre las aberraciones morales y éticas del capitalismo o sobre su amenaza como sistema para la especie humana, confiando en que esa tarea se cumplirá a cabalidad solo en los turnos de historia o a través de la Mesa Redonda, el Noticiero de Televisión o las páginas del Granma.

El propio Abel Prieto plasmó sobre este tema una idea cardinal, cuando en su ensayo sobre la fábula de la Cigarra y al Hormiga, afirmó: “No es posible ejercer y antiimperialismo diurno y entregarse en la noche a la droga subcultural del imperio: a la larga el Doctor Jeckyll va a perder el control sobre ese Mister Hyde proyanqui, y asistiremos a un remake (bastante literal) de la fábula de Stevenson”

No tenemos derecho a la ingenuidad cultural que puede fácilmente abrir las puertas (ya entreabiertas por insistentes ráfagas de viento) de nuestra casa para que se instale el huésped de la banalidad y el egoísmo consumista del cual ya existen algunas manifestaciones que evidentemente provienen del poco sentido crítico ante el mensaje avasallador que se nos manda, a través del cual se dice constantemente que el triunfo y la riqueza están allí y que la prueba puede encontrase en la “inofensiva “ pantalla dentro de nuestra propia casa, convertida a veces en el dulce hueco donde el avestruz esconde su cabeza.

Como padres, como cubanos y sobre todo como revolucionarios estamos en el deber de sobreponer, por sobre el gusto fácil y epidérmico, otro gusto mayor y a veces más complejo de entender pero a la larga, más duradero y protector, el gusto de saber interpretar las señas ocultas y desechar de ellas lo superfluo y entender las esencias, para evitar ese mundo que en una ocasión describió  Frei Betto, y en el cual “ ya no queda espacio para la poesía ni tiempo para gozar la infancia. Perdimos la capacidad de soñar sin ganar a cambio sino el vacío, la perplejidad, la pérdida de identidad. En dosis químicas, la felicidad nos parece más viable que recorrer el desafiante camino de la educación y de la subjetividad”

Hagamos pues, la parte que nos toca.

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A CIEGAS

 

Anselmito no era un niño alegre, tenía una malformación congénita que le causó la pérdida total de la visión al cumplir el primer mes de nacido. Él no sabía de los colores de la vida, pero tenía un alma inmensa, quizás demasiado grande para sus siete años y para la miseria de su hogar campesino.

Un médico había certificado a su padre, guajiro humilde que ganaba escaso dinero vendiendo la leche de sus dos vacas, que lo del pequeño no tenía cura. Artemio sufría al saberse incapaz de resolver el problema de su hijo.

Como único consuelo para aquel mal que ensombrecía la vida del muchachito, estaba una virtud casi mágica, algo que nació espontáneamente en Anselmito: su habilidad para dibujar cosas que nunca vio y cuyos detalles trasladaba al papel luego de palparlas por unos segundos.

La madre ponía al niño en medio de disímiles objetos del hogar y al rato iban apareciendo con trazos casi exactos, los dibujos de casuelas, cucharas, sombreros y cualquier otro cacharro, siempre evitando ponerle en las manitos nada punzante o cortante.

Era doloroso el lamento del chico, que se atormentaba reprochándose el no ser como su hermano, que ayudaba en los cortes de caña y vendía la leche por toda la vecindad. Él se sentía inútil y por mucho que sus padres lo rodeaban de cariño e intentaban convencerlo de que era significativo su aporte en pequeñas tareas hogareñas, todo resultaba en vano y acababa llorando con desconsuelo.

De noche, cuando los hijos dormían, Artemio y su mujer se quedaban hablando en voz baja junto a la mortecina luz del candil, mientras sus cuerpos dibujaban grotescas sombras chinescas en las paredes del bohío. El tema central de su diálogo giraba en torno a los desmanes del ejército, cada vez más agresivo e impotente ante el avance de los Rebeldes. Tenían el temor de que algo les pasara y los muchachos quedaran a la deriva en ese mundo de injusticias.

