Archivos Mensuales: noviembre 2012

EL BREVE SENTIDO DE LAS COSAS

Existen cosas sin sentido, tanto como existe sentido en cosas que aparentemente no son ciertas, pero que arrastran una lógica tan pesada como la piedra de Sísifo.

– A un hombre le pidieron que, a su juicio y según sus experiencias personales, prendiese fuego a dos cosas cotidianas de las cuales se podría prescindir a pesar de su común y general uso: de inmediato hizo arder un par de zapatos y luego con risa pícara salió despacio sobre su sillón de ruedas, el cual usaba desde que le amputaron las piernas.

– Un rico zapatero, magnate de las pieles que gobernaba el mundo, habló por vez primera con seres del espacio y su única pregunta fue si había por sus predios algo de su negocio, le dijeron que no y el hombre, que pensó librarse de toda competencia, se gastó una fortuna para emigrar allende las estrellas.Fue duro descubrir que sus nuevos clientes solo tenían aletas.

– Un hombre amaneció como el tipo más rico, dueño de cuanta cosa existiese en el mundo, sin límites a gustos, sin precisar dinero, sin apuros ni metas; sin citas o reuniones; sin trabajos o fiestas que le fijaran cotos, era el último humano, el final de su especie.

– Una mañana cualquiera, en todos los hospitales, pueblos, aldeas y suburbios, comenzaron a nacer niños iguales, como nacen iguales los críos de los peces o de los gorriones, con apariencia idéntica y sin otra salida para ese atolladero, por vez primera en la historia del hombre, serían los sentimientos y la inteligencia los dueños absolutos del amor y del odio.

– Un Inca, despreciado por su escaza fortuna y su apariencia, fue sepultado en una humilde fosa junto a un amuleto de piedra, sin ceremonias, ni ofrendas, lejos de los lujosos espacios reservados a los de alto rango , que según suponían serían seres eternos testigos de su tiempo. Al pasar  los siglos, los saqueadores de tumbas y los aludes,  borraron el imperio, luego los arqueólogos solo encontraron los restos de una fosa, con una osamenta intacta, sin lujos ni reliquias, junto a un amuleto de piedras, y el esqueleto se convirtió al instante en la muestra más célebre, sin dudas el Inca más famoso.

– El Caballero Ostra se moriría si no escuchaba el susurro de una ola. Los niños lo encontraron en medio de la sabana y comprendieron que el mar estaba demasiado lejos para caminar hasta él. Dejarlo allí también significaba su fin; no había más remedio que volar, pero los niños no tenían alas, ellos aun así, saltaron desde la copa de un árbol y sin saberlo descubrieron la poderosa magia del Caballero Ostra.

Nunca desprecies lo pequeño o de lo contrario no encontrarás lo grande.

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YO QUIERO LO QUE TENGO

Motivado por la celebración el pasado 20 de noviembre del día Mundial del Niño – El Día Universal del Niño fue instaurado en 1954 por la Asamblea General. El 20 de noviembre también marca la aprobación de la Declaración de los Derechos del Niño (1959) y la de la Convención de los Derechos del Niño (1989) – y la reciente publicación de algunos datos que develan estremecedoras realidades de la niñez en el planeta, las cuales no citaré pues muchos medios las tienen en sus páginas impresas y aparecen en numerosos artículos digitales, he querido escribir estas líneas que parten de la íntima experiencia de mi vida, de las cosas que veo y que disfruto, de las carencias a que me enfrento y de los retos.

Quiero comentar sobre algunas cosas que han o no han podido tener mis dos hijas, nacidas ambas en medio de las duras limitaciones del Periodo Especial y afectadas como tantos niños cubanos por el bloqueo más largo y criminal que recuerde la historia moderna de la humanidad.

Mis niñas, una de ellas supera ya los 18 años, no han acumulado nunca muchos pares de zapatos y alguna que otra vez solo han tenido uno, no saben de las marcas o los modelos más usados en el mundo, pero no andan descalzas y no han tenido amiguitos que falten a las clases por carecer de ellos o que caminen descalzos por alguna avenida.

