CRÓNICAS DEL PUEBLO VIEJO IX

 

LAS MESAS DEL DOMINÓ

En todos los pueblos de nuestro país, formando parte de las tradiciones más representativas, se pueden encontrar en cualquier esquina; en plena calle; en portales o en espacios habilitados para este fin, a los jugadores de Dominó, los que en muchos casos hacen de este entretenimiento un ritual con horarios y asistentes permanentes.

Había en el pueblo de mi infancia un conjunto de mesas de metal, fijas en el piso de lo que antes fue un almacén para piezas del Central Azucarero, alrededor de las cuales y sembradas también en el cemento añoso, se colocaron banquetas de asentaderas redondas y herrumbrosas por la acción corrosiva de la intemperie.

Allí cada “Curul del Dominó” pertenecía a un consagrado de aquel entretenido esparcimiento y entre el bullicio de fichas revueltas, se alzaban las voces coléricas o jubilosas, según el resultado de la partida; sin embargo, lo más interesante era la variedad de personajes y de temas que eran debatidos en tan singular peña.

Recuerdo a Julio – un viejito canoso y pequeño que mostraba sus manos surcadas por los negros aceites de las maquinarias del Ingenio – que se volvió célebre entre la colectividad de jugadores y “mirones” como yo, por su locuacidad y modo pintoresco de hacer historias que iba contando en la medida que avanzaba el juego, con la suficiente habilidad para no perder la concentración que cada jugaba demandaba.

A él le escuché muchas anécdotas, pero la notoriedad de algunas fue tal, que al pasar los años todavía las recuerdo con lujo de detalles, sobre todo aquellas en que describía sus andanzas de la juventud cuando decía ser un personaje muy dado a las chanzas y a organizar bromas que tocaban la perfección.

Decía Julio que en una de esas guasas, había puesto a llorar a uno de esos personajes que se burlan de los males ajenos, parapetados en una autosuficiencia de grandes dimensiones. Según contaba, muchos años atrás coincidió con el referido sujeto en una campaña de siembra de caña, allá por los recónditos campos conocidos por “Atascadero”, nombre originado por los intransitables caminos en tiempo de lluvias. En el lugar y reunidos en un albergue sin luz eléctrica, pasaban largos ratos de la noche enfrascados en enconadas partidas de dominó.

En la cocina donde se aseguraba la alimentación de los movilizados, laboraba un anciano de escaza vista que hacía un gran esfuerzo por servir lo mejor posible, pero que al verse traicionado por su escaza visión cometía uno que otro fiasco a la hora de poner los comestibles en las bandejas. Todos comprendían y toleraban las fallas, menos el autosuficiente nombrado Lázaro, quien reprochaba al humilde empleado ante el más mínimo desliz.

Una noche, justo antes de armar la mesa donde se protagonizaban las partidas doministicas – según narraba Julio – aprovechando el persistente sueño de Lázaro que se dormía nada más iniciado el juego y en el cual no tomaba parte pues decía “no tener rivales”, él convocó a todos los albergados, con la excepción del “dormilón- engreído” y les propuso una broma como escarmiento a su repudiada actitud con el pobre viejo del comedor.

En cuestión, la idea consistía en que una vez iniciada la partida y cuando el susodicho callera en brazos de Morfeo, apagarían las farolas de queroseno, sin avisar a Lázaro, propiciando una oscuridad en la que era imposible descubrir un dedo a un palmo de la nariz. Ya habían comprobado que en aquellas soledades, cuando se extinguían los reflejos de sus rústicas luminarias, nada de claridad penetraba en el recinto, generando una sensación de aprieto y desespero que se remediaba cerrando los ojos y esperando el día, porque con las estrellas no se podía contar debido a las densas nubes que las cubrían.

Así lo hicieron y un instante después del apagón intencional, lanzaron una de las fichas de dominó con inusitada fuerza sobre la mesa y aparentaron que el juego seguía con toda normalidad, convencidos de que el dormilón había despertado y se encontraba confuso ante semejante negrura. Todos continuaron con el guión previsto; unos comentaban de temas afines a las jugadas; otros fingieron leer algo en voz alta.

Contaba Julio, que el autosuficiente que tanto de mofó de la débil visión del anciano, comenzó a entrar en pánico y con desespero exclamaba: “Caballero, ¿ustedes apagaron la luz?” pero los demás, aguantando con dificultad la risa, seguían fingiendo que nada ocurría y procedían con aparente normalidad alrededor del juego, entonces el hombre sumamente nervioso y casi llorando gritó: “Contra, ¡estoy ciego, compañeros, estoy ciego!, por favor que alguien me ayude”, sin embargo; prosiguieron con la farsa unos minutos más hasta que el desesperado estuvo a punto de infarto, entonces el viejito del comedor prendió un fósforo frente al rostro lloroso de Lázaro, que no amaneció en el campamento.

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Publicado el 05/11/2012 en Narrativa. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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