Por otro lado estaba el asunto de Anselmito, quien se tornaba cada día más huraño. Ellos querían lograr que su destreza en el dibujo le hiciera sentirse más útil, pero no sabían cómo y para colmo la escuelita se había quedado sin maestro hacía más de dos años.

Los días fueron pasando y las cosas se fueron poniendo peor; la soldadesca había llegado a la zona, según se comentaba para preparar una ofensiva final. Habían confiscado animales de los míseros guajiros y abusaban de los nobles pobladores, que en silencio y a riesgo de sus propias vidas, continuaban ayudando a los guerrilleros.

En el hogar las cosas no andaban bien, el niño dejó de dibujar y casi no hablaba; por ratos se sumergía en un mutismo desgarrador; por las noches despertaba sobresaltado y llorando, al día siguiente no recordaba nada y sólo alegaba tener un susto, una sensación extraña de querer trazar algo sobre el papel y no poder hacerlo, como si no entendiera lo que su mente le dictaba.

Una mañana, Artemio recibió un recado del sargento donde se le decía que tenía que presentarse en el improvisado cuartel de la arboleda y llevar sus vacas, según referían para ponerles un hierro y verificar que no se las habían dado como alimento a los rebeldes. Fue una noticia atroz; la vieja lloraba calladamente para evitar los aguzados sentidos de Anselmito; Cándido, el hijo mayor, insistía en acompañar al viejo, pero éste se resistía a sabiendas de que era una treta para confiscarle sus reses, una injusticia ante la que él no se quedaría impasible y no quería poner en riesgo la vida de su muchacho.

El niño pequeño aún dormía, tuvo horribles pesadillas y en medio de su sobresalto había pedido a su mamá que le buscara mucho papel, que al otro día quería hacer ¨Dibujitos raros¨, la vieja sintió lástima y al amanecer había ido hasta la casa del dueño de la tienda a pedirle un poco de aquellos cartuchos grandes y algunas hojas desechadas por el bodeguero. Quería que cuando el niño despertara tuviera un buen poco de papel.

Después de un fuerte abrazo a Cándido y a la compungida esposa, Artemio acarició la cabeza de Anselmito, que aún dormía y salió lentamente, con sus dos vacas por delante.

El trecho era largo y por suerte el sendero se extendía por entre la fronda que mitigaba la intensidad del medio día. El hombre miraba a sus vaquillas y pensaba en el sustento de su familia, estaba dispuesto a todo por impedir que le privaran de su única riqueza, explicaría al ejército su situación, pero no tenía fe en que lo comprendieran, había oído contar lo que estaban haciendo y sentía una mezcla de indignación, temor y odio.

En el bohío, Anselmito se despertó más tarde que de costumbre y como no sintió al viejo en los ajetreos del almuerzo, preguntó por él con un evidente sobresalto en la voz. La madre le mintió diciendo que había salido a pastorear las vacas, el niño no habló y prorrumpió en un llanto profundo y melancólico. Dos gruesas lágrimas rodaron por las mejillas arrugadas de la vieja, que aprovechó el lastimero pesar del niño para descargar sus temores retenidos.

La tarde se había nublado acelerando la llegada inminente de la noche. Las reses se detuvieron asustadas al percibir la cercanía de alguien, instantes después apareció de entre la maleza un soldado armado hasta los dientes. Mandó a detenerse al campesino y lo interrogó. Artemio, con voz entrecortada pero firme, le respondió que acudía a la citación. El militar lo miró desconfiado y con un gesto le indicó que continuara.

En medio de una pequeña explanada, a la vera de la guardarraya, se situaba el campamento militar, había un ajetreo constante y los soldados seguían con la vista al recién llegado, gastando bromas pesadas y lanzando risotadas despectivas.

Un hombre grueso, con grados de sargento, salió al encuentro de Artemio, lo observó haciendo caso omiso al saludo cortés del guajiro y sin rodeos le ordenó que dejara las vacas y se fuera por donde mismo vino. El campesino comprendió el significado de aquello y trató de explicar al otro sobre la importancia de aquellas reses, sobre su familia, sobre el niño ciego, pero el sargento lanzó una sarta de ofensas y le dio la espalda.

