Crónicas del Pueblo Viejo (II Parte)

LA CASA DEL FOTÓGRAFO

Ahora parece muy común eso de estar fotografiándose en cualquier parte y encontrar con facilidad a un amigo o familiar que tenga una cámara digital. Antes, en mi pueblo, tomarse una foto era acontecimiento especial y reservado para ocasiones que ameritaban tal distinción.

En mi niñez existía solo una persona encargada de hacer que la luz dejara plasmada la imagen – en blanco y negro – de cuanta fiesta de cumpleaños se celebraba en el poblado y sus áreas aledañas. Era un señor entrado en años, con rostro amable y una espaciosa vivienda de madera construida en las primeras décadas del pasado siglo. Su nombre exacto no lo recuerdo, pero todos lo conocíamos por: Chicho Laguna.

Chicho era todo un personaje, tenía un viejo auto americano y numerosas cámaras con sus aditamentos voluminosos y sus correajes desgastados por el ajetreo casi diario de su faena. Estoy seguro de que por años no tuvo muchos fines de semana libres ya que estas eran las ocasiones más aconsejables para festejos de quinceañeras, bodas o el primer año de cuanto pequeñuelo arribaba a esta emblemática y festiva edad.

Lo más simpático de esta cuestión estriba en que se trataba siempre del mismo “Artista del lente”, razón por la cual – y en parte también por una imaginación poco fértil – se estableció algo así como un formato en las poses, fondos y gestos, que aparecían en los retratos de todo cliente que acudía en busca de los servicios de Chicho.

Gracias a lo anterior, los muchachos de mi generación tienen su respectiva foto sobre un caballito de madera, de esos que se fabricaban para balancear a los niños y que el fotógrafo había conservado como nuevo retocando de vez en cuando sus añejos colores. Creo que si juntamos esas instantáneas, sacándolas de los viejos álbumes, podríamos reunir tantos jinetes que en número superarían la caballería de Alejandro Magno, y lo más interesante es que mayoritariamente estábamos perfectamente uniformados, por obra y gracia de las camisitas que entonces venían todas por la misma vía, en la misma fecha y con las mismas tonalidades.

Cuando las muchachas de entonces se reúnen hoy, ya convertidas en madres o abuelas, y desempolvan su colección de fotos tomadas el día lejano en que cumplieron 15 años, se ruborizan ante aquellas piernas desnudas, acomodadas sobre un arenal sintético esparcido sobre el piso de una habitación en la casa de Chicho, en cuya pared un pintor local había plasmado un oleaje de un azul pálido y espumoso. Si con alguna técnica actual de trabajo con imágenes, se pudieran trastocar las caras de mis coetáneas, una misma foto podría servir para mostrar a cualquiera de ellas, teniendo en cuenta que el nivel de detalles en la repetición de las poses resultaba verdaderamente asombroso.

El célebre Chicho Laguna era poseedor de una paciencia propia de pescadores, cuando se trataba de esperar que algún chamaco esbozara una sonrisa para dejar ese instante felizmente inmortalizado en un gran cuadro, que luego colgaban sus orgullosos padres en la pared de la sala hasta que el protagonista de la foto, un poco crecidito y con pena frente a su primera novia, procedía a descolgar su sonriente recuerdo ante la cara contorsionada de la madre que había jurado reverenciar a su pequeñuelo durante toda la vida, en esa especie de altar situado a la vista de las comadres que venían cada tarde a sus chismes del momento.

A mi pobre primo Manolo, lo tuvieron trepado sobre un librero más de media hora porque el condenado muchacho no se reía ni con los payasos del circo y ese era el lugar donde sus ocho hermanos se habían retratado cada uno en su primer año, razón suficiente para que el desdichado tuviera que lanzarse su risita tuviera o no deseos, al final mi tío terminó embarrado de merengue de pies a cabeza y mi tía sacando la lengua como una retrasada mental, hasta que por fin manolito hizo algo parecido a un guiño y Chicho lo capturó para la posteridad en una especie de gesto de inocente resignación.

Con el tiempo abrieron un estudio fotográfico en el pueblo y el viejo Laguna dejó de serle imprescindible a una parte de los que acudían para renovar documentos de identidad u otros trámites que reclamaban fotos de pequeña escala; sin embargo, por espacio de algunos años todavía él siguió siendo el cronista de múltiples fiestas familiares, con su trato amable y su incurable afán de repetir las escenas muy a pesar de los intereses de la clientela.

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Publicado el 28/09/2012 en Narrativa. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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