CRÓNICAS DEL PUEBLO VIEJO (V)

EL CEMENTERIO

No siempre este lugar tiene que estar tristemente asociado al llanto y al dolor, pues si bien es cierto que morirse es un lío terrible y poco codiciado, también es la pura verdad que se trata de un acto tan natural como otro cualquiera y por lógica si nos reímos en otros pasajes de nuestra atribulada existencia, también es de esperarse que surja la hilaridad en uno que otro momento asociado con la señora de la guadaña.

El camposanto de nuestro pueblo no pasa de ser un sencillo lugar de veneración y respeto; de temores para los que aún se asustan de los muertos a pesar de las constantes diabluras de los vivos; de efervescente congregación los días de las Madres; en fin, que su singularidad, no le llega tanto como santo lugar, sino por algunas cosillas allí acontecidas.

Desde pequeño, por funestas razones de familia, asistí al Cementerio con bastante frecuencia y más de una vez presencié las despedidas de duelo, en las que ineludiblemente aparecían términos y frases que, salvando la tirantes del momento, eran causa de disimulada burla entre los menos allegados al difunto.

Siendo un adolescente, tomé parte en las palabras que acompañaban el postrero homenaje a un funcionario público que pereció producto a un lamentable accidente del tránsito. El pobre hombre fue atropellado por un auto de los que ahora se conocen como “Almendrones”.

La cuestión fue, que el designado para el discurso fúnebre era un conocido arengador en mítines y actos políticos, un camarada de altos valores humanos pero un poco extremista en eso de no dejar pasar la menor oportunidad para torcer sus alocuciones y llevarlas a toda costa hacia el campo de la confrontación con el enemigo.

El discursante, como era su costumbre, trajo impecablemente escritas sus solemnes palabras. Trepado sobre el pequeño estrado que se colocó para la ocasión y en medio de ese silencio sobrecogedor que se instala en este tipo de congregación, hizo gala de sus dotes predicadoras y más de uno de los presentes sintió la emoción del momento mientras algunas señoras vertían sus lágrimas.

Pero casi al final de la disertación, el funcionario se mostró en verdad emocionado y en un inesperado cierre para su sosegado discurso, exclamó de manera inexplicable: “ No olvidemos que una vez más la mano temible del capitalismo se lleva a uno de nuestros compañeros …” . Aquello hizo levantar la cabeza a la gran mayoría de los dolientes, quienes extrañados creyeron que al hombre se le había confundido la última hoja de su legajo y estaba dando lectura a las palabras escritas para otra ocasión.

Pero al notar que la cosa no era de equívocos, un allegado al occiso le susurró con voz entrecortada: “disculpe, pero a Mariño lo chocó una máquina”, ante esta dura y real aclaración, y para sorpresa de todos, el orador elevando aún más la voz, con el brazo en alto y los ojos fijos en la lejanía, sentenció: “ Si, es cierto, pero no debemos olvidar que lo mató un Chevrolet, fabricado en Estados Unidos en el año 54 y es indiscutible entonces, que su muerte fue obra del capitalismo¨.

El Cementerio, tuvo por muchos años a un único sepulturero, hombre de manos callosas, andar lento y con una inseparable botella de aguardiente que le resultaba el más eficaz amuleto para espantar los miedos y supersticiones. Creo que su nombre era Justino, pero todos lo conocían por Tino.

De Tino se contaban todo tipo de historias, decían que había visto más de una vez a alguna que otra alma en pena y que escuchaba lamentos que salían de no se sabe dónde cuando caía la tarde; sin embargo, lo que más notorio hizo al zacatecas fue la vez que se quedó dormido en su casa luego de una soberbia borrachera y no acudió temprano a dar sepultura a un desafortunado que, embalado en su ataúd y con todos sus familiares alrededor, quedó tendido al sol hasta bien entrado el día.

Aquello suscitó la queja indignada de los afectados que reclamaron reprimendas para el responsable de tal indolencia, ante lo cual se convocó a un análisis donde las autoridades del territorio indicaron a los jefes del encartado la aplicación de una medida disciplinaria acorde a su falta.

De esto resultó, que una comisión creada a tales efectos decidió que al olvidadizo sepulturero le correspondía, luego de exhaustivas revisiones de los reglamentos y de consultas con asesores jurídicos, nada menos que “Democión a un puesto de menor responsabilidad”. Cualquiera puede imaginar el reto que significaba la aplicación de la sanción dictada, ante la cual se hicieron célebres las palabras del desesperado jefe de Servicios Comunales al dirigirse a quienes le exigían concreción de lo acordado: “Caramba compañeros, pero qué responsabilidad puede haber inferior a un sepulturero, de él para abajo, sólo está el muerto”.

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Publicado el 16/10/2012 en Narrativa. Añade a favoritos el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. jajajajajjajaj Nene, definitivamente tengo dos opciones: o me mudo para tu pueblo o me voy a tomar el té en tu oficina para que me sigas haciendo las historias…genial!!!

    • Pues prefiero que vengas a tomar el té y no es que tenga nada en contra de que te mudes a mi barrio, pero frente a mi ventana, francamente se está un poco mejor,ja,ja

  2. Ahhh Nene!! Te tomaré la palabra (y el té)…en cuanto me de un saltico por la capital te doy un timbrazo.

  3. Yohselyn Ramiro Ruiz

    A la verdad que no eres fácil, eso está buenísimo pero después te ríes de las cosas de E. Castillo, si los dos son cortados con la misma tijera

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