Mis niñas, sin mochilas vistosas, han podido llevar siempre todos sus libros y todas sus libretas, entregadas puntualmente a millones de alumnos, sin que los padres paguemos por ellas un centavo.

Mis niñas, no tienen celulares y miran la TV en un común equipo de pequeña pantalla, pero están vacunadas contra 14 males que diezman a millones a lo largo del mundo.

Mis niñas, no acceden con frecuencia a golosinas caras o a ricos chocolates, pero ambas están vivas porque en algún momento las atendieron médicos que nunca preguntaron si podríamos pagar después del tratamiento.

Mis niñas no llevan de merienda las cosas que les gustan, ni comen el las tardes los platos preferidos, pero siempre han llegado después de sus sesiones, caminando tranquilas por estas calles nuestras, con baches y con lodo, pero con menos riesgo que otras calles del mundo.

Yo quiero que mis niñas tengas zapatos buenos, excelentes mochilas, modernos celulares, una TV más grande, confituras con crema, comidas atractivas, pero que no conozcan a los niños descalzos, que les sigan llegando los libros y cuadernos, que no falten vacunas gratuitas y efectivas, que las curen sin prisa y sin pedir dinero, que anden por estas calles sin temor y sin balas.

Mi isla no renuncia a todas esas cosas, ahora bien, la pregunta: En este mundo loco, injusto y agredido ¿Cuántos ya completaron, para todos sus niños, esos buenos deseos?

Mi noche Boca Arriba

Resulta curioso y quizás solo sea una percepción muy individual, pero cuando vamos creciendo, siento que poco a poco dejamos de mirar la estrellas, absortos de la rutina que nos corroe el alma como el óxido a los viejos hierros, casi olvidamos ese techado maravilloso que late sobre nosotros, recordándonos a cada instante la inmensidad de un universo donde apenas somos un punto indistinguible.

De niño pasaba largas horas contemplando el cielo, sentía verdadera pasión por los astros y sus misterios, leí cuanto pude sobre las estrellas, las pléyades, las constelaciones, los agujeros negros y todo lo que olía a cosmos. Perseguía los libros de física recreativa o de astronomía popular, interesantes y despejados de las fórmulas y números complejos que pueblan los textos especializados en la materia; al fin y al cabo yo no buscaba información para volverme experto, lo hacía por pura sed de conocimiento, movido por esa curiosidad, que si bien mató al pobre gato, también es cierto que ha sido el motor que ha movido a la ciencia en el devenir humano.

Nací y me crié en pleno campo, donde la tranquilidad de las noches sin luna permitía divisar hasta la más ínfima reverberación de ese enjambre cautivante que podemos ver a simple vista con solo mirar hacía arriba. Me doté de un pequeño telescopio y acompañado de algunas cartas astronómicas y mapas estelares, aprendí a diferencias las constelaciones y dentro de ellas los puntos más notables, sus nombres y sus distancias asombrosas.

Pasaba horas en complicidad con aquella lejanía inconmensurable, imaginando vidas remotas qué quizás existan y nunca lleguemos a descubrir. Estoy seguro que mis primeros sentimientos poéticos aparecieron atizados por amores adolescentes y miradas al cielo nocturno.

Quienes no han tenido la oportunidad de pararse unos segundos en medio de la campiña, alejados de las luminarias de la ciudad y solamente acompañados por la serenata nocturna de los insectos, han perdido la extraordinaria ocasión de presenciar la única muestra instantánea y visible del pasado, pues eso que nos aplasta por su grandeza y misterio, no es más que la imagen pretérita de un cielo antiguo, teniendo en cuenta que lo que vemos hoy es lo que fue hace mucho tiempo, cuando la luz salió de aquellas estrellas hace cientos o miles de años; así, por ejemplo, la famosa estrella polar que vemos ahora, es solamente la imagen de lo que fue ese cuerpo celeste cuando Cristóbal Colón descubrió América, es decir que cuatro o cinco generaciones delante de la actual, serán nuestros descendientes más lejanos quienes puedan observar dicha estrella tal como es hoy (la polar está a más de 400 años-luz de la tierra).

