Archivos Mensuales: octubre 2012

A PROPÓSITO DE LO PUBLICADO POR GRANMA

La noticia aparece en la portada del Periódico Granma del día de hoy “Un millón de niños africanos muere al año por malnutrición”, es una realidad aplastante como pesada roca, un disparate contra toda ética que pone al desnudo las disparidades de un mundo donde el sentido común es arrastrado cuesta abajo por la desigualdad y el reparto absurdo de las riquezas.

Qué puede justificar tan bárbaro comportamiento en los humanos, convertidos por obra y gracia de semejantes dislates, en seres cuya racionalidad es seriamente cuestionada ¿Puede ser sustentable una civilización donde, según la FAO en un informe sobre el bienio 2010-2012, un 12,5 % de la población mundial, o lo que es lo mismo, casi 870 millones de personas pasan hambre?, y es el propio Fondo para la Alimentación de la ONU, quien reconoce en su página Web que el mundo produce actualmente alimentos suficientes para todos sus habitantes, aunque muchas personas no tienen acceso a ellos.

La disparidad es alarmante y la voluntad de los poderosos para revertir tal estado de cosas es casi simbólica. Los gastos que las grandes potencias capitalistas destinan a fines militares u otras cuestiones para nada acordes con las carencias antes expuestas, son una bofetada en el rostro herido de los hambrientos y necesitados. Por solo citar un ejemplo elocuente diremos que en el año 2001 el presupuesto que destinaba Estados Unidos de América para gastos militares era nada más y nada menos que 361,3 mil millones de dólares y esta cantidad aumentó a 626,2 mil millones en el año 2010. Cuánto podría hacerse en el tercer mundo con solo una pequeña parte de ese dinero.

44.000 millones de dólares anuales, es el número mágico para “eliminar el hambre de la faz de la Tierra”, según palabras textuales del director general de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), Jacques Diouf, con sencillas operaciones matemáticas es fácil concluir que lo gastado por el imperio del norte en solo un año, mientras siembra destrucción y muerte, alcanzaría 14 veces para terminar con el sufrimiento diario de infinidad de hombres, mujeres y niños.

Cómo no sentir vergüenza de la realidad que estremece los cimientos de la cultura y la inteligencia, si las quince personas más ricas del universo tienen activos que superan el PIB total del África al sur del Sahara, justamente la región más dañada por el olvido y la deuda histórica adquirida por la humanidad con ese sufrido continente.

A simple punta de lápiz cualquiera se puede percatar de la estupidez que la ambición y el egoísmo han sembrado en las mentes de quienes pretenden gobernar el mundo, mírense esta cifras y sáquense las conclusiones más dolorosas: 17.000 millones son gastados cada año para alimentar animales domésticos en Europa y los Estados Unidos; aunado a los 35.000 millones de gastos en recreación de empresas en el Japón; 50.000 millones gastados cada año en cigarrillos en Europa; 105.000 millones gastados en bebidas alcohólicas en el viejo continente y 400.000 millones anualmente se emplean para drogas estupefacientes.

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CRÓNICAS DEL PUEBLO VIEJO VIII

 

 

 

LA PLAZA

 Cuando era un adolescente la Plaza de mi pueblo me parecía inmensa. Fue construida allá por la década de los 80 del pasado siglo, justamente frente al Central azucarero. Ahora no logro recordar qué había antes en aquel sitio, creo que los vecinos utilizaban el espacio para poner a pastar algunas chivas y ataban allí uno que otro caballo desvencijado y con ganas de subir definitivamente al reino de los rocines, si es que este existe en el más allá.

Lo real es que mi visión del mundo se limitaba casi exclusivamente a la cabecera del municipio, donde transcurrió mi niñez y gran parte de mi juventud, eso explica  el majestuoso aspecto que ante mis ojos tenía aquella explanada asfaltada y cubierta, en tiempos de zafra, por una alfombra de diminutos restos de bagazo de caña – a lo que todos llaman “Bagacillos”-, que escapaban, como una ventisca de nieve chamuscada,  desde la chimenea del ingenio.

