Archivos Mensuales: diciembre 2012

¿QUÉ LLEVAR EN LAS MALETAS ?

 

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Una diminuta nota en el periódico; un reportaje algo más extenso en una que otra publicación científica; una ligera euforia de los buscadores de vida en el espacio; así creo poder definir la información que he leído hoy según la cual un equipo internacional de astrónomos ha descubierto un planeta orbitando alrededor de una estrella de nombre Tau Ceti, relativamente cercana -12 años luz –  que según los expertos podría reunir condiciones propicias para la vida, tal y como la conocemos en nuestro atribulado mundo.

El astro de marras se ubica no muy lejos y no tan cerca de su Sol, muy similar al nuestro en su magnitud, por lo cual allí cabe la posibilidad de tener agua líquida, cuna indiscutible de las especies vivas que han poblado la tierra.

Pero bien, no me he motivado a escribir para comentar exclusivamente un acontecimiento científico, sobre el que muchos expertos podrán argumentar con sobrados conocimientos y datos exactos, la noticia me ha inspirado a reflexionar sobre otra arista del asunto, la interrogante es ¿Si los terrícolas tuviéramos que abandonar esta casa azul que hasta hoy nos alberga -lo cual de seguro obedecería a nuestros actos destructores contra la pachamama- para buscar refugio en aquel lejano planeta, cuáles serían las cosas que deberíamos llevar al nuevo mundo y cuáles tendrían que quedarse en el silencio gris de una morada inerte?

De nada nos valdría surcar la inmensidad del cielo para cargar a cuestas el egoísmo incurable de los ricos, que dueños de modernas tecnologías no demorarían ni siquiera la mitad del tiempo que ahora la humanidad ha empleado para destruir lo que en millones de años armó la naturaleza con su sapiencia y su constancia.

Si nuestra especie emprendiera ese viaje y marcharan junto a ella las guerras y las discriminaciones, por razones de  pieles o de géneros, los pensamientos colonialistas, las seudo culturas, las drogas y los odios, sería como derramar un pomo de tinta  sobre una sábana blanca.

En cambio, si cargásemos los mejores sentimientos  y las virtudes humanas cultivadas por siglos, haríamos florecer de una vez y por todas, la verdadera civilización hija del hombre, incapaz de fronteras y ajena a los que sufren el desprecio tenaz del abandono. Sería  por fin la plenitud del raciocinio,  el perfecto equilibrio entre las fuerzas de un intelecto elevado y la capacidad para situar el gusto y el placer lejos del desenfreno material que acaba por extinguir la propia vida.

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La Bicicleta China

Jorge llevaba dos preocupaciones sembradas en la mente: la primera, más trivial, lo concentraba en evitar que la bata blanca se le enredara en la cadena de la bicicleta; y la segunda, más profesional, lo hacía mirar el reloj con insistencia, comprobando que restaban veinte minutos para entrar al quirófano. Esa mañana le correspondía tomar parte en una compleja operación de corazón. Para eso lo habían llamado del otro Hospital de la ciudad, allí debería cubrir el lugar de un compañero que enfermó de repente

La luz de semáforo saltó al rojo, sus manos tiraron con firmeza de los frenos y el ciclo se detuvo instantáneamente. La mañana estaba fresca ayudando a evitar los incómodos sudores causados por el pedaleo. Mientras esperaba, Jorge dejó correr su mente alejándola del bullicio que descendía, como un rumor sordo, desde un abarrotado ómnibus que también aguardaba su derecho de vía.

Pensaba en Maikol, su amigo de la infancia, al que hacia más de dos semanas no veía. Era extraño no ver su carro americano, reluciente y llamativo, en el amplio portal que fungía como parqueo. También era extraño que desde hacía bastante tiempo no amanecían las bolsas de basura que Maikol sacaba temprano, atestadas de latas vacías con el característico olor a cerveza y anónimas marcas de lápiz labial.