Prácticamente nada de lo que vemos allá arriba es como lo percibimos en ese instante de mirar y sorprendernos, incluso el sol que nos alumbra cada mañana, solo se hace visible después de siete minutos de haber salido.

Anoche, mientras caminaba de regreso a casa, entre las destellantes luces de las altas farolas, logré percibir el encorvado esqueleto de la Osa Mayor y esa sensación de pesar que nos ocupa cuando nos damos cuenta que hemos dejado de visitar a un viejo amigo por demasiado tiempo, me invadió con nostalgia y descubrí que, entre otras cosas que nos ponen adultos, olvidar la estrellas nos hace más viejos.

Me prometí hacer un alto en el camino, y tirado de espaldas sobre la hierba, en perfecta confabulación con mí pasado; mirar las estrellas, explosivas y mortales; cómplices y paridoras de las más perfectas musas, cuajadas de las interrogantes más antiguas y de los descubrimientos por venir, así lo haré hasta llenarme de ellas y saldar esa deuda.

EVITE SER CLONADO, SEA USTED MISMO

La identidad personal no es solo la huella irrepetible en el pulgar, es mucho más que eso, es la hermana gemela de la autoestima y la madre de nuestra condición humana. Sin ella nuestro lugar en el mundo estaría relegado a la función de copia, sin que jamás nadie pudiera reclamar para sí el mérito de ser original.

Un viejo adagio tiene la sabiduría de una sencilla definición: Cada persona es un mundo, y es algo tan real como las rocas. Pero ¿todas las personas amamos  y alimentamos permanentemente la identidad que nos diferencia? No siempre sucede y muchas veces el mimetismo o la tendencia a seguir patrones foráneos nos invade como un virus silencioso que va ocupando el espacio de nuestro YO; para intentar clonar dentro de él, los gustos, las preferencias, las aspiraciones y las metas de alguien ajeno.

La mayoría de las veces el copiado sucede con el consentimiento de la persona, que lo busca y lo propicia en su afán de parecer distinta, de estar a la moda aunque la moda en nada le ayude, de ganar la competencia banal de las apariencias y escapar de un mundo interior empobrecido, que se quedó como la planta mustia en espera del agua que la habría puesto fuerte. Poco a poco, el mal se extiende y el secreto gustoso de la originalidad se pierde, el alma se trasforma en un espejo donde borrosamente se refleja otro ser.

De nuestros ojos hacia dentro debemos aprender a mirar con mayor agudeza, a razonar sobre lo que somos y lo que es más importante, lo que podemos ser. Nuestros gustos, costumbres, planes; los fines que nos hemos propuesto para el minúsculo tiempo que nos ha otorgado la vida, han de llevar el sello particular que nos distinga.

No gastemos nuestras energías en desterrar la risa que nos divierte, la broma que nos levanta el ánimo, la forma de querer o ser queridos; los defectos, esos que luchamos por vencer pero que son al fin nuestros defectos; los temores, que a fuerza de encubrirse no se extinguen, los desconocimientos y los pecados que nos hacen humanos.

Tenemos todo el potencial para sentirnos diferentes, respetando a los que también resguardan sus diferencias. Hemos de andar por la vida sabiendo que el futuro es una armazón por ensamblar y las piezas se ocultan en cada acto del presente, hagamos de nosotros mismos el reto más alto, la cumbre a la cual debemos llegar para sentirnos en verdad satisfechos.

PEQUEÑOS CORAZONES TERRORISTAS

 

Cuba debe ser castigada, es el mensaje político más claro y brutal que ha recibido nuestro pueblo durante estos 50 años, de parte del gobierno de la nación más poderosa del planeta.

