CRÓNICAS DEL PUEBLO VIEJO VIII

 

 

 

LA PLAZA

 Cuando era un adolescente la Plaza de mi pueblo me parecía inmensa. Fue construida allá por la década de los 80 del pasado siglo, justamente frente al Central azucarero. Ahora no logro recordar qué había antes en aquel sitio, creo que los vecinos utilizaban el espacio para poner a pastar algunas chivas y ataban allí uno que otro caballo desvencijado y con ganas de subir definitivamente al reino de los rocines, si es que este existe en el más allá.

Lo real es que mi visión del mundo se limitaba casi exclusivamente a la cabecera del municipio, donde transcurrió mi niñez y gran parte de mi juventud, eso explica  el majestuoso aspecto que ante mis ojos tenía aquella explanada asfaltada y cubierta, en tiempos de zafra, por una alfombra de diminutos restos de bagazo de caña – a lo que todos llaman “Bagacillos”-, que escapaban, como una ventisca de nieve chamuscada,  desde la chimenea del ingenio.

La plaza; a la que nunca pusieron nombre, constituía como todas la de su tipo, el centro de la vida política y cultural  del lugar, escenario de celebraciones y actos; graduaciones y conciertos; despedida de duelos, eventos deportivos y pleitos tumultuarios cuando se organizaban largas colas para comprar cerveza a granel, expendida por unos gastronómicos emblemáticos, de roscas en el cuello, colorados como alemanes y ataviados con enormes cadenas doradas, que por su peso deben haberles dejado serias secuelas  en las vértebras cervicales.

La plazoleta disponía de su estrado, bastante amplio y bien iluminado, sobre él desfilaron múltiples oradores y también artistas del patio y otros de renombre a nivel nacional, que incluían al municipio en sus giras por el país. Las anécdotas de aquella época, en que era asiduo participe en las convocatorias para el lugar de marras, afloran en mi mente acompañadas del inconfundible olor a guarapo y mieles de azúcar.

Alrededor de aquel sitio orbitaron muchos sucesos que engrosaron al acogedor mundo de mis recuerdos y  vivencias. En noches de Carnaval – que no entiendo por qué luego pasaron a llamarse “Fiestas Populares”, en una especie de apuro por usar sinónimos –  por allí anduve una que otra vez tratando de cautivar a mis coetáneas, completamente convencido de que la camisita que me había tocado por el cupón 14 de la libreta de abastecimiento, era un poco más especial que otras muchas de colores y formas idénticas, que se me cruzaban en el camino durante todo el festejo.

Algunas historias de las acontecidas en aquel natural teatro de la vida, sobresalen y conservan la suficiente hilaridad  como para recordarlas en detalle. No podré olvidar  al funcionario de una instancia superior que se aprestó a pronunciar un discurso en las conclusiones de algún tipo de cónclave local, el hombre traía un legajo pulcramente mecanografiado y demasiado extenso para el sol reverberante de las cuatro de la tarde.

Con solemnidad pronunció la clásica frase de “Compañeros y Compañeras”, pero en el justo momento en que iniciaba su disertación; las válvulas de escape, que funcionaban cuando el exceso de vapor se acumulaba en las calderas del Central, abrieron sus fauces y un estridente silbido, como era común en esos casos, convirtió a los asistentes del acto en una multitud de sordos; sin embargo, el hombre no se inmutó, continuó su arenga  ante los rostros apenados de la presidencia y burlones del público. Minutos después, también como era normal, la salida del vapor se detuvo tajantemente; todo quedó envuelto en un silencio extraño roto por la voz sofocada del orador a quien se escuchó decir: “Muchas Gracias”, dándole fin a una alocución que nadie pudo oír y ante la que todos aplaudieron con cortesía y gestos de sorna.

Unos años antes de aquello, que terminó quedando en el acervo popular como el discurso secreto, también ocurrió en este propio emplazamiento una peculiar confusión. Temprano en la mañana de un día cuya fecha olvidé, las autoridades del territorio recibieron, del oficial nocturno  que hacía su guardia en la sede del gobierno, la noticia de una llamada “de arriba” anunciando la llegada matutina del “Embajador de Corea”.