La plaza; a la que nunca pusieron nombre, constituía como todas la de su tipo, el centro de la vida política y cultural  del lugar, escenario de celebraciones y actos; graduaciones y conciertos; despedida de duelos, eventos deportivos y pleitos tumultuarios cuando se organizaban largas colas para comprar cerveza a granel, expendida por unos gastronómicos emblemáticos, de roscas en el cuello, colorados como alemanes y ataviados con enormes cadenas doradas, que por su peso deben haberles dejado serias secuelas  en las vértebras cervicales.

La plazoleta disponía de su estrado, bastante amplio y bien iluminado, sobre él desfilaron múltiples oradores y también artistas del patio y otros de renombre a nivel nacional, que incluían al municipio en sus giras por el país. Las anécdotas de aquella época, en que era asiduo participe en las convocatorias para el lugar de marras, afloran en mi mente acompañadas del inconfundible olor a guarapo y mieles de azúcar.

Alrededor de aquel sitio orbitaron muchos sucesos que engrosaron al acogedor mundo de mis recuerdos y  vivencias. En noches de Carnaval – que no entiendo por qué luego pasaron a llamarse “Fiestas Populares”, en una especie de apuro por usar sinónimos –  por allí anduve una que otra vez tratando de cautivar a mis coetáneas, completamente convencido de que la camisita que me había tocado por el cupón 14 de la libreta de abastecimiento, era un poco más especial que otras muchas de colores y formas idénticas, que se me cruzaban en el camino durante todo el festejo.

Algunas historias de las acontecidas en aquel natural teatro de la vida, sobresalen y conservan la suficiente hilaridad  como para recordarlas en detalle. No podré olvidar  al funcionario de una instancia superior que se aprestó a pronunciar un discurso en las conclusiones de algún tipo de cónclave local, el hombre traía un legajo pulcramente mecanografiado y demasiado extenso para el sol reverberante de las cuatro de la tarde.

Con solemnidad pronunció la clásica frase de “Compañeros y Compañeras”, pero en el justo momento en que iniciaba su disertación; las válvulas de escape, que funcionaban cuando el exceso de vapor se acumulaba en las calderas del Central, abrieron sus fauces y un estridente silbido, como era común en esos casos, convirtió a los asistentes del acto en una multitud de sordos; sin embargo, el hombre no se inmutó, continuó su arenga  ante los rostros apenados de la presidencia y burlones del público. Minutos después, también como era normal, la salida del vapor se detuvo tajantemente; todo quedó envuelto en un silencio extraño roto por la voz sofocada del orador a quien se escuchó decir: “Muchas Gracias”, dándole fin a una alocución que nadie pudo oír y ante la que todos aplaudieron con cortesía y gestos de sorna.

Unos años antes de aquello, que terminó quedando en el acervo popular como el discurso secreto, también ocurrió en este propio emplazamiento una peculiar confusión. Temprano en la mañana de un día cuya fecha olvidé, las autoridades del territorio recibieron, del oficial nocturno  que hacía su guardia en la sede del gobierno, la noticia de una llamada “de arriba” anunciando la llegada matutina del “Embajador de Corea”.

De inmediato fueron movilizados a La Plaza los colectivos laborales y estudiantiles que resultaron de más fácil aviso, se improvisaron algunos carteles con textos sobre la amistad entre ambos pueblos y como el notición fue dado a las 8:00 AM y el arribo del ilustre personaje sería a las 8:30 AM, nadie atinó, en medio de esa premura, a realizar alguna llamada para comprobar la afectación.

Justo a la hora indicada para el desembarco del diplomático y en medio de la impaciencia nerviosa de los que, trepados en la plataforma, presidirían el agasajo, alguien trasladó a estos la solicitud de un señor de overol azul que había llegado conduciendo una vieja camioneta, el cual  insistía en ver a las máximas autoridades, fue tal la matraca del recién llegado que con gesto nervioso el dirigente principal hizo un alto en su espera, bajó del podio y fue a ver al majadero mecánico que nadie conocía.