La indoblegable isla-dicen- es un peligro para la seguridad nacional del país más fuertemente armado en la historia de la civilización, dentro de nuestras costas ellos han diagnosticado la presencia de amenazas terroristas que de inmediato tienen que ser enfrentadas con aplastante rigor, sus sofisticados sistemas de espionaje y supervisión fueron capaces de percibir aquí, la existencia de “Pequeños corazones terroristas”.

Con todo esmero, el aparato endemoniado del Bloqueo se ha dado a la tarea de poner hombres y dinero en función de librar al pueblo de los Estados Unidos de “ese terrible mal” que se esconde amenazante en el pecho diminuto de los niños cubanos portadores de esos corazones enfermos, que según esta filosofía imperialista, deben ser combatidos, en vez de ser curados.

La Oficina del Tesoro de los Estados Unidos destinada a esta macabra tarea (OFAC) advierte en su página WEB lo siguiente: “Ningún producto, tecnología o servicio puede ser exportado de Estados Unidos hacia Cuba, ni directamente ni a través de un tercer país(…) sin una licencia específica de la OFAC”

Muchos pueden ser los ejemplos a citar sobre el dolor y zozobra que las familias de estos niños padecen casi a diario a causa de este cruel actuar por parte de quienes se autoproclaman paladines en materia de derechos humanos.

El latido diminuto de estos frágiles corazones, produce un eco retumbante que no conviene ser oído por aquellos que fuera y dentro de Cuba, solo atinan a escuchar el tintineo de las monedas con que se paga la difamación, la mentira y el odio alojado en los verdaderos Corazones Terroristas.

EL PUNTERO

De memoria
aprendí el dictado esquemático sobre el bien y el mal.
Una lección escolástica llena de grietas enormes
que simulaban dibujos caprichosos
en la pared levantada por los supuestos sabios.
Con el golpe de un puntero de roble
(o de pino, no logro recordar el tipo de madera)
se practicaba el supuesto milagro de enseñar ciertas cosas,
que atadas a una roca se hundían en el cerebro
con su enorme secuela de prejuicios y odios.

Se daba por cierto e inquebrantable el poder de los poderosos;
la virilidad de los viriles;
la debilidad de los equivocados;
la perfección de los perfectos;
la visión de los preclaros, que eran a su vez
los dueños del puntero (de roble o de pino)

De memoria
me inoculé la fórmula de las partes exactas
para que todo encajara sin bordes chanflones,
evitando el daño que produce en los barcos
la necia maniobra de navegar en contra.

Con el tiempo retornó el puntero
trepanando los sesos,
exorcizando algunos quistes de sueños peligrosos
que versaban sobre hombres de carne y de huesos partidos,
con fracasos y planes demasiado arriesgados.
Cuando miro este mundo de mortales bien muertos,
descubro que al puntero (de roble o de pino)
se le quebró su punta aguda e imperfecta.

MIS LIBROS EN EL ÁMBAR

Sobre el número siete se han tejido leyendas, mitos, supersticiones y todo tipo de creencias, algunas de ellas de carácter universal. Todo cuanto se quiera escribir en este sentido podría resultar redundante y en cierta forma carente de originalidad, siempre y cuando no esté acompañado de otros puntos de vista o de algo que a nuestro juicio también tenga cabida en el afamado numerito.

Yo me aferraré al guarismo para enumerar algo que particularmente me parece de hondo significado emocional y por qué no, de profundo carácter cultural. Me refiero a los libros, a esos compañeros entrañables de tantos momentos; que son capaces de guardar el rastro fósil de nuestros mejores años, como ámbar petrificado con el paso del tiempo.

Mi vida no habría estado completa sin los libros, no podría ahora rememorar con gusto esos pasajes íntimos donde flotaba imaginariamente y en dependencia de la edad y las lecturas: soñé, sudé mis manos o extravié los horarios rutinarios para perderme en el mundo imaginario de los personajes.

