Archivos Mensuales: enero 2013

¿Y SI MENTIR DOLIERA?

Imagine usted que por algún mecanismo biológico, de pronto se desencadenara un dolor físico irresistible siempre que la persona dijera alguna mentira, de modo tal que el embuste tendría que ser evitado como un mecanismo de defensa inalterable.

Pensemos en ese hipotético mundo sin mentiras (incluidas las piadosas) y hagamos un bosquejo de los impactos más notables luego de ese original acontecimiento. Comencemos por los asuntos familiares, que son quizás los más comunes y los que en la pirámide social forman la base de toda convivencia; allí temblarían los cimientos mal formados de muchos matrimonios de cartón y ante la pregunta secular de: ¿Tú me amas?, una avalancha de dolores o respuestas sinceras, recorrería irremediablemente el mundo, dejando solterones a unos cuantos terrícolas de ambos sexos.

La punzante afección dejaría cesantes a los adulones y erradicaría como por encanto el milenario mal de la hipocresía; de un golpe escasearían los amigos sinceros, esos que a fuerza de verdad se hacen imprescindibles en las buenas o en las malas, viendo como se alejan los supuestos camaradas que a cambio de tu amistad persiguen otros fines, difíciles de combinar con la actuación veraz.

Los niños de seguro casi estarían a salvo de sufrir los dolores, pues ellos son por mucho los tipos más sinceros que en vida he conocido, y si alguno atraído por el ejemplo enfermo del adulto cercano, dijese la primera mentira, seguro que el ramalazo le advertiría por siempre sobre el nefasto hábito que pudo haber tenido.

La prensa no sería nunca más instrumento de los que mejor pagan y se desarmarían los mitos fabricados para atacar naciones, razas y religiones. La política al fin, en todas latitudes, evitaría promesas que nunca son cumplidas y hasta reír sería cosa más sana porque los hay que fingen con los dientes muy blancos y el alma muy oscura.

EL MARTÍ DEL ESTANTE

obrasmarti

Hace solo algunas horas conmemoramos el 160 aniversario del natalicio del más universal de los cubanos, José Martí fue capaz de crear, en sus 42 años de fructífera existencia, una obra colosal y perdurable.

Su dimensión humana y revolucionaria lo ha ido configurando ante los ojos de muchos como un héroe mítico sobre el cual se repiten una y otra vez las mismas anécdotas y se citan reiteradamente las mismas frases, dichas en ocasiones como un recurso manido para agrandar discursos o adornar diplomas.

No es raro encontrar sobre los estantes de diversas oficinas, escuelas o instituciones, alguna que otra edición de las obras completas del Apóstol, sin que se note la huella del dedo acucioso sobre las carátulas, la hoja doblada por el lector frecuente o la nota manuscrita en la página marcada. Están allí esos libros como símbolo frío de erudición incierta o como adorno elegante para causar envidia, sin que nunca se acuda para beber en ellos al menos el sorbo de una pequeña carta.

Imposible aspirar a que todos se dediquen a la lectura y el dominio total de esas valiosas obras, lo cual no es tarea fácil, incluso para los que de una manera u otra hacemos de leer un hábito diario, pero duele que a veces las oficinas guarden ese tesoro inmenso y sus dueños ignoren casi totalmente los textos del maestro.

He presenciado padres regalando a sus hijos una edición lujosa de la Edad de Oro, como un obsequio más del cual no toman parte y que nunca leyeron de niños o de adultos. Otros reciben con puntual cortesía las novedades editoriales que ahondan en la vida inabarcable de Martí y esos libros valiosos engrosan los libreros sin que el tiempo o las ganas los muevan de ese sitio.

Si no se lee a Martí, al menos brevemente, es difícil ponerlo en movimiento y sacarlo del busto donde una flor no basta. Recuerdo con cariño las arengas sabias de Cintio Vitier predicando la necesidad de acercar la obra martiana a los ojos y el pensamiento de los cubanos y “…enseñar a Martí con métodos martianos”.

No basta con la ofrenda y el concurso, o con decir de memoria algunos de sus versos, a Martí es preciso bajarlo del estante y encontrarnos con él frente a frente.