Alguien sonó el claxon a sus espaldas y se percató que debía ponerse en movimiento. Por un instante volvió a la realidad, dio un par de pedalazos y se enfrascó nuevamente en sus meditaciones. Recordaba a su madre comentando con sano orgullo a la mamá del amigo: ¨Jorgito será cirujano, es muy aplicado y tiene excelentes notas ¨, la vieja siempre exageraba un poco, pensó.

Algunos escolares se lanzaron a toda carrera cruzando la calle, obligándolo prácticamente a detenerse, luego miró la hora nuevamente y le impuso mayor ritmo al viaje. La mamá de Maikol siempre se lamentaba: ¨ María, María, tienes suerte, el niño a mí no me salió estudioso, después que dejó la beca ha trabajado acá y allá, a veces tengo miedo de su futuro ¨.

Los años corrían por su memoria, más veloces que el pavimento bajo su vieja bicicleta china. Allí; en esa radiografía de su pasado, estaba él, jugando a los carritos con un niño lloroso que regresaba con su madre del Aeropuerto luego de haber despedido a su viejo, que se iba definitivamente para España, con la promesa luego incumplida de mandarlos a buscar.

El tiempo les fue pasando por arriba como un tren sin regreso. Una mañana su coetáneo le contó con alegría que le habían resuelto como cantinero en un hotel, que eso era bárbaro le dijo y dejaba bastante dinero. No había respondido nada, pero en el fondo sabía que era cierto y que dadas las circunstancias que se vivían, al otro le iría mejor económicamente, al fin y al cabo un cirujano vivía de su salario, sin más propinas que los gestos amables de la gente.

Después vino la bonanza de Maikol. Su padre le remesaba una cuota mensual, que en España no debía alcanzar para culeros desechables, pero acá le era suficiente para unos cuantos viajes a las tiendas, y en el Hotel también se le sumaban las dádivas de los turistas: puro menudeo de ellos; altos ingresos para el cantinero.

Ahora el otro semáforo también con la roja, un frenazo leve y el humo contaminante de los motores ronroneando en la espera. Jorge revisó los bordes inferiores de la bata y se aseguró que no había grasa en ellos, pasó con descuido sus dedos finos por el timbre y se sumergió en los misteriosos recodos del recuerdo.

Pasó revista a la tarde en que el amigo le plantó la máquina recién comprada enfrente de la casa y con tremenda algarabía lo hizo salir al portal. Había notado que Maikol se transformaba por días; saludaba menos a los vecinos; bebía más; estaba gordo y se rodeaba de mujeres distantes de los gustos que en la adolescencia los movían por las fiestas nocturnas y los domingos de playas.

Con él seguía siendo cariñoso y desenfadado, pero no había dudas de que su mundo era otro. En ocasiones alardeaba sobre sus ingresos y con cierta sorna le reprochaba su vida de médico, con su esfuerzo constante, de ir y venir, guardias seguidas y largas operaciones que lo dejaban exhausto, todo por un salario que se equiparaba con sus propinas de una sola noche en temporada alta.

Después vinieron los festines casi todas las noches, siempre hasta altas horas de la madrugada, la compra desaforada de lujos y carnes prohibidas, él no iba, a pesar de insistentes invitaciones. Le hubiera agradado porque el repiqueteo de las fichas de dominó le hacía saltar las ganas de divertirse, pero odiaba estar en los lugares donde lo trataran con la condescendencia que se aplica a los que son queridos, pero no pueden pagar la ronda.

El empuje de los carros que se habían acumulado en el intervalo de una luz a otra, lo obligaron a pedalear con ímpetu, ahora estaba a solo unas cuadras del hospital.