Cada uno de los textos que han ganado un espacio entre estos siete elegidos por mi memoria, marcan una etapa en mis gustos y estoy seguro coincidirán con las preferencias de miles de personas que en similares momentos se zambulleron también en esas páginas maravillosas.

Debo aclarar que no me considero una persona de alta cultura, ni presumo de haber devorado los más exquisitos clásicos del mundo literario, sencillamente soy y seré un lector empedernido a quien los libros, con sus olores a complicidad y silencios nocturnos, me suelen embrujar y me dan calma.

Mi primer libro de cierto calibre, más allá de los volúmenes de cuentos infantiles que me acompañaron invariablemente durante toda la infancia, lo leí al comenzar el 7mo grado; se trata de “La Isla Misteriosa”, del francés Julio Verne, una lectura afín con esos años de adolescencia en que la imaginación es fértil y las energía son muchas, esa novela me despertó el interés por ese autor del cual creo haber leído todos los títulos a que pude tener acceso.

Mi segundo libro (siempre recordando mi peculiar lista de siete) fue de temática policíaca “El asesinato de Roger Ackroyd” de la escritora británica Agatha Christie, dotado de uno de los finales más sorprendentes que algún libro de este genero pueda contener . También en este caso esa primera lectura destapó la avidez por otros muchos de similar contenido.

Mi tercer libro me introdujo en la literatura cubana, se trató de JOY, para mi entender toda una joya del contraespionaje, en realidad una lectura notable que me trae a la memoria los primeros años de la década del 80 del pasado siglo.

Mi cuarto libro vino a mis manos arrastrado por el influjo del tercero, este no es de un autor cubano, es obra de un escritor de la extinta Unión Soviética; su título; “A solas con el enemigo” de Yury Dold-Mijáilik .

Mi quinto libro, fue todo un acontecimiento, se inició con él lo yo he dado en llamar el despegue hacía la plenitud del gusto, lo disfruté en mi más temprana juventud y guardo muy gratos recuerdos alrededor de su lectura: “Cien años de soledad”, para el cual sobra todo comentario.

Mi sexto libro, lo considero como una obra más madura y cautivante, espléndida e indagadora; que me obligó, junto a otras de su mismo autor, a esforzar mi intelecto: “El siglo de las luces” de Alejo Carpentier.

Para el número siete, está reservada en esta cronología de mi propio tiempo, una novela que imperdonablemente demoré mucho el leer, pero nunca es tarde si la dicha es buena, así que cierro con la irrepetible creación de León Tolstói, “La Guerra y la Paz”

Hasta aquí mi enumeración, reitero que ella esta conformada por la emotividad y los sentimientos, mucho más que por el carácter extraordinario o especial que puedan tener o no estos libros, ¿y usted, ya pensó en su propia lista?

¿QUIÉN NO HA TENIDO UNA DUDA?

A veces somos presas de la duda, como duende capaz de hacer heridas. Su presencia es tenaz y va creciendo sin importar los muros que fabriquemos o la supuesta fuerza que hayamos acumulado para enfrentarla. Su persistencia flanquea razones y argumentos que pensábamos firmes e inamovibles

Aparece como nacida de una chispa insignificante, que se prende en el regazo de una relación personal; en los argumentos de quien solía convencernos; en la mirada que hasta ayer casi no nos decía nada y ahora nos taladra el pecho y nos ruboriza el rostro; en la espera de la promesa incierta y en los pasos temerosos de los que marchan a nuestro lado.

La duda es la señora del andén, ante la cual siguen de largo los mejores trenes y ella no atina a montarse en ninguno, es la que levanta las velas de los preguntones y los experimentos de los buscadores.

La duda, puede ser razonable y como el breve sorbo de café, levantarnos el ánimo o puede ser perniciosa y destruir cimientos para toda la vida.