Artemio escuchó las burlas, mientras un uniformado vino a quitarle las sogas con que había conducido a los animales. En un gesto de ira empujó al soldado que perdió el equilibrio y cayó en la hierba. El sargento viró sobre sus pasos y golpeó al viejo; el militar, pálido de soberbia, dio una orden tajante: – ¡Se lo llevan y lo guindan, lo guindan lejos de aquí que no quiero auras delatando el campamento!

En la pequeña mesa de la casucha campesina, se habían amontonado decenas de papeles alrededor de Anselmito, que movía sus diminutas manos como impulsado por una fuerza ciega, una y otra vez repetía los trazos y con sollozos casi imperceptibles apartaba un pliego y tomaba otro, su madre no atinaba a seguir, como otras veces, la obra del niño, y ni siquiera notaba aquel extraño comportamiento del pequeño; su pensamiento estaba en Artemio, presintiendo la desgracia que se avecinaba.

El campesino sentía que las manos fuertemente atadas se le iban quedando insensibles; por la comisura de los labios le brotaba un fino hilo de sangre provocado por el golpe recibido. La tarde y la noche se fundían en una penumbra que alteraba la realidad de los objetos y pintaba el cielo con tonalidades caprichosas.

La mente del pobre hombre era un verdadero bullir de ideas; pensaba en su mujer, en la angustia de la familia y sobre todo en Anselmito. A estas horas- cavilaba con tristeza- ya habrían salido a buscarlo la vieja y su hijo mayor, sentía miedo de que la soldadesca les hiciera daño o que encontraran su cuerpo allí, colgado de algún árbol.

Sus pensamientos estaban en lo cierto, la vieja mujer no soportó más la angustiosa espera, apenas si había entrado al bohío desde que comenzó a anochecer, razón por la que no había descubierto algo extraordinario sobre la mesa y en el piso alrededor del niño ciego, su nerviosismo sólo le permitió tomar el viejo farol de los ordeños, suplicar a Anselmito que no se moviera del bohío y pedir al hermano mayor que la acompañara.

El soldado, acomodado sobre un caballo que al pobre Artemio le parecía inmenso, fumaba un cigarro y con indolencia apresuraba el paso de la bestia sin importarle los tirones que sufría el infeliz campesino, llevado como un animal al matadero. El sargento sólo lo envió a él para la cruel misión, no quería debilitar la seguridad del campamento, amenazado por un inminente ataque guerrillero.

Junto a una mata de guásima se detuvo el jinete y se apeó del caballo. Artemio respiraba con dificultad y su ropa estaba empapada de sudor, sentía nauseas y un fuerte dolor de cabeza. El militar tomó de la montura el machete que habían quitado al campesino y cortó algunos ramajes gruesos que fue situando junto al tronco del árbol.

La vieja mujer y su joven acompañante caminaban de prisa por el estrecho sendero que se escurría dentro de la maleza, la luz del farol perforaba la oscuridad de aquellos lugares cuajados de grillos y soledades. Sentían el temor, mezclado con la certeza, de que al viejo le había pasado algo malo y sin medir las posibles consecuencias, no lo habían pensado dos veces para enrumbar sus pasos hacia el campamento del ejército.

El soldado obligó al campesino a treparse en los matojos. Profiriendo ofensas y otras blasfemias rodeó el cuello de Artemio con un lazo y luego con destreza de verdugo amarró la soga a un gajo de la guásima; subió al caballo, se acercó al condenado y lo empujó, al tiempo que hincaba las espuelas en el animal y salía a todo galope.

La esposa de Artemio avanzaba sollozando detrás del muchacho que rumiaba su rabia con lágrimas en los ojos, a lo lejos escucharon el galope de un caballo y una lechuza cruzó tenebrosamente por encima de sus cabezas.