CREO EN LA REENCARNACIÓN

Hace un par de años, bajo el título: Mis Átomos, escribí un poema que reproduzco al final de estos párrafos, cuyo tema es para mi una de las cosas más fascinantes en relación con los misterios de la vida y nuestro paso por ella. En reiteradas ocasiones me detengo a pensar en lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos en el futuro. Me embriaga la idea de que cada pequeño átomo de nuestro cuerpo no es más que el componente primario de otras formas de materia que nos han antecedido, pues es ley probada que la susodicha materia ni se crea ni se destruye, solo se transforma mudando de aspecto en su apariencia exterior, pero conservando la originalidad en cuanto a la química diminuta de los ladrillos invisibles (hoy observables gracias a los artilugios científico – técnicos nacidos al calor de la modernidad) con los cuales estamos fabricados.

Bajo estos principios demostrados e inviolables, germinan mis pensamientos en relación con los orígenes del engranaje que me mueve, medito y trato de imaginar de dónde he venido, porque me queda claro que a pesar de la singularidad humana de la cual estoy dotado, como todos los de mi especie, se tienen que cumplir en mí los postulados universales de la materia a los cuales he hecho referencia y por tanto antes de ser yo, todos los mínimos componentes orgánicos que me dan forma, encajaban a la perfección en otros organismos vivos o en la composición  de algún mineral.

Cuando mi existencia llegue a su fin, no terminará la historia de mi cuerpo, cada porción nanométrica tomará su rumbo y esos compuestos químicos esenciales que conforman la vida desde sus albores, irán a parar a otro portador que puede ser o no un humano; por tanto, en esta forma especial de concebir la reencarnación, andaré de algún modo entre las aguas de algún río, en la corteza de un árbol o las patas de un escarabajo.

Mis átomos,
esas pequeñas partes de la vida que pasa,
vienen de la lejana duda de lo eterno,
confirman el hecho material nacido de un punto,
la teoría de que nada se crea ni se destruye.
Son un fragmento de los muros de antaño,
quizás anduvieron entre selvas extintas
o en el asustado vuelo de las aves.

Puede que antes
fuesen el llanto de los mártires,
y entre la brizna de pequeños nidos,
albergaran el nacimiento de las golondrinas.
Es posible que mi aliento sea un calco,
un recuerdo del aire exhalado por los ancestros.
Probablemente vine del estiércol
o de las alas de un escarabajo.

Me asusta,
la poca novedad de mi engranaje.
Sus piezas armarán el palpitar de otros,
dibujarán verdor en primavera;
treparán hasta el vientre donde se arma la vida
con la misma e inagotable energía del principio.

EL AÑO QUE SE ACABA

Cuando un año se acaba, me embarga la sensación del lector que ha vencido la página final de una aventura, de esas que van saliendo al mercado por partes y que ahora suelen llamarse temporadas, en términos un poco más audiovisuales.

Diciembre se escurre poco a poco con la energía última de los atletas que tratan de alcanzar la meta después de una carrera sofocante, tras él se cierra el círculo perfecto que la naturaleza abre cada enero y que se me antoja como un cuaderno de 365 hojas en blanco, donde vamos escribiendo la historia de esta época, con esa tinta imborrable que brota desde el lápiz audaz de nuestros actos.

El último minuto del último día, siempre imagino un gran librero con sus estantes dispuestos para acoger el volumen concluso del año terminado. Dibujo en mi mente el acto de colocar allí el legajo que se cierra y veo los lomos distantes de los cuadernos iniciales, donde reposa la epopeya personal de mi existencia. A veces me detengo y trato de hojear páginas viejas, respiro el polvo que cubre los recuerdos y veo el distante ajetreo de la infancia; las caras sin arrugas; los ríos que se fueron; los juegos preferidos; las metas, los errores, los besos y los llantos.

Ya tengo más de 40 libros concluidos y acomodados en el anaquel de mi existencia. Hace solo unas horas he dado inicio al nuevo texto, apenas unos garabatos trazados sobre el devenir de estos primeros días cargados de luz, por delante se acumulan las misteriosas hojas, con sus márgenes exactos y su mágica capacidad de volverse pequeñas o inmensas, en dependencia de la historia que estemos dispuestos a escribir sobre ellas.

El tiempo avanza, y como ávido lector, pasa las páginas sin otorgar treguas ni alargar los plazos, los que vivimos debemos lamentar los espacios vacíos, los borrones inútiles, las tramas inconclusas y los párrafos huecos. No pueden ser borrados los errores que terminan quedando allí para la historia, aunque el peso acumulado de los días los disimule bajo otras miles de carillas que guarden la trama de nuestra existencia.

Entonces, cuando se acaba el año, no existe nada mejor que hacer balance de lo acontecido y afinar la pluma para escribir mejor el próximo libro donde sin dudas siempre seremos el principal protagonista.

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