EL COLMILLO DEL JAGUAR

Itzam, el alfarero, despertó como si el corazón de una liebre le galopara en el pecho, su agitación era causada por una de esas pesadillas con extraordinarios visos de realidad que provocan confusión y pánico. El sobresalto, originado por la ensoñación, no le dejaba recordar muchos detalles, sólo imágenes sin sentido, que lo ubicaban en un sitio extraño donde permanecía inmóvil mientras decenas de ojos lo observaban con curiosidad.

No pudo entender absolutamente nada de lo soñado, porque era hombre sencillo y de escasa cultura y en su bregar nocturno por los vericuetos del sueño se encontró con un mundo de cosas increíbles, cristales de una transparencia inexistente, techumbres blancas con una perfección divina y personas o dioses mirándolo fijamente; mientras él, en medio de su rigidez, no podía mover una pestaña.

Se fue ese día más temprano al taller, pasando antes por la barraca del chamán para contarle su historia y pedirle consejos. El adivino, organizó una ceremonia de poca monta, acorde con la pobreza del que se consultaba, saltó un par de veces, gesticuló con furia y luego de un breve silencio le dijo que se cuidara de los malos ojos, dándole un amuleto fabricado con piedras y el colmillo de un jaguar.

Itzam creía profundamente en los resguardos del hechicero, a pesar de sentir la humillación por el trato recibido. En ese mismo lugar, unos días antes, había presenciado la visita de un rico propietario de campos de maíz. El hombre contó una pesadilla de menos rigor que la suya y en cambio recibió para su protección una fina mascarilla de oro.

El alfarero anduvo triste por el resto del día, hacia bastante tiempo que no era un hombre alegre. Antes de cumplir los 40 años sentía ansias de convertirse en una persona famosa, esa era toda la razón de su existencia, lo intentó como guerrero pero en el primer combate le fracturaron las piernas y salvó la vida de milagro, entonces desistió de esta idea y pensó que la fama podría llegarle en la navegación, fabricó su propia canoa y armó una pequeña expedición; dos día después de zarpar fue sorprendido por una tormenta y naufragó, faltando poco para que muriera en las arenas de su propio pueblo. Pensó incluso en ser músico, pero ni siquiera lo intentó. Por fin al arribar a su cuarto decenio, se dio perfecta cuenta de que se agotaba el tiempo y cada vez era un ser menos notorio.

A la noche siguiente de su primer sueño, puso el hombre su amuleto debajo de la almohada, para espantar la recurrencia de la pesadilla y rogó, como cada día, para que sus dioses le dieran la oportunidad de alcanzar la fama. El resultado fue espantoso, sufrió alucinaciones aún peores; a las misteriosas miradas aparecidas en su primera ensoñación, se sumaron otros detalles tenebrosos que en esta ocasión, por desgracia, pudo recordar una vez despierto. Nuevamente brotaron, en los letargos de la pesadilla, aquellos ojos ajenos, con sus miradas irritantes, a lo que se añadía un frío similar a los diciembres de su aldea y muchos destellos pequeños y refulgentes salidos de objetos de un brillo metálico, que eran portados por hombres y mujeres de raro aspecto.

Entre sudores y palpitaciones esperó el amanecer. No bien habían comenzado a cantar los gallos y ya estaba en pie, listo para visitar otra vez al chaman. Este último lo recibió de mala gana y semidormido, pero escuchó el relato con un poco más de interés que la ocasión anterior y luego le dijo que había tenido una premonición, un pasaje rápido de algún deseo que se volvería realidad y le aseguró que los dioses cuando de inmediato no podían complacer las súplicas que les hacían, trataban de calmar a los necesitados poniendo un atisbo del futuro en los sueños, una especie de adelanto del pedido que luego cumplirían.

El pobre hombre estaba totalmente confundido. Cómo diablos podían los dioses estar enviando señales tan poco relacionadas con sus aspiraciones de ser un ciudadano notable, porque según recordaba no habían en sus sueños ni grandes campos de maíz, ni ejércitos bajo su mando, ni mucho menos dotaciones de canoas o minas de oro recién descubiertas. Cómo se podía ser famoso en su mundo sin alguna de estas cosas. La decisión fue devolver el amuleto al adivino e ignorar a los dioses.

Esta determinación le trajo fatales consecuencias, el Chamán se encolerizó e hizo correr la voz de semejante herejía. Itzam fue desalojado de su choza y conducido ante el Inca Mayor, sus explicaciones no fueron convincentes y su historia del sueño, con las miradas curiosas, las luces y extraños lugares, fue considerada un síntoma de locura.

Como estaba en tiempo el desarrollo de la Fiesta del Señor Sol, el desgraciado que soñó con ser famoso, fue escogido para el sacrificio ritual que debía ofrecerse en esta ocasión. Se le dio fin a su vida y como reprimenda adicional a su conducta; se colocó, junto al cadáver, el talismán al que había renunciado. La peregrinación lo llevó hasta la colina y fue inhumado en lo más alto, al tiempo que se pedían abundantes cosechas y mucha suerte para todos.

Al parecer los dioses debieron de estar muy inconformes y unos días después, comenzó a llover con fuerza inusitada, el agua no cesó un instante; los ríos salieron de sus cauces y engulleron chozas y sembradíos. Un alud arrasó el caserío sepultándolo por completo.

Siglos después prosperó por allí otra ciudad, que saltó a la celebridad gracias al cadáver mejor conservado de la historia precolombina, convirtiéndolo en el hinca más famoso, encontrado intacto en su tumba, acompañado de un amuleto fabricado con pequeñas piedras y el colmillo de un jaguar.

 

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Publicado el 03/11/2012 en Narrativa. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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