¿Quién es usted? , preguntó con sequedad al del overol y este con asombro respondió con otra pregunta: ¿Es que usted no fue avisado? ¿Avisado de qué?, dijo el otro. “Pues de que hoy corresponde a este Central la revisión que hago como único especialista en la correas de las máquinas, yo soy el Empatador de Correas. Menuda algarabía se armó cuando los soleados asistentes fueron discretamente avisados del error y de que el anunciado “Embajador de Corea” no era otro que el viejo llegado con el título de “Empatador de Correas”. Ni hablar de los análisis con los responsables y del desagradable descubrimiento de que, el guardia de la noche del anuncio, era prácticamente sordo.

Muchas otras cosas se podrían contar de  La Plaza, en ella fui testigo de momentos de alegría como la ocasión en que el equipo local de Béisbol ganó el campeonato y todo el pueblo fue a festejarlo; también viví situaciones menos venturosas, dentro de estas,  una que nunca olvido fue cuando mis amigos, en una noche de fiesta, me descubrieron sobornando al operador de audio, con dos bocaditos de puerco asado, para que pusiera una tras otra, cuatro canciones de José José, única forma que yo tenía de sacar a bailar a la muchacha de mi interés, quien era por demás, experta en eso de la música salsa.

Ahora ya no vivo en aquel lugar. Cuando realizo esporádicas visitas al terruño, siempre me detengo unos instantes a mirar La Plaza, experimento entonces la sensación de observar a una vieja amiga a quien los años le han caído encima y le faltan los retoques, que en medio de su vetustez, le devuelvan algo de lozanía.

De todas maneras yo sigo añorando aquel rinconcito, que ya no me parece tan amplio luego de ver algo más de mundo. Quisiera llegar allí alguna madrugada y sentir las frías lloviznas provenientes de los enfriaderos de agua del ingenio, respirar el pegajoso aliento eructado por el Central,  cerrar los ojos para escuchar los trenes con el repique de sus vagones, en perfecta sintonía con el enjambre de personas sencillas y amistosas que trasnochaban hasta el amanecer.

PASEO POR LA MENTE DE UN NIÑO

 

Al cerebro de un niño se debe entrar por los ojos. Te quitas los zapatos para evitar los ruidos y andas en punta de píe. Debes aprovechar una mirada intensa, de esas que solo surgen antes de “Yo te quiero”, esa frase excelente que los pequeños usan de forma repetida y que ya cuando crecen se les esconde un poco y se acurruca en lo hondo del pecho como un osito dormido durante un largo invierno.

Las mentes infantiles son como recovecos, laberintos complejos pero sin Minotauros, así que debes ir atento a las señales. Son sitios inestables y un poco trastornados donde una simple roca puede ser una nave, o una semilla sucia convertirse en resguardo contra los malos sueños o los padres ausentes. La lógica es inútil y puedes desecharla, también serán baldías las razones adultas y los horarios rígidos.

Para evitar perderte en esa selva inmensa, recuerda dos principios que serán inviolables: El niño es tu pasado pero visto de lejos y será tu futuro mirándote de cerca. Ahora que ya estás listo, comienza el recorrido: A tu derecha, eso que brota como fuente y que nunca se seca, son lágrimas, le son imprescindibles para ganar batallas, para comerse un dulce, para un juguete nuevo, para la cama grande donde duermen los padres. Arriba, en lo más alto flotan las ilusiones; son frágiles, como delgados vidrios y se rompen muy fácil, con golpes infructuosos o a veces con palabras, con gestos, con acciones.

Debes tener cuidado al pisar el sendero, hay tramos movedizos a causa de las dudas, muchas veces latentes y a punto de ser miedos. Puedes hallar murallas que resultan inmensas fabricadas con bloques hechos de videojuegos, de filmes para adultos, de humo de cigarrillos y alcoholes indebidos.