Recordó la noche cuando venía entrando al portal con la bicicleta y Maikol lo interceptó con una cerveza en su mano poblada de gruesas sortijas, le insistió que aceptara la bebida y él lo complació, mitigando con gusto la sed de ciclista, luego su grueso amigo le habló: ¨ Hermano ¿ te ves cansado?¨, fue una pregunta en un tono lastimero. ¨ Lo estoy”, le había respondido. ¨ Te veo aturdido y luego oigo a tu vieja con esos pesares, de una cola para otra, cazando lo que cae para llevarlo a la mesa, además te diviertes poco ¨, comentó de forma condescendiente y luego agregó:

¨ Tú fuiste siempre muy inteligente, no me explico cómo no sacas la cuenta y de vez en cuando das tus consultillas privadas, o tiras por acá alguna de esas medicinas para el corazón que le regalas a todas las viejas del barrio y que deben valer una fortuna, de todas formas te vas a morir un día arrepintiéndote de la poca suerte que traen siempre arriba los que viven sin plata”.

Luego le había apostillado, ¨Sabes que puedes contar conmigo, tengo al viejo bien cómodo, incluso es posible que hasta se vuelva rico, a mí nada me falta y a la vieja menos, yo creo que tengo la felicidad mordida en la parte gorda de la pierna.¨

¨ Mira Maikol ¨, le había respondido, ¨ Me alegro de tu suerte y ojala la mía mejore un poco, pero los viejos están bien, son personas alegres de las que aprendo mucho, es verdad que la paso difícil y luego pienso que por ser cirujano, y esto te lo digo sin ánimos de ofensa, debería vivir mejor que tú, pero no reniego de la vocación, ni de la esperanza, además es verdad que a todos nos gusta el dinero, y que hace tremenda falta, pero no es bueno buscarlo a toda costa y a todo riesgo”.

Se percató de que en segundos entraría en el Hospital, con el tiempo justo para dejar la bicicleta en el parqueo y correr al ascensor, había dejado de pedalear porque el impulso ya era suficiente. Retomó sus meditaciones recordando el rostro entre asombrado e incrédulo de Maikol cuando acababa aquella conversación inusual.

Después vinieron los días en que una y otra vez pasaba por frente a la casa de su amigo y no estaba allí el llamativo Chevrolet bajo el portal enrejado y profusamente iluminado. Había pensado varias veces en llamar a la puerta, pero como la madre de Maikol se había marchado para casa de una hermana, espantada por los bullicios nocturnos, aquello no tenía señas de estar habitado.

Llegó a pensar que el padre, cumpliendo la promesa, tenía al muchacho junto a él disfrutando de sus riquezas de ultramar, pero era poco probable porque su madre se habría enterado en alguna cola de la Bodega y habría traído a casa el siempre misterioso comentario: ¨ Dicen que Maikol se fue¨.

El viejo de gorra gastada que cuidaba el parqueo le entregó una chapilla metálica y quedó a cargo de su medio de transporte, Jorge caminó apurado arreglándose la bata. Subió las escaleras y saludando fugazmente en la recepción siguió rumbo a los ascensores. A esa hora estaban abarrotados y uno no funcionaba desde hacía algún tiempo, debió esperar algunos minutos hasta que alcanzó espacio.

La puerta de metal se corrió lentamente y quedó al descubierto una pared de mármol en que se veía el número ocho. Salió a grandes zancadas rumbo a los vestidores donde se cambió con agilidad, tornando en verde su vestimenta.

Ya listo acudió al pasillo que terminaba en una puerta de dos hojas sobre la que una tablilla anunciaba: QUIRÓFANO, al fondo algunos familiares de pacientes que serían operados esperaban ansiosos, no tuvo tiempo de mirarlos, empujó con energía las hojas de metal y cristal, entrando al recinto, con su frío característico y saturado de fuertes olores.

La operación fue un éxito, el hombre reposaba en una tranquilidad suave, su piel lucía rosada y bien cuidada. Auxiliado por una joven enfermera, se deshizo de la bata y el resto de su indumentaria, luego se movió despacio abandonando el salón.

Algunas personas que esperaban fuera se le aproximaron, sorpresivamente jorge quedó de frente a Maikol, estaba visiblemente más flaco, sin afeitar y con las manos desprovistas de sus lujosas joyas: ¨ ¿Qué haces acá? ¨, indagó asombrado el médico, ¨ ¿Dónde has estado últimamente?.