La duda ,
con su punta de uranio
y el mimetismo secreto de los bichos
entra por los poros del temor,
flanquea razones,
desata los guardianes que han callado
con el mutismo de los inseguros,
se adueña de verdades mal contadas,
de mentiras perfectas,
de sospechas.

Y después… la duda,
me quiebra el esqueleto de lo cierto
y esa osamenta inútil
se amontona indefensa sobre el lecho,
un amasijo sin pasos que profanen las hojas
cuando al fin del camino nos espera
la evidencia dañada por los titubeos.
Repto por el lodo de mis miedos
ciego y confuso,
creyendo ver los enemigos.

La duda,
cohabitando detrás de mis dos ojos
como un lente gris,
mientras se gastan los colores de la tarde.
Encuentro inútil fabricar pinceles
o disfrutar la impredecible luz del crepúsculo.
Yo mismo soy grisáceo
y reniego a tener otros matices.

La duda,
grande como la cruz
que rechina en las espaldas de los pagadores,
cercena los tobillos,
mientras los abrojos se adueñan del camino
y el secreto final se hace perpetuo.
Quizás pudo saberse la verdad.
Quizás no hubo verdades.
Solo que esta vez
no habrá certezas.

CRÓNICAS DEL PUEBLO VIEJO IX

 

LAS MESAS DEL DOMINÓ

En todos los pueblos de nuestro país, formando parte de las tradiciones más representativas, se pueden encontrar en cualquier esquina; en plena calle; en portales o en espacios habilitados para este fin, a los jugadores de Dominó, los que en muchos casos hacen de este entretenimiento un ritual con horarios y asistentes permanentes.

Había en el pueblo de mi infancia un conjunto de mesas de metal, fijas en el piso de lo que antes fue un almacén para piezas del Central Azucarero, alrededor de las cuales y sembradas también en el cemento añoso, se colocaron banquetas de asentaderas redondas y herrumbrosas por la acción corrosiva de la intemperie.

Allí cada “Curul del Dominó” pertenecía a un consagrado de aquel entretenido esparcimiento y entre el bullicio de fichas revueltas, se alzaban las voces coléricas o jubilosas, según el resultado de la partida; sin embargo, lo más interesante era la variedad de personajes y de temas que eran debatidos en tan singular peña.

Recuerdo a Julio – un viejito canoso y pequeño que mostraba sus manos surcadas por los negros aceites de las maquinarias del Ingenio – que se volvió célebre entre la colectividad de jugadores y “mirones” como yo, por su locuacidad y modo pintoresco de hacer historias que iba contando en la medida que avanzaba el juego, con la suficiente habilidad para no perder la concentración que cada jugaba demandaba.

A él le escuché muchas anécdotas, pero la notoriedad de algunas fue tal, que al pasar los años todavía las recuerdo con lujo de detalles, sobre todo aquellas en que describía sus andanzas de la juventud cuando decía ser un personaje muy dado a las chanzas y a organizar bromas que tocaban la perfección.

Decía Julio que en una de esas guasas, había puesto a llorar a uno de esos personajes que se burlan de los males ajenos, parapetados en una autosuficiencia de grandes dimensiones. Según contaba, muchos años atrás coincidió con el referido sujeto en una campaña de siembra de caña, allá por los recónditos campos conocidos por “Atascadero”, nombre originado por los intransitables caminos en tiempo de lluvias. En el lugar y reunidos en un albergue sin luz eléctrica, pasaban largos ratos de la noche enfrascados en enconadas partidas de dominó.

En la cocina donde se aseguraba la alimentación de los movilizados, laboraba un anciano de escaza vista que hacía un gran esfuerzo por servir lo mejor posible, pero que al verse traicionado por su escaza visión cometía uno que otro fiasco a la hora de poner los comestibles en las bandejas. Todos comprendían y toleraban las fallas, menos el autosuficiente nombrado Lázaro, quien reprochaba al humilde empleado ante el más mínimo desliz.