Artemio se estremeció, encabritándose violentamente en un esfuerzo desesperado por encontrar apoyo a sus píes, sus ojos se nublaron y su cabeza estaba apunto de estallar. Sintió que la vida se le iba y cuando las últimas luces de su existencia se apagaban, todo el peso de su organismo viajó en caída libre hacia el suelo; la cuerda se había roto. La sangré comenzó a fluir nuevamente y luego de un primer momento de desconcierto, se puso en pie tambaleándose y fue hasta el trozo de soga que se mecía tímidamente en el gajo del árbol.

Miró el extremo con asombro, algo no estaba bien en el desenlace de su suplicio y en la forma que se libró de una muerte segura; un verdadero milagro había ocurrido, la soga fue picada, tajada de un certero machetazo, sin explicarse cómo, pues no sintió llegar a nadie y cuando se incorporó del suelo reinaba un silencio sepulcral a su alrededor.

Minutos después llegó su vieja que lo abrazó llorando, y junto a su hijo, se fundieron en un largo y silencioso momento.

Artemio les preguntó si habían visto a alguien alejándose de la guásima, pero su mujer le aseguró que eso era imposible, porque ellos habrían sentido la presencia de otra persona.

En el bohío, Anselmito descansaba su cara sobre la mesa, envuelto en un feliz sueño. Una multitud de hojas cubrían el piso, la mesa y los taburetes, en ellas se repetía un solo dibujo, la imagen de un objeto que jamás tocaron sus manos; un croquis perfecto, casi la fotografía de un machete tajando una soga.

EL MAL DEL MUNDO

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De los males humanos que lastran la plenitud de nuestra especie y nos ponen aún muy lejos de ser todo lo racionales que aseguramos ser, yo asigno una gran cuota de responsabilidad al egoísmo, catalogado por Martí como “el mal del mundo”. Su arraigo y proliferación suele exacerbarse en tiempos de carencias y momentos difíciles, justamente cuando más se necesita su inexistencia.

Su presencia hiere y separa, alejando todo intento de ser mejores en un mundo lleno de cosas peores; el egoísmo pudre el alma y espanta los amigos, que son el único amuleto que le queda a la civilización para evitar su propia muerte. Pero, ¿qué pasa en el corazón de los hombres, por qué se espantan de allí los sentimientos solidarios que vienen incluidos en el paquete de inocencia que pone la naturaleza en cada niño?

Las respuestas son muchas y muy diversas, y en ellas toman parte sociedad, escuela y familia, si tomamos en cuenta que en el primer caso para nadie es secreto que las esencias del sistema imperante en el mundo (desgraciadamente capitalista) son precisamente el egoísmo y la falsa percepción de que todos pueden llegar a la misma altura solo con el uso adecuado de las oportunidades, que supuestamente llegarán siempre y será cuestión de cada cual aprovecharlas, dejando a la “suerte” el resto de la tarea.

En esa sociedad, que por todos lados nos rodea, tales principios pasan de rectores sociales a paradigmas educativos y metas familiares, destruyendo cualquier atisbo de solidaridad o sentimientos de altruismo, enseñando a desviar la mirada de las “feas escenas de la pobreza y la marginación, como símbolos de los fracasados por decreto”, para cuya existencia ya se inventaron potentes gafas en cuyos cristales se acomodan las dulces escenas de las telenovelas; la revistas glamurosas; los grandes muros de los condominios y las míseras limosnas de la beneficencia siempre que estas no pongan en riesgo propiedades y ganancias.

El antídoto contra esta epidemia que amenaza con destruir los mejores valores del ser humano, está en un sistema distinto que hemos venido ensayando en el socialismo y que es la aproximación más acabada que el proceso civilizatorio conoce en la búsqueda de ese desarrollo íntegro de las personas como seres solidarios y cooperativos; sin embargo, aún estamos lejos y corremos incluso el peligro de equivocar el sendero e ir a parar a las fauces inteligentemente camufladas de esa sociedad de la cual pretendemos alejarnos y cuya fuerza gravitatoria es real y potente.