La respuesta fue una pregunta asombrosa e inesperada: ¨ ¿Cómo salió el viejo? ¨, entonces Jorge se percató que detrás de su amigo estaba la madre de este, serena y silenciosa. Completamente confundido, sólo atinó a decir: ¨ Salió bien, se salvará ¨, al ver la cara del médico que encarnaba una viva confusión, Maikol tomó por el brazo a su amigo y lo apartó junto a unos amplios ventanales desde donde se veía la Ciudad, con su vida ajena a los complejos problemas de los humanos que la habitan.

Mirándole a los ojos le contó: ¨ Hace unas semanas el viejo nos llamó, se había puesto muy mal de la coronaria y daba tumbos de una clínica a otra en espera de que su seguro pudiera cubrir el tratamiento, se fue deteriorando y nos confesó que realmente su fortuna era ilusoria, a pesar de aquellas fotos suyas junto a Yates y modernos autos que resultaron ajenos”.

“Le pedí que viniera, pero ya la plata no le daba para el pasaje y otros trámites. Tuve que vender el carro, el video, las joyas y doblar turnos como un condenado en la carpeta del Hotel, logré reunir el dinero para el viaje y aquí está, de veras te agradezco lo que has hecho por él”.

La cara de jorge reflejaba compasión y afecto, le dio una palmadita en el hombro y le contestó: ¨ No es nada, de todas formas lo hice sin saber que era tú papá ¨, Maikol pareció obligado a decir otras cosas o quizás fugazmente pasó por su mente ofrecer a su amigo algo material o la promesa de un buen regalo o una invitación suculenta, pero sabía como era el médico y aquello más que un gesto bien recibido podía tener un efecto contrario, así que optó por un largo abrazo.

Se despidieron en medio de un grupo apresurado de estudiantes que salían del ascensor y cuando la puerta casi estaba por cerrarse, Maikol  le pidió con amabilidad: ¨ Me adelantas a la vieja en la bicicleta, es que no ha probado bocado en todo el día ¨. El cirujano asintió risueño y palpó la chapilla del parqueo en el bolsillo del pantalón.

POR LOS ESCAQUES DE LA VIDA

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El ajedrez, ese milenario juego que es a la vez ciencia, arte, estrategia y entretenimiento, guarda una extraordinaria relación con la vida y el andar cotidiano de la personas, conozcan o no: los movimientos de caballos, peones o alfiles.

Las maravillas de este juego – ciencia, nacieron precisamente en el afán de simular los entramados de poder que regían siglos atrás, en una época donde las batallas épicas y la intrigas religiosas y políticas dictaban el quehacer cotidiano de sociedades que albergaron las simientes de la cultura actual, es quizás esta la razón (su acompañamiento cultural de generación en generación) por la cual ha sobrevivido con invariable interés al paso de los años y como herencia pudo arraigarse en cada etapa posterior y llegar robusto a nuestros tiempos.

Es fascinante – al menos para mí que adoro el ajedrez – poder establecer paralelos entre lo que acontece sobre el tablero y las situaciones que la vida nos impone, es lógico que para comprender a cabalidad lo que trato de decir se debe tener por lo menos una noción elemental del juego y sus principales postulados, algo a lo cual invito a quienes no lo han aprendido, pues se pierden el disfrute de uno de los inventos más geniales del hombre.

Volviendo al paralelismo juego – vida, comenzaré por la esencia de este “deporte”: La consecución de un objetivo final bien determinado: el Jaque Mate, la eliminación del rey rival; obviando el detalle mortal de la susodicha pieza, es fácil advertir que nuestras vidas deben avanzar en la búsqueda de objetivos claros y precisos, para cuyo logro debemos trazarnos planes y hacer cálculos, pues cuando se vaga sin rumbo o sin plantearse qué se quiere lograr, es improbable que se alcance la victoria.