Nada de lo que veas debes menospreciarlo, hasta lo más pequeño pudiera ser un sueño en pleno nacimiento. Atento con los valles que estén muy despoblados, allí se siembran libros cuando los has leído y su aridez es seña de pocas fantasías.

No ignores las señales que alertan la desidia, puede cubrirlo todo como las malas yerbas y al crecer el cerebro se secarán sus ríos y de los planes chicos quedarán las migajas.

Cuando acaba tu andanza y abandones su mente, trata de recordar el rinconcito exacto donde el niño ha situado la imagen de tus actos, casi siempre es un sitio al centro de la frente, que debe ser besado para que no se seque.

LA NOCHE MÀS LARGA DE MI VIDA

 

Acabo de llegar de Holguín, más específicamente de Báguano, municipio donde nací y donde hoy vive  mi madre y la mayoría de  mi familia, por “Causas y Azares” de la vida, estaba allá la pasada noche del 24 de octubre y madrugada del 25; allí junto a los míos esperé y resistí la furia desgarradora de un Huracán que creció como un maleficio o un hechizo malvado de la naturaleza.

La noche se cerró envuelta en los presagios de una tormenta que se avizoraba feroz, según los últimos partes emitidos por la televisión al filo de las 8.00 PM; el ulular de los altos gajos de un algarrobo y el despeinado ir y venir de un añejo cocotero, solo eran diminutos avisos de la devastadora realidad que se viviría pasada la media noche.

Los vecinos, que habitan las casas más endebles, cargaban sus pequeños bultos hacia las viviendas de mayor confort; los ancianos con los recuerdos anclados en el “Ciclón Flora” – verdugo inolvidable en la década del 60 del pasado siglo, justamente en este mismo escenario – rascaban sus encanecidas barbas o fijaban los ojos en las techumbres que podían ser hipotéticamente llevadas por los vientos.

La media noche era un concierto de silbidos a intervalos; hojillas desprendidas; gajillos fracturados por las primeras bofetadas del meteoro; sin embargo, aún funcionaba el servicio eléctrico y millares de ojos permanecían clavados en las pantallas de los TV. La aparición del popular Doctor Rubiera, fue recibida con un silencio expectante: sus palabras arrancaron comentarios de asombro y el apretón temeroso de la frágil mano de mi anciana madre, perfectamente acida a mí con ese cariño protector, perfecto y sosegado: La noticia fue apabullante, el Huracán llegaría a tierra en el tercer grado de su categoría, un torbellino con ráfagas destructoras de unos 200 Km/h.

Al finalizar las palabras del Doctor, terminó también el fluido eléctrico, cortado oportunamente para evitar males mayores. La más profunda oscuridad lo cubrió todo; la intensidad de la lluvia fue notable; las ráfagas de viento incrementaron su fuerza. El monstruo había hincado sus fauces en la vecina provincia de Santiago de Cuba, la devastación comenzaba a surcar el centro sur del oriente cubano.

Al filo de las 2.30 AM, las embestidas del viento se convirtieron en sacudidas brutales, los altos gajos de las frondas cercanas cayeron como frutas maduras. Apenas era posible ver algo más allá de unos centímetros delante de las narices. El techo de la casa crujía con el lamento amenazante de los viejos maderos que sostienen el zinc. El traquido proveniente de los árboles y los olores a madera recién talada, eran muestra inequívoca del arrasamiento que se estaba produciendo.

A las 4.30 AM (después de casi cuatro horas continuas de estupor) pude sintonizar, a través de la radio en el teléfono móvil, el parte que a esa hora se emitía desde el centro de pronósticos del Instituto de Meteorología. Las noticias no eran buenas, a pesar de su avance por tierra, el ciclón no se debilitó, las heridas causadas en su “fuselaje” por las altas montañas de la Sierra Maestra, solo constituyeron mellas diminutas.