Hace uno días, leí con sumo interés un artículo de Juan Pastor, donde con extrema dureza expuso una idea esencial en la intención de entender a qué nos enfrentamos: el capitalismo es muy débil lógicamente; pero es casi insuperable psicológicamente, pues es muy difícil luchar contra una ilusión (estar arriba, consumir como los ricos). El éxito del low cost pone de manifiesto que tenemos que gastar menos pero no queremos consumir menos. Es más fácil derrotar una idea que un deseo (triunfar, hacerse rico, ser élite) o un sueño (el sueño americano). Si algo nos ha demostrado el Estado de Bienestar es que el obrero deseaba ser burgués. Al menos vivir como él (la envidia al burgués acaso sea mayor que el orgullo de serlo). Por ello, creo que todo movimiento social contra el capitalismo debe atacar no tanto su “lógica” (acumulación, crecimiento…) como su “psicológica” (mostrar la falacia del “sueño americano”

El enfrentamiento a los síntomas es en todos los casos la forma más eficaz de evitar que los males crezcan, y en nuestro caso son visibles peligrosos indicios de egoísmo, como pequeñas grietas que se dibujan en la pared por tantos años construida y si bien el mal no es raíz en estos momentos, sus manchas  han trepado hasta los gajos y amenazan con saltar de rama en rama.
Debemos combatir este flagelo con inteligencia y firmeza, desterrarlo ante todo de las escuelas e instituciones, donde las diferencias originadas por determinadas posiciones en lo económico, pueden ser atenuadas por la acción coordinada de maestros, dirigentes estudiantiles o juveniles y factores administrativos.

En el ámbito social el reto es mayor, pues las influencias vienen de distintos puntos, entre los cuales la familia juega el rol básico y dentro de ella el atinado uso de los medios audiovisuales, cada vez menos dependiente de las programaciones nacionales – por cierto bastante distante también de lo que aspiramos en cuanto a formación de esos valores- y cargados de mensajes perfectamente diseñados para ponernos dentro la semilla del consumismo y la glorificación de la banalidad siempre premiada con el éxito de los que amasan grandes fortunas sin que nunca logremos descubrir a costa de quién llegan a la cima.
Cuba, la isla de la solidaridad con el mundo, la de los vecinos que se reparten lo mucho y lo poco, la de las razas mezcladas, la de los médicos que no preguntan quién eres o qué piensas a la hora de salvarte la vida, la de la gente que te brinda su casa cuando la noche o un percance te alejan de los tuyos, no puede sucumbir ante las glorias efímeras del dinero o las cosas materiales, abramos las puertas del grano de maíz, que para ellas sobra espacio.

EL OSO DE PELUCHE

 

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Hace algunos años, cuando mi niña menor era pequeñita, le regalamos un osito blanco de peluche que de inmediato se convirtió en una especie de amuleto situado en el lugar “sagrado” donde los niños adoran a sus juguetes favoritos.
El osito fue testigo mudo (al menos mudo para nosotros los adultos) de las primeras etapas infantiles de Gabriela, con sus inicios escolares y su boca desdentada y constantemente sonriente. Luego la acompañó de un grado a otro siempre en espera de que le confesara algún que otro secreto sobre  las relaciones apasionantes que se entablan entre los niños a esas edades.
A veces viajó de incógnito en la mochila y quizás allí pasó a formar parte de una amistad profunda y bonita entre mi niña y su mejor amiga del aula: Sofía. Debe haberlas visto reír y correr tomadas de la mano, o secreteándose entre murmullos pícaros alguna confesión sobre otros de su clase; tal vez las escuchó contar sobre esos planes que se tejen entonces y calculan el futuro con menos complicaciones que las que este esconde.
Creo que él tampoco pudo adivinar que un día los avatares de los adultos iban a poner a prueba esta amistad temprana y que por obra de una reunificación familiar, la amiga de mi niña tendría que marcharse rumbo a Portugal donde su padre vive hace ya bastante tiempo.
Ambas han llorado la novedad y han compartido momentos de tierna despedida, cargados de un amor sincero y sano que es en los niños un tesoro admirable, desprovisto de otros intereses o mezquindades.
La separación resulta inevitable, Gaby como es lógico no marcha con ella y Sofy no debe quedarse, pero alguien que las conoce bien se encargará de mantenerlas juntas, esa importante y crucial misión le ha sido dada al pequeño osito blanco.
Esta es la transcripción de las palabras escritas por Gabriela en una sencilla tarjeta que elaboró con cariño, y que unida al peluche, se irá como amuleto contra el olvido.

