LA PROMESA

                         

Aquella tarde, Jenaro apareció por el camino polvoriento, con su paso calmoso y su sombrero raído. Desde hacía muchos años él era el único buhonero que visitaba el pueblito; caserío diminuto sembrado en el corazón de inmensos cañaverales. Las visitas del vendedor de cacharros eran tributo a un gran amor que tuvo, por allá donde había un río que el tiempo secó, dicen que era una mujer hermosa a quien la muerte se llevó temprano, en medio de los letargos causados por la fiebre.

Ella le había pedido a Jenaro que la llevara a conocer el mar y el pobre hombre nunca la complació, esperando tiempos mejores. Después de su muerte, el viejo siguió viniendo año tras año y luego de vender un poco de sus cosas, se iba hasta la tumba en el cauce vacío y allí permanecía largo rato.

Pero en esta ocasión era una persona distinta, parecía ignorar a los demás que acudían a su encuentro. Llevaba un fardo que le doblaba las rodillas, el peso lo hacía detenerse para recuperar la respiración y entonces acomodaba su carga con cuidado sobre el suelo, se quitaba el sombrero y secaba su frente.

Una y otra vez repetía esta operación. Las personas lo observaban con cierto asombro y notaban algo extraño en su comportamiento. No pregonaba y miraba con insistencia hacia el camino dejado atrás, como si temiera la aparición de alguien. Una turba de chicos saltaban a su alrededor y el viejo maldecía aquella impertinencia que le cortaba el paso.

En la medida que se fue adentrando por la única calle del lugar, los motivos para sentir curiosidad fueron aumentando. A su paso el aire se cargaba de un olor extraño, se volvía denso y pegajoso. Las viejas aldabas de los portones se cubrieron de herrumbre. Los gatos acudían trastornados por el fuerte olor a pescado que rodeaba a Jenaro y un murmullo sordo brotaba de su morral.

Los vecinos lo seguían a distancia y especulaban sobre aquellos acontecimientos. Suponían que esta vez el buhonero se había metido en líos y por eso estaba así, tan espantado y receloso, con el temor que acompaña a los que roban algo importante. Para colmo de asombros, juntos a las aves que hacían su vuelo de rutina sobre los  cañaverales, apareció un bando de gaviotas.

Después, cuando Jenaro se internó en las malezas donde reposaban los restos de su antiguo amor, todo quedó envuelto en un fresco inusitado que venía como aliento misterioso desde el monte.

Esa noche muchos soñaron con imágenes desconocidas: arenales, albatros y conchas, surgían en las pesadillas más diversas. Al amanecer pasaron unos guardias a caballo, hombres de la costa que perseguían ladrones; fueron directo al matorral donde Jenaro había pasado la noche y al rato se les vio salir llevando al viejo con las manos atadas; iba sonriente y sin su pesado zurrón, nadie pudo interceder por el desgraciado, sólo siguieron la escena con la vista y rogaron por su suerte.

Cuando el sol se hizo fuerte y disipó las nieblas, una explosión de asombro recorrió el caserío. Allá, en el  lecho del río seco, donde alguna vez el buhonero enterró a su amada, movía sus olas un increíble pedazo de mar.

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Publicado el 18/09/2012 en Narrativa. Añade a favoritos el enlace permanente. 2 comentarios.

  1. Nene

    Desde el arte las ideas sobrevuelan las fronteras, gracias por compartir tus experiencias, un abrazo

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