Crónicas del Pueblo Viejo (I Parte)

I.

FUNERALES Y FUNERARIA

Durante los primeros años de mi vida en el pueblo no hubo Funeraria, esta se construyó después, cuando yo abandonaba la primera etapa de la niñez. Antes, los muertos se velaron en las casas, lo cual junto al doloroso momento propio de ese tipo de ceremonia, constituía motivo de reuniones que se organizaban en pequeños grupos dispersos por el área y en los cuales se hablaba, en la mayoría de las ocasiones, de temas muy poco relacionados con el difunto.

De muchachos establecimos una especie de clasificación para designar la “calidad” de un velatorio; así por ejemplo, certificábamos que el velorio “se había dado bueno” si superaba ciertas expectativas, digamos: brindaban alguna merienda, permanecían numerosas personas toda la noche, se camuflaba una que otra botellita de ron entre los arbustos aledaños y asistían nuestras coetáneas más atractivas.

Luego, en orden jerárquico, estaban los que “se habían dado regulares”, porque únicamente uno se empataba con una tacita de café. La mayoría de los “dolientes” se escapaban a la media noche, las muchachas con quienes flirtear escaseaban y no quedaba más remedio que “ir tumbando” a eso de las once y pico.

Al final estaban los velorios “que se daban malos”: nadie te brindaba nada, asistían cuatro gatos, ausencia de féminas y al muerto casi no lo lloraban ni media hora. Fue precisamente en uno de estos, de los “malos, malos”, en que Carliche, el borracho emblemático de la localidad, por poco se gana un trompón cuando se puso a reclamar café, refresco o algo para echarse al buche y ante la realidad de que nada de eso se repartiría, se atrevió a decirle a una hija del fallecido: “Si no tienen aseguramientos, para qué inventan un velorio”.

Cuando se abrió la Funeraria – ya que en este caso suena un poco pesado decir que se inauguró, sobre todo porque nadie quiere ese mérito – la incultura le dio un pellizco a mucha gente, que no veían con buenos ojos eso de llevarse a su finado para un lugar ajeno y darle allí el último adiós, lo consideraban algo así como un desprecio.

Pero luego la modernidad fúnebre se impuso y de un golpe se fastidiaron los velorios buenos, los regulares y hasta los malos, ahora eran “Velorios Standard”, con idéntica gastronomía popular, café mezclado y una explanadita asfaltada con bancos de granito donde había que ser mago para esconder una botella; al frente una calle donde el tránsito de vehículos y personas volvía un verdadero problema el estar parado por allí, tenías que documentarte como un biógrafo del fallecido para poder responder una y otra vez, las pregunticas de los curiosos. ¿Quién es el muerto?, ¿y de qué se murió?, el pobre ¿tenía hijos?

Con ese fastidio era preferible estar adentro, con cara de “enseguida me rajo a dar gritos” o cumplir con la ocasión y marcharse a casa. A esto se agrega que confluían en ocasiones más de un difunto y si usted no andaba claro le partía para arriba al muerto equivocado y terminaba sollozando en hombros de una señora que no era ni su prima lejana.

Recuerdo que un tío mío se puso en una ocasión a analizar el tema del saludo cuando se llegaba a la Funeraria y es verdad que tenía razón, uno podía notar el desconcierto de los que arribaban cuando la asistencia estaba un poco nutrida y el índice de viejas por sillones superaba el 60 %, estos, que irrumpían en el solemne espacio, no sabían qué decir, porque “Buenos días o Buenas noches”, resultaba una evidente falta de delicadeza, ya que de bueno, morirse no tiene un pelo “Qué tal, cómo están”, es otro desastre, sabiendo bien cómo anda todo el mundo en un momento así; en fin, que lo más recomendado, según tío, era caminar despacio directo al doliente principal, darle unas palmaditas en el hombro y no decir ni esta boca es mía.

Lo otro interesante eran las afirmaciones que poblaban los diálogos clásicos que se entablaban en la Funeraria, en estos casos se producía una exacerbación de ideas carentes de lógica y que sólo en estos marcos se toleran con una facilidad increíble, la más empleada sin dudas es aquella en que se suele afirmar: ¿Pero qué fulano se murió, cómo es eso, si anoche estuvo en mi casa?, fíjense que cosa más absurda, qué asombro más tonto, ¡está claro!, si el desdichado se murió hoy que tiene de extraño que ayer estuviera vivo, problema habría sido que se muriera ayer y hoy se apareciera por la casa de alguna vecina.

También resultaba común la aseveración pronunciada después de salir del recinto mortuorio y que ineludiblemente era acompañada de un rostro severo y un movimiento discreto de la cabeza: “Está igualito” – refiriéndose al occiso- como si la muerte estuviese obligada a cambiarle el rostro de inmediato a cuanto ser cayera en sus manos.

Es verdad que la Funeraria fue un avance civilizador y una comodidad para esos ajetreos, pero atrajo a dos o tres personajes que se convirtieron en los mejores dolientes del municipio, ellos anclaron en aquel ámbito y no se perdieron ni un acontecimiento fúnebre hasta que les tocó el rol principal en su propio drama.

Por allí siguen y seguirán desfilando ineludiblemente los inquilinos de la vida en mi pueblo, pero es indiscutible que antes, morirse era más pintoresco.

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Publicado el 25/09/2012 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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