9/3/2013
Querida Sofy:

Yo se que para cualquiera este osito y esta tarjeta es algo insignificante, pero para ti y para mi sé que no es así, pues se que leyendo esto te vas a recordar de todos aquellos momentos en que nos divertíamos juntas y también en los que peleábamos por pequeñas cosas sin sentido y a los 5 minutos nos estábamos pidiendo mil disculpas y volviendo a jugar juntas. Lo que quiero decir es que en este detalle están guardados todos aquellos momentos, para que nonos olvidemos y sigamos siendo M.P.A.T.V (mejores amigas para toda la vida) Así cuando vuelvas a venir aunque ya seamos adultas podremos seguir siendo amigas y manteniendo las relaciones.
Muchos saludos a tu mamá, tu papá, tu hermana, tus abuelos y a ti de parte de mi mamá, mi papá y con mucho cariño Yo.

LA CONVERSACIÓN DE LOS CUBANOS

 

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Los cubanos, como muchos de seguro hemos afirmado más de una vez, somos un tipo de pueblo de características peculiares en lo que a relaciones humanas se refiere y este supuesto es abarcador de un elevado número de conductas que marcan las relaciones humanas entre cubanos y por qué no, entre compatriotas y visitantes de otras latitudes del planeta.
Pero en especial, quiero referirme a un aspecto muy llamativo dentro de los rasgos que nos distinguen en la comunicación verbal, y es la facilidad de proponer o ser parte de la propuesta de un diálogo que se entabla de forma súbita en los más diversos escenarios de la cotidianeidad, sin que sea condición obligada (pues casi nunca lo es) conocer al interlocutor o que este nos conozca a nosotros.
Basta con llegar a la parada de un ómnibus y encontrar allí a una persona, preferiblemente adulta, para una vez instalado en el banco más próximo, quedar expuesto a las más diversas formas de interrogación, o ser receptor de las confesiones más insospechadas relativas a la vida privada de su inesperado (a) compañero(a). Lo mismo se puede uno enterar de las desdichas de la familia ajena o del cumpleaños de un niño al que nunca ha visto, sin hablar de las confesiones a media voz relativas a escándalos e infidelidades capaces de articular el final de una telenovela.
He notado que existen espacios muy diversos para esa comunicatividad prolífera, pero a la ya citada parada de la guagua, le siguen por la incidencia del tema: los ascensores y los pasajeros temporales recogidos en la vía de forma solidaria mientras damos la necesaria “botella”, en el caso de los ascensores el diálogo es breve pero casi de forma obligada sale a relucir nuestro clima ¿Quién no ha escuchado, mientras espera el piso donde descender, la clásica afirmación “oiga qué calor está haciendo y …”? porque en cuanto al frío es tan poco usual que no amerita un “comentario de ascensor”, es como si fuera cuestión obligada hacerle un culto a la temperatura justamente en esa diminuto lugar.
En el auto, de aquellos que nunca olvidan la solidaridad con el prójimo, sucede algo parecido cuando el compatriota sube y se acomoda, casi sin excepción y luego de dar las gracias, se apresura a narrar con brevedad algún avatar de su jornada o las posibles causas de la derrota en el beisbol o lo difícil que resulta encontrar algún producto que necesita o hasta la anécdota más inverosímil sobre su trabajo o sobre no se sabe qué pariente que anda por no se sabe dónde.
La realidad es que esa conexión espontánea que se produce entre nosotros, los cubanos, no es cosa común en otras idiosincrasias o culturas, es también un producto de la solidaridad tradicional que se reforzó y alcanzó niveles superiores después del triunfo revolucionario que hizo saltar en pedazos muchas barreras sociales.
Por tanto, esté siempre preparado para conversar y no se asombre de los temas que esa puede ser también la puerta para una nueva amistad larga y duradera.

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