Ese fue el momento de mayor tensión; la velocidad de las rachas superó ampliamente los 140 Km/h; nos refugiamos bajo la puerta que accede a la calle, ante la amenaza de que toda la cubierta fuese levantada por los aires; con la débil luz del celular alcanzamos a ver las aguas próximas de un arroyo desbordado de sus añejos causes; pesados gajos caían como copos deformes de una ventisca extraña; manotazos de lluvia se batían frenéticos contra paredes y techo; los nervios de mi madre en punto extremo;la mirada ceñuda de mi hermano; el mutismo vociferante de mi cuñada, el abrazo a mamá, la humedad en las ropas y en el alma.

Casi a las 6.00 AM la tempestad cedió, el enfurecido viento siguió asechando pero ya era un ejército en retirada, un animal que marcha en busca de otras víctimas.

Cerca de las 7.00 AM y con un poco más de calma, la luz quebradiza de una mañana incierta fue dibujando, como pincel terrible, el cuadro de un desastre, en él los protagonistas: vecinos consternados por sus sembradíos desechos; manos sobre el rostro que llora el derrumbe de un hogar construido con supremo esfuerzo; caras nubladas a causa de la preocupación por la familia distante de la cual nada se sabe; asombro en niños que jamás vieron algo parecido.

De inmediato, y en ausencia de las luces naturales, otras hogueras se prendieron con esa fuerza que ilumina  a los cubanos: grupos de vecinos y autoridades locales en rápida hermandad con los más afectados; el café caliente y reparador, colado para todos donde los fogones resultaron ilesos; urgente preocupación general por asistir a quienes la furia natural los privó de todo.

En la tarde, salí rumbo a La Habana, allá quedaron las manos laboriosas de un pueblo que sabrá levantarse, personas que se saben acompañadas, que enfrentarán días muy duros con la convicción de que seguirán adelante y no quedarán desamparadas.

 

 

CARTAS DEL NORTE AL SUR

(ENTREGAR EN MÉXICO)

Vieja:

La chingada se puso fea para poder seguir con el coyote, casi nos agarran en la mera frontera, pero al final ya estoy bien escondidito y salgo temprano para las plantaciones del gringo, es una miseria lo que me suelta pero me las arreglo. Lo peor es el cabrón miedo a que me deporten antes de hacer toda la platica. Lee el resto de esta entrada

“ENSEÑAR LA HISTORIA ES HACER REVOLUCIÓN”

Esta interesante reflexión, me la ha enviado el amigo Roilán, buen conocedor de la historia, profesor y cuadro de la UJC. Es parte de algo más largo que podré publicar posteriormente.

 “ENSEÑAR LA HISTORIA ES HACER REVOLUCIÓN”.

Por: MSc., Profesor Asistente Roilán Rodríguez Barbán.

 

“… para que PERDURASE y VALIESE

para que INSPIRASE y FORTALECIESE,

 se debía escribir la HISTORIA”.

José Martí.

El 17 de noviembre de 2005 desde la histórica Aula Magna de la Universidad de la Habana, en un campanazo de alerta a todos los cubanos, el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz reflexionaba  sobre el futuro de la Revolución y la responsabilidad de las nuevas generaciones en preservarla: Lee el resto de esta entrada

CARTA DE UN NÁUFRAGO

Botella número 15 (última), cristal ámbar
Taponada con el final de mi camisa, enero, frío.

Amada:

No podré enviarte otros mensajes, notarás que el papel es pequeño y las letras diminutas; sobre las botellas todo está dicho… se agotaron. Esta isla me engulle poco a poco, me estoy poniendo verde como los penachos de sus cocoteros y escasean los troncos que no tengan tu nombre en sus cortezas.

Me acompañan algunos papagayos a los que he enseñado la letra de tu canción favorita. Aquí, no existen luces, ni ciudades, el cielo es un enjambre que late hasta el alba y como lo único que deseo es tenerte en mis brazos, es todo lo que he pedido a infinidad de estrellas fugaces en estos largos años.