Una noche, justo antes de armar la mesa donde se protagonizaban las partidas doministicas – según narraba Julio – aprovechando el persistente sueño de Lázaro que se dormía nada más iniciado el juego y en el cual no tomaba parte pues decía “no tener rivales”, él convocó a todos los albergados, con la excepción del “dormilón- engreído” y les propuso una broma como escarmiento a su repudiada actitud con el pobre viejo del comedor.

En cuestión, la idea consistía en que una vez iniciada la partida y cuando el susodicho callera en brazos de Morfeo, apagarían las farolas de queroseno, sin avisar a Lázaro, propiciando una oscuridad en la que era imposible descubrir un dedo a un palmo de la nariz. Ya habían comprobado que en aquellas soledades, cuando se extinguían los reflejos de sus rústicas luminarias, nada de claridad penetraba en el recinto, generando una sensación de aprieto y desespero que se remediaba cerrando los ojos y esperando el día, porque con las estrellas no se podía contar debido a las densas nubes que las cubrían.

Así lo hicieron y un instante después del apagón intencional, lanzaron una de las fichas de dominó con inusitada fuerza sobre la mesa y aparentaron que el juego seguía con toda normalidad, convencidos de que el dormilón había despertado y se encontraba confuso ante semejante negrura. Todos continuaron con el guión previsto; unos comentaban de temas afines a las jugadas; otros fingieron leer algo en voz alta.

Contaba Julio, que el autosuficiente que tanto de mofó de la débil visión del anciano, comenzó a entrar en pánico y con desespero exclamaba: “Caballero, ¿ustedes apagaron la luz?” pero los demás, aguantando con dificultad la risa, seguían fingiendo que nada ocurría y procedían con aparente normalidad alrededor del juego, entonces el hombre sumamente nervioso y casi llorando gritó: “Contra, ¡estoy ciego, compañeros, estoy ciego!, por favor que alguien me ayude”, sin embargo; prosiguieron con la farsa unos minutos más hasta que el desesperado estuvo a punto de infarto, entonces el viejito del comedor prendió un fósforo frente al rostro lloroso de Lázaro, que no amaneció en el campamento.

EL COLMILLO DEL JAGUAR

Itzam, el alfarero, despertó como si el corazón de una liebre le galopara en el pecho, su agitación era causada por una de esas pesadillas con extraordinarios visos de realidad que provocan confusión y pánico. El sobresalto, originado por la ensoñación, no le dejaba recordar muchos detalles, sólo imágenes sin sentido, que lo ubicaban en un sitio extraño donde permanecía inmóvil mientras decenas de ojos lo observaban con curiosidad.

No pudo entender absolutamente nada de lo soñado, porque era hombre sencillo y de escasa cultura y en su bregar nocturno por los vericuetos del sueño se encontró con un mundo de cosas increíbles, cristales de una transparencia inexistente, techumbres blancas con una perfección divina y personas o dioses mirándolo fijamente; mientras él, en medio de su rigidez, no podía mover una pestaña.

Se fue ese día más temprano al taller, pasando antes por la barraca del chamán para contarle su historia y pedirle consejos. El adivino, organizó una ceremonia de poca monta, acorde con la pobreza del que se consultaba, saltó un par de veces, gesticuló con furia y luego de un breve silencio le dijo que se cuidara de los malos ojos, dándole un amuleto fabricado con piedras y el colmillo de un jaguar.

Itzam creía profundamente en los resguardos del hechicero, a pesar de sentir la humillación por el trato recibido. En ese mismo lugar, unos días antes, había presenciado la visita de un rico propietario de campos de maíz. El hombre contó una pesadilla de menos rigor que la suya y en cambio recibió para su protección una fina mascarilla de oro.

