Mi noche Boca Arriba

Resulta curioso y quizás solo sea una percepción muy individual, pero cuando vamos creciendo, siento que poco a poco dejamos de mirar la estrellas, absortos de la rutina que nos corroe el alma como el óxido a los viejos hierros, casi olvidamos ese techado maravilloso que late sobre nosotros, recordándonos a cada instante la inmensidad de un universo donde apenas somos un punto indistinguible.

De niño pasaba largas horas contemplando el cielo, sentía verdadera pasión por los astros y sus misterios, leí cuanto pude sobre las estrellas, las pléyades, las constelaciones, los agujeros negros y todo lo que olía a cosmos. Perseguía los libros de física recreativa o de astronomía popular, interesantes y despejados de las fórmulas y números complejos que pueblan los textos especializados en la materia; al fin y al cabo yo no buscaba información para volverme experto, lo hacía por pura sed de conocimiento, movido por esa curiosidad, que si bien mató al pobre gato, también es cierto que ha sido el motor que ha movido a la ciencia en el devenir humano.

Nací y me crié en pleno campo, donde la tranquilidad de las noches sin luna permitía divisar hasta la más ínfima reverberación de ese enjambre cautivante que podemos ver a simple vista con solo mirar hacía arriba. Me doté de un pequeño telescopio y acompañado de algunas cartas astronómicas y mapas estelares, aprendí a diferencias las constelaciones y dentro de ellas los puntos más notables, sus nombres y sus distancias asombrosas.

Pasaba horas en complicidad con aquella lejanía inconmensurable, imaginando vidas remotas qué quizás existan y nunca lleguemos a descubrir. Estoy seguro que mis primeros sentimientos poéticos aparecieron atizados por amores adolescentes y miradas al cielo nocturno.

Quienes no han tenido la oportunidad de pararse unos segundos en medio de la campiña, alejados de las luminarias de la ciudad y solamente acompañados por la serenata nocturna de los insectos, han perdido la extraordinaria ocasión de presenciar la única muestra instantánea y visible del pasado, pues eso que nos aplasta por su grandeza y misterio, no es más que la imagen pretérita de un cielo antiguo, teniendo en cuenta que lo que vemos hoy es lo que fue hace mucho tiempo, cuando la luz salió de aquellas estrellas hace cientos o miles de años; así, por ejemplo, la famosa estrella polar que vemos ahora, es solamente la imagen de lo que fue ese cuerpo celeste cuando Cristóbal Colón descubrió América, es decir que cuatro o cinco generaciones delante de la actual, serán nuestros descendientes más lejanos quienes puedan observar dicha estrella tal como es hoy (la polar está a más de 400 años-luz de la tierra).

Prácticamente nada de lo que vemos allá arriba es como lo percibimos en ese instante de mirar y sorprendernos, incluso el sol que nos alumbra cada mañana, solo se hace visible después de siete minutos de haber salido.

Anoche, mientras caminaba de regreso a casa, entre las destellantes luces de las altas farolas, logré percibir el encorvado esqueleto de la Osa Mayor y esa sensación de pesar que nos ocupa cuando nos damos cuenta que hemos dejado de visitar a un viejo amigo por demasiado tiempo, me invadió con nostalgia y descubrí que, entre otras cosas que nos ponen adultos, olvidar la estrellas nos hace más viejos.

Me prometí hacer un alto en el camino, y tirado de espaldas sobre la hierba, en perfecta confabulación con mí pasado; mirar las estrellas, explosivas y mortales; cómplices y paridoras de las más perfectas musas, cuajadas de las interrogantes más antiguas y de los descubrimientos por venir, así lo haré hasta llenarme de ellas y saldar esa deuda.

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Publicado el 20/11/2012 en Narrativa. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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