Analicemos otro paradigma del Ajedrez: Nunca realizar ninguna jugada sin antes medir con exactitud las consecuencias, sobran en este caso los comentarios o los ejemplos de cuánto y cuán caro se paga el error de omitir ese mandato en nuestra cotidianidad. Otro principio que manda sobre el tablero es: Aprovecha las columnas abiertas, pon en ellas tus piezas de mayor alcance. Cabe aquí una similitud con las oportunidades limpias y claras que nunca debemos dejar escapar, para situar allí las mejores inversiones emocionales y materiales de la vida, pues son como coches de un tren que marcha en un viaje sin regreso y solo se detiene unos instantes en la estación donde estamos, para que decidamos si montamos o no, antes de cerrar las puertas y partir.

En el mundo de los trebejos, hacer una jugada sin objeto, desperdiciar la oportunidad de mover, es denominado como “perder un tiempo”, lo cual equivale a que el rival mueva dos veces seguidas sus piezas; esa comprensión de la importancia del factor tiempo es perfectamente aplicada en el día a día de cada cual, sobre todo cuando nos caen encima esas jornadas donde nada hicimos y el peso de la inutilidad nos comprime las piernas.

Los gambitos son la maniobra consistente en entregar material ajedrecístico a cambio de obtener una posición con mayores posibilidades de ataque, es una estratagema muy usada y en materia de existencia humana nos enseña la utilidad de saber ceder a veces sin resquebrajar nuestros principios, para con inteligencia conquistar a larga un resultado mucho mejor.

Paso a paso, cuando uno se adentra en ese apasionante universo de los escaques y las piezas blancas y negras; se vive un remake, para decirlo en términos cinematográficos, de los retos y desafíos que el destino va poniendo frente a nosotros, demostrando que la suspicacia, el tesón y la inteligencia son las llaves maestras para triunfar en el tablero y en la vida.

MIS ÁTOMOS

Creo que en la vida y sobre temas de la vida, todos de una manera u otra somos un poco filósofos. De vez en cuando nos invaden preguntas que han venido persiguiendo al hombre desde que sus neuronas se organizaron lo suficiente como para pensar coherentemente en los misterios de la existencia.

Movido por esas meditaciones en las cuales me sumerjo de vez en cuando, escribí este poema que trata de resumir, en sus humildes versos; la esencia de lo que somos como materia, que a pesar de su alta organización expresada en la genial capacidad que tiene el cerebro, a la larga correrá la misma suerte que todo lo material presente en el mundo, pues los diminutos “ladrillos atómicos” que conforman cada milímetro de nuestra existencia no son para nada originales o creados por vez primera en nuestro nacimiento, ellos por ley ya existían y con seguridad armaron antes alguna otra estructura viva o no. Recuérdese que la materia ni crea ni se destruye.

Cuando nuestra vida termine; esas diminutas partículas, que ahora gracias a la maravilla de la genética nos han dotado de una diferenciación peculiar, no culminarán su labor constructora y a través de los complicados senderos de las trasformaciones se engranarán con otras miles para formar la hoja de un árbol, la semilla de un tomate, la corteza de un árbol e incluso puede que anden dentro de la armazón de otro ser vivo, pensante o no.

He aquí el poema:

Mis átomos,
esas pequeñas partes de la vida que pasa,
vienen de la lejana duda de lo eterno,
confirman el hecho material nacido de un punto,
la teoría de que nada se crea ni se destruye.
Son un fragmento de los muros de antaño,
quizás anduvieron entre selvas extintas
o en el asustado vuelo de las aves.

Puede que antes
fuesen el llanto de los mártires,
y entre la brizna de pequeños nidos,
albergaran el nacimiento de las golondrinas.
Es posible que mi aliento sea un calco,
un recuerdo del aire exhalado por los ancestros.
Probablemente vine del estiércol
o de las alas de un escarabajo.

Me asusta,
la poca novedad de mi engranaje.
Sus piezas armarán el palpitar de otros,
dibujarán verdor en primavera;
treparán hasta el vientre donde se arma la vida
con la misma e inagotable energía del principio.

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