De inmediato fueron movilizados a La Plaza los colectivos laborales y estudiantiles que resultaron de más fácil aviso, se improvisaron algunos carteles con textos sobre la amistad entre ambos pueblos y como el notición fue dado a las 8:00 AM y el arribo del ilustre personaje sería a las 8:30 AM, nadie atinó, en medio de esa premura, a realizar alguna llamada para comprobar la afectación.

Justo a la hora indicada para el desembarco del diplomático y en medio de la impaciencia nerviosa de los que, trepados en la plataforma, presidirían el agasajo, alguien trasladó a estos la solicitud de un señor de overol azul que había llegado conduciendo una vieja camioneta, el cual  insistía en ver a las máximas autoridades, fue tal la matraca del recién llegado que con gesto nervioso el dirigente principal hizo un alto en su espera, bajó del podio y fue a ver al majadero mecánico que nadie conocía.

¿Quién es usted? , preguntó con sequedad al del overol y este con asombro respondió con otra pregunta: ¿Es que usted no fue avisado? ¿Avisado de qué?, dijo el otro. “Pues de que hoy corresponde a este Central la revisión que hago como único especialista en la correas de las máquinas, yo soy el Empatador de Correas. Menuda algarabía se armó cuando los soleados asistentes fueron discretamente avisados del error y de que el anunciado “Embajador de Corea” no era otro que el viejo llegado con el título de “Empatador de Correas”. Ni hablar de los análisis con los responsables y del desagradable descubrimiento de que, el guardia de la noche del anuncio, era prácticamente sordo.

Muchas otras cosas se podrían contar de  La Plaza, en ella fui testigo de momentos de alegría como la ocasión en que el equipo local de Béisbol ganó el campeonato y todo el pueblo fue a festejarlo; también viví situaciones menos venturosas, dentro de estas,  una que nunca olvido fue cuando mis amigos, en una noche de fiesta, me descubrieron sobornando al operador de audio, con dos bocaditos de puerco asado, para que pusiera una tras otra, cuatro canciones de José José, única forma que yo tenía de sacar a bailar a la muchacha de mi interés, quien era por demás, experta en eso de la música salsa.

Ahora ya no vivo en aquel lugar. Cuando realizo esporádicas visitas al terruño, siempre me detengo unos instantes a mirar La Plaza, experimento entonces la sensación de observar a una vieja amiga a quien los años le han caído encima y le faltan los retoques, que en medio de su vetustez, le devuelvan algo de lozanía.

De todas maneras yo sigo añorando aquel rinconcito, que ya no me parece tan amplio luego de ver algo más de mundo. Quisiera llegar allí alguna madrugada y sentir las frías lloviznas provenientes de los enfriaderos de agua del ingenio, respirar el pegajoso aliento eructado por el Central,  cerrar los ojos para escuchar los trenes con el repique de sus vagones, en perfecta sintonía con el enjambre de personas sencillas y amistosas que trasnochaban hasta el amanecer.

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Publicado el 30/10/2012 en Narrativa. Añade a favoritos el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. Gracias por compartir tan buenos recuerdos. Por favor anìmate a escribir otras anécdotas que sabemos tienes guardada, y en estos dìas de RECUPERACIÒN, bien agradeceríamos.

  2. Nene, es Hanoi. Yo estoy suscrito desde el primer día, solo que aparezco como Harol. Disfruto mucho de tus escritos, excelentes, muy descrptivos, con su cuota de cubaníaaún i se trata hablar de no buenos momentos. Ojalá y hagas algún trabajo sobre historias en los Festivales Mundiales de la Juventud y los Estudaintes. Por cierto a cuántos has ido? Un abrazo, Hanoi

  3. Amigo,un respetuoso saludo,me parece muy interesante tu obra,tus escritos excelente,felicitaciones,continúa y no te detengas,un abrazo: Lorianne.

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