CLAVE DE AMOR

Noche lluviosa desde el vidrio del ómnibus:

Las gotas de lluvia trazaban un mapa melancólico sobre el vidrio de la ventanilla, el anciano no lo percibía; apenas si lo notaba, su mente estaba en otra parte, tejiendo remembranzas entre cerezos recién florecidos y destellos de sol sobre los guayabales.

La veía aparecer con su cintura diminuta y la sonrisa atrayente. Ambos se amaban de manera perfecta y eran quizás los seres más felices de la tierra. Ella tenía ojos de miradas profundas que podían distinguirse desde que asomaban tras el lomerío; él disfrutaba de aquella relación que se convirtió de inmediato en la razón indiscutible de su vida.

Un ligero vaivén del ómnibus y el hombre retornó a la realidad. Su corazón experimentó una súbita aceleración y las manos comenzaron a sudar copiosamente, se inclinó hasta casi tocar el cristal de la ventana y escudriñó en la oscuridad tratando de distinguir el punto exacto que le indicaba el momento de apearse.

Noche lluviosa en la parada del ómnibus:

La muchacha se acomodó en el pequeño espacio del banco que aún permanecía seco. La noche, apresada entre los finos barrotes de la pertinaz llovizna, ofrecía un aspecto lúgubre.

Las calles estaban desiertas y el tráfico había disminuido notablemente debido a la hora y a la lluvia. Sacudió el paraguas y lo cerró. Tomó un pañuelo y secó sus piernas, mientras pensaba con angustia en el encuentro que dentro de unos minutos tendría lugar. Una sensación de honda tristeza la invadió y sus ojos inmensos se cuajaron de lágrimas.

Noche lluviosa desde el vidrio del ómnibus:

El anciano, de aspecto fuerte y manos firmes, estaba deseoso de que los minutos fuesen simples segundos y que otra vez ella estuviera lista para amarlo, como cada día cuando regresaba de la fábrica.

Otra vez se sumergió en los recuerdos y en aquellas temporadas junto al mar donde nació su hija. Fue en verdad un acontecimiento muy grato y un regalo divino, aquella niña era exacta a su madre y él se alegraba de su suerte, al ver repetida la maravilla de su amor.

Un par de muros de ladrillos y la carpa de un Circo, eran anuncios inequívocos de que pronto arribaría a su destino.

Noche lluviosa en la parada del ómnibus:

Ella miraba el reloj con insistencia, había sido un regalo de su madre días antes de morir. Dentro de unos minutos serían las diez y todo ocurría con la rigurosa similitud de una película que se repite una y otra vez.

Acumulaba fuerzas cada noche para evitar quebrantos mayores y poblar de amor aquel amargo escollo que la vida había situado en el camino de una persona tan llena de amor.

Noche lluviosa desde el vidrio del ómnibus:

A su lado, el reloj de un hombre joven que dormía despreocupado, sonó la alarma de tonos melodiosos anunciando las diez en punto de la noche. El viejo se levantó lentamente y se quedó ligeramente encorvado para poder mirar por el cristal superior de la ventanilla.

Ahora su pulso era en verdad un remolino, su respiración se agitó y se hizo entrecortada, por entre los vapores condensados en el vidrio y mientras la velocidad del ómnibus disminuía, él pudo observar la figura anhelada, con su paraguas y sus hermosas piernas.

Sin embargo, algo le causó sobresalto y extrañeza, la mujer que lo esperaba era en efecto el amor de su vida, pero milagrosamente se mostraba en plena flor de la juventud como si en ella los efectos del tiempo fueran inexistentes.

Copado por un nerviosismo que agregaba un peso enorme a sus piernas, avanzó rumbo a la puerta, mientras el chofer se había puesto de pie y se dispuso a ayudarlo en su descenso.

Noche lluviosa en la parada del ómnibus:

La joven retiro los últimos vestigios de sus lágrimas, miró con compasión a hombre encanecido que lentamente se bajaba del ómnibus. El anciano trató de pronunciar alguna cosa, pero la emoción y el visible desconcierto se lo impidieron.

Ella lo abrazó con cariño, abrió el paraguas y lo cubrió; en tanto él, petrificado por el asombro que creía presenciar, no atinaba a moverse, entonces la muchacha susurró al oído de su padre, la frase que cada noche, surtía efectos momentáneos contra el Alzheimer avanzado del anciano. Caminaron juntos; había dejado de llover.

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Publicado el 21/09/2012 en Uncategorized. Añade a favoritos el enlace permanente. 4 comentarios.

  1. Todos los días alguien viaja en el tiempo y aflora en sus recuerdos la mística de los instantes inolvidables de la vida. Me sumo al sensible acto donde esta historia teje hilos de amor y sensibilidad.

  2. Esta historia me toca muy cerquita del corazón, Nene…hace casi 6 años que perdí a mi adorado abuelo víctima de tan brutal enfermedad…

  3. Lo peor de todo es ver desaparecer a una persona de ese modo, porque sigue estando físicamente ahí, puedes tocarlo, besarlo, hablarle, pero llega un momento en que sabes que su mente no está ahí, que no te reconoce, que no puede ni siquiera tener conciencia de quién es…mi abuelo era un hombre lleno de alegría, cubano jodedor y risueño…y lo ví terminar sus días sentado en un sillón por horas, sin decir palabra…fue tan doloroso!!

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