El alfarero anduvo triste por el resto del día, hacia bastante tiempo que no era un hombre alegre. Antes de cumplir los 40 años sentía ansias de convertirse en una persona famosa, esa era toda la razón de su existencia, lo intentó como guerrero pero en el primer combate le fracturaron las piernas y salvó la vida de milagro, entonces desistió de esta idea y pensó que la fama podría llegarle en la navegación, fabricó su propia canoa y armó una pequeña expedición; dos día después de zarpar fue sorprendido por una tormenta y naufragó, faltando poco para que muriera en las arenas de su propio pueblo. Pensó incluso en ser músico, pero ni siquiera lo intentó. Por fin al arribar a su cuarto decenio, se dio perfecta cuenta de que se agotaba el tiempo y cada vez era un ser menos notorio.

A la noche siguiente de su primer sueño, puso el hombre su amuleto debajo de la almohada, para espantar la recurrencia de la pesadilla y rogó, como cada día, para que sus dioses le dieran la oportunidad de alcanzar la fama. El resultado fue espantoso, sufrió alucinaciones aún peores; a las misteriosas miradas aparecidas en su primera ensoñación, se sumaron otros detalles tenebrosos que en esta ocasión, por desgracia, pudo recordar una vez despierto. Nuevamente brotaron, en los letargos de la pesadilla, aquellos ojos ajenos, con sus miradas irritantes, a lo que se añadía un frío similar a los diciembres de su aldea y muchos destellos pequeños y refulgentes salidos de objetos de un brillo metálico, que eran portados por hombres y mujeres de raro aspecto.

Entre sudores y palpitaciones esperó el amanecer. No bien habían comenzado a cantar los gallos y ya estaba en pie, listo para visitar otra vez al chaman. Este último lo recibió de mala gana y semidormido, pero escuchó el relato con un poco más de interés que la ocasión anterior y luego le dijo que había tenido una premonición, un pasaje rápido de algún deseo que se volvería realidad y le aseguró que los dioses cuando de inmediato no podían complacer las súplicas que les hacían, trataban de calmar a los necesitados poniendo un atisbo del futuro en los sueños, una especie de adelanto del pedido que luego cumplirían.

El pobre hombre estaba totalmente confundido. Cómo diablos podían los dioses estar enviando señales tan poco relacionadas con sus aspiraciones de ser un ciudadano notable, porque según recordaba no habían en sus sueños ni grandes campos de maíz, ni ejércitos bajo su mando, ni mucho menos dotaciones de canoas o minas de oro recién descubiertas. Cómo se podía ser famoso en su mundo sin alguna de estas cosas. La decisión fue devolver el amuleto al adivino e ignorar a los dioses.

Esta determinación le trajo fatales consecuencias, el Chamán se encolerizó e hizo correr la voz de semejante herejía. Itzam fue desalojado de su choza y conducido ante el Inca Mayor, sus explicaciones no fueron convincentes y su historia del sueño, con las miradas curiosas, las luces y extraños lugares, fue considerada un síntoma de locura.

Como estaba en tiempo el desarrollo de la Fiesta del Señor Sol, el desgraciado que soñó con ser famoso, fue escogido para el sacrificio ritual que debía ofrecerse en esta ocasión. Se le dio fin a su vida y como reprimenda adicional a su conducta; se colocó, junto al cadáver, el talismán al que había renunciado. La peregrinación lo llevó hasta la colina y fue inhumado en lo más alto, al tiempo que se pedían abundantes cosechas y mucha suerte para todos.

Al parecer los dioses debieron de estar muy inconformes y unos días después, comenzó a llover con fuerza inusitada, el agua no cesó un instante; los ríos salieron de sus cauces y engulleron chozas y sembradíos. Un alud arrasó el caserío sepultándolo por completo.

Siglos después prosperó por allí otra ciudad, que saltó a la celebridad gracias al cadáver mejor conservado de la historia precolombina, convirtiéndolo en el hinca más famoso, encontrado intacto en su tumba, acompañado de un amuleto fabricado con pequeñas piedras y el colmillo de un jaguar.

 

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