Podrás imaginar mi lucha constante con las olas que se afanan en borrar las letras de tus iniciales, que dibujo constantemente de un extremo a otro de esta inmensa playa. A mis espaldas un cúmulo enorme de conchas, de aquellas que tanto te gustaban, semeja uno de los megalitos de la isla de Pascua, las he ido recogiendo día a día y he dado un beso a cada una, rogando que aparezcan tus labios.

Mi imaginación se ha enfermado tanto con tu ausencia, que sólo alcanzo a ver tu rostro dibujado en las nubes y cuando los cirros escasean trastocando el cielo en un manto azul inmaculado, se me antoja que la bóveda es un pedazo grandioso de tus ojos.

A veces han llegado las tormentas y el sordo rumor del trueno enfada la tarde. Recuerdo entristecido el día del naufragio, nuestro último abrazo y el juramento firmado a gritos entre la fiereza de las marejadas, donde nos prometimos no olvidarnos a pesar de las islas, de la falta de remos o de brazos.

Te ama eternamente,

Tu náufrago.

CRÓNICAS DEL PUEBLO VIEJO (VII)

 

LA GALERÍA DE ARTE

La grandilocuencia del título, no debe conducir a los lectores a una visión equivocada de este lugar, pues en mi pueblo no se trataba de esas Galerías que vienen a la mente de sólo nombrarlas, con sus grandes arcadas; espaciosas e iluminadas. En este caso consistía en un salón pequeño, podría decirse que un apéndice construido al final de la Casa de la Cultura.

Sin embargo, no por eso dejó de cumplir a cabalidad con las funciones inherentes a estos inmuebles. Por allí desfilaron las obras de pintores locales, que al no ser muy numerosos, gozaban el privilegio de que sus creaciones casi tenían el estatus de “Muestras Permanentes”; lo cual, aún cuando alimentaba el ego de estos maestros del pincel, tenía en su contra el pronto desinterés de los visitantes cansados de la misma fuente con frutas tropicales, el mismo río con su meandro melancólico e incluso era igual el tedio, ante la copia más exacta de la Gioconda que se había logrado en el municipio.

La salita de exposiciones, como también se le conocía, era responsable de organizar muestras itinerantes que acompañaban puntualmente a todo evento o reunión importante que acontecía en la localidad, gracias a lo cual el Lobby del teatro escogido según el caso y el tipo de cónclave, siempre aparecía engalanado con las obras pictóricas antes mencionadas; así que, muy bien podría asegurarse que la Mona Lisa, en su versión autóctona, había sonreído con su picardía misteriosa lo mismo a campesinos que evaluaban sus cosechas que a estudiantes congregados en asambleas.

Previo al inicio de una de aquellas reuniones, se habían juntado en el exterior del Teatro unos cuantos de los participantes, quienes entre sorbos de café y humo de cigarros, charlaban o discutían de temas diversos, con esa gracia particular que tienen los cubanos para ahondar sin el menor recato, lo mismo en el calentamiento global, que en la decisión de aquel desdichado manager municipal de béisbol que sacó como emergente a su hijo y arruinó el juego decisivo.

Esa mañana, cierto personaje avezado en las técnicas de la producción de azúcar e ignorante de todo cuanto no oliera a sacarosa, se detuvo embelesado frente a la Gioconda y mientras la contemplaba con verdadero interés, percibió la proximidad de un profesor que se había situado a su lado, de inmediato con cara de sincera duda se dirigió al docente: “Oye, mi hermano, a mi me parece que yo conozco a esta mujer” dijo, en tanto indicaba con un movimiento de la cabeza hacía el cuadro de la célebre imagen.

El profe, asombrado ante semejante comentario, se acercó al peculiar personaje para decirle en voz baja: Oiga, ¿realmente usted no sabe quién es esa? ante lo cual, el hombrazo, con una inocencia que rayaba la estupidez, replicó: “Chico, yo sé que he visto a esa muchacha, pero no estoy seguro en qué parte”.

Con estupor ante tal disparate – pues una cosa es no dominar el nombre de un cuadro, pero otra muy distinta es creer haber visto en persona a alguien que ni el mismo Leonardo da Vinci probablemente conociera – el profesor bajó la voz y casi en un susurro esclareció el equívoco, con discreción, para que otros no descubrieran el absurdo que hubiera desatado la burla, lo hizo como quien dice un secreto al oído: ¡Esa es la Gioconda… La Mona Lisa!

Al parecer el bullicio reinante y el bajo volumen del aclaratorio, no permitió al interlocutor escuchar con precisión, pues este, envuelto en una sonrisa triunfal y pareciendo librado de toda duda, exclamó a voz en cuello: ¡Pero claro, chico, esa misma es ¡Ramona Luisa!, la hija del viejo Bartolo!

Anonadado completamente, el profesor con un gesto de impotencia, golpeó resignado en el hombro del corpulento amigo y le dijo con voz queda: “Como no, quien otra iba a ser”.

CRÓNICAS DEL PUEBLO VIEJO (VI)

LA AVENIDA

Aún cuando nuestros pueblos del interior suelen ser, como en este caso, de espacio reducido y un desarrollo urbano limitado, eso no impide que en ellos se utilicen los mismos términos que sirven para designar grandes lugares o emblemáticos sitios en ciudades mayores. Lee el resto de esta entrada

ESTAR TRISTES

 

Según la escritora mexicana Laura Esquivel,  la mayor enfermedad de nuestra época es la depresión y el mayor mal la angustia. Ella con magistral claridad se acerca a uno de los grandes problemas del mundo moderno, que dotado de un arsenal de opciones que nos aplastan, se esparsen y se venden, genera una carga adicional de enfermedades depresivas y personas tristes.

Estar tristes es más complicado que el cubo de Rubik, tiene más engranajes que una moderna bóveda bancaria y te saca más lágrimas que una cebolla blanca. Estar tristes es una cabrona situación que nos pone a vivir como una abeja en un recipiente de cristal con la tapa agujereada; nos falta el aire y volamos a tientas descubriendo que la realidad del otro lado del vidrio sigue siendo bonita, pero no la disfrutamos. Estar triste produce daltonismo y se te pierden los colores que más se necesitan. Estar triste desata muchos vicios y tu estado de ánimo se bebe con hielitos. Estar triste vuelve loco a los médicos y a los sicoanalistas, enriquece a los brujos y a las que leen las manos. Estar triste nos duele como una gran pedrada que alguien nos dio de noche; o como un pisotón en la uña encarnada.

Estar tristes es convertirnos en adictos de las viejas baladas, de las fotos aquellas donde no están las canas. Estar tristes es malo para los que pregonan las magias y los mitos de muchas medicinas. Estar tristes nos pone como un espantapájaros para espantar humanos. Si quieres no estar triste, a pesar de ya estarlo, abrázate a ti mismo y dite en el oído: “mientras estabas triste te perdiste tres cosas que inventaron los hombres para ahuyentar las penas: la mano de un amigo; el lado bueno de lo que pinta malo y una dosis de tiempo para curarlo todo”

Por eso, y siguiendo con las definiciones de Esquivel, pues recordemos que: Después de una sesión de carcajadas, nuestro cuerpo se relaja. Con la relajación viene la liberación de la energía negativa que estaba prisionera dentro de nuestro cuerpo. Las glándulas secretan todo tipo de sustancias; lágrimas, sudor, saliva. Las energías fluyen y nos proporcionan un estado de armonía. Al reír, nuestra respiración aumenta y el corazón late más rápido, bombardeando más sangre rica en oxígeno a todo nuestro organismo. Como resultado, la actividad electroquímica del cerebro se incrementa y nos ponemos más alerta que de costumbre. Otro de